Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Toda la presión para los grandes del deporte en 2018

Mundiales de fútbol y de baloncesto femenino, Juegos Olímpicos de Invierno , Europeos

de atletismo y, como todos los años, Roland Garros, Wimbledon, Tour, Masters...

Javier Fernández realiza el programa corto en el Europeo
Javier Fernández realiza el programa corto en el Europeo EFE

Los deportistas que triunfan, como los ejecutivos de las grandes empresas, están malditos: cada victoria, cada ganancia, no es sino la obligación de triunfos posteriores, de beneficios multiplicados. No hay ciclista que no gane un Tour o una Vuelta al que no se le demande, el mismo día de su podio, ¿bueno, y el próximo año el quinto, o la sexta o lo que toque, no? Muchos humanos estarían tentados de mandar a paseo sus obligaciones, si no fuera porque sus victorias son fruto inevitable de su gen de campeón, de su ambición sin límites que les confiere un carácter casi sobrehumano. En sus genes está grabada una frase: solo la victoria cuenta. Y ello les toca también a los nuevos, a los que llegan, a los Mikel Landa o Jon Rahm, que deberán esforzarse para que los aficionados crean que no se han equivocado en sus predicciones. “¿No me estarán exigiendo ganar el Tour ya?”, se pregunta Landa, el ciclista de 28 años al que toca llenar en el corazón de la afición el hueco de Alberto Contador, tocado ya por el vértigo de la responsabilidad ante una afición que no perdona.

Peor sería, responderán todos, si nadie me exigiera nada más en mi vida. Jon Rahm, por ejemplo, se asustaría si nadie le prometiera que algún día será el más grande golfista de todos, más grande que Tiger Woods y Jack Nicklaus, por supuesto. Y Marc Márquez, que respira gases de tubo de escape y la adrenalina conjugada de la velocidad, el riesgo y la ambición, no entendería que no se le siguiera comparando con los mejores de siempre en los circuitos. Después del cuarto solo piensa en el quinto, por supuesto, y en Valentino Rossi a su rueda impotente. Y Javier Fernández, una vida joven sobre patines y hielo, y una ambición olímpica que necesita alcanzar para retirarse feliz. ¿Y a Nadal le parecen muchos ya 10 Roland Garros? ¿No piensa que son mejor 11? ¿Y ahora que ha regresado Serena Williams a las canchas, no estará más motivada aún Garbiñe Muguruza para ganar un tercer grande, por lo menos, y recuperar el número uno en el ránking mundial? ¿Después de Roland Garros 16 y Wimbledon 17, no aspira a Australia o Nueva York o a repetir en la hierba de Londres o en la tierra roja de París?

Sergio García-Jon Rahm. La rivalidad del golf

Sergio García debió esperar 18 años y más de 70 torneos grandes para ganar el Masters. Fue una de las mejores noticias del deporte español en 2017. Lo logró a los 37 años, una edad que hizo a más de uno exclamar, equivocadamente, que el golfista de Castellón había alcanzado la cima de su carrera, el premio a una vida. Nada más lejano de la cabeza de Sergio García y de los aficionados al golf, que no ven en su chaqueta verde de Augusta tan paseada por el mundo sino el primer paso de una larga carrera entre los grandes. En abril la defenderá sabiendo que en los 79 años de historia del torneo solo Jack Nicklaus, Nick Faldo y Tiger Woods fueron capaces de lograr dos victorias consecutivas y se vieron obligados a ponerse ellos mismos la chaqueta verde. Intentará impedírselo toda la caterva de imberbes que han tomado al asalto el golf mundial en los últimos años, veinteañeros como Jordan Spieth o Justin Thomas o, más cercano, más espectacular aún, el vizcaíno Jon Rahm, un huracán de 23 años que recuerda a Seve Ballesteros por su descaro y gusto por el riesgo y hace cosas de Tiger, como acabar su primer año profesional completo en el cuarto puesto del ránking mundial. El Open Británico, que solo un español, Seve, ha logrado ganar, y tres veces, se celebra este año en Carnoustie, el campo terrible que tanto le debe a García y del que tanto espera Rahm. Y ambos serán compañeros y líderes de la Europa que espera reconquistar la Ryder Cup en París.

Sergio García recibe la chaqueta verde tras ganar el Masters.
Sergio García recibe la chaqueta verde tras ganar el Masters. REUTERS

Javier Fernández. Una deuda olímpica

Javier Fernández es patinador. Ha ganado cinco Campeonatos de Europa y dos Mundiales. Se siente grande y viejo a los 26 años, y nervioso. En su especialidad, el hielo, la grandeza verdadera solo se consigue en los Juegos Olímpicos, una oportunidad cada cuatro años. Un bien escaso que no se le puede escapar en 2018, en febrero, nada más empezar el año, cuando la cita olímpica de invierno se celebre en Pyeongchang (Corea del Sur). Contra él, jóvenes jóvenes que hacen primar el valor físico-atlético sobre el talento y el toque artístico.

Bruno Hortelano. Regreso en Berlín

Cada cuatro años, también llega el Mundial de fútbol, que deja en la sombra a todos los demás acontecimientos del año. Se reparte con los Juegos de verano los años pares del calendario. Para no competir, el atletismo se ha refugiado en los años impares con sus Mundiales bienales, dejado agosto del 18 a los Europeos, que tanto gustan a los aficionados porque en ellos, a diferencia de los Mundiales o los Juegos, los españoles disputan las finales y a veces hasta ganan. Serán en Berlín, en la pista en la que Bolt batió en 2009 los récords de 100m y 200m; serán los nuevos Europeos de Bruno Hortelano, el campeón sorpresa de 2016 en 200m, el semifinalista olímpico, el velocista español que ha pasado un año parado tras destrozarse una mano en un accidente de coche. Será también la prueba de fuego del cuarteto del 4x400, Husillos, Búa, Darwin y Samuel, que tanta expectación crearon en el último Mundial.

Mikel Landa. La llamada del Tour

En julio será el Tour —¿podrá Froome pelear por su quinta victoria? ¿Landa se sentirá tan fuerte como Nairo para disputarle el liderazgo del equipo? ¿los franceses seguirán llorando por la no aparición de un sucesor de Hinault, ya 33 años pasados?— , que comienza con retraso para dejar hueco a la final del Mundial ruso, en la que muchos esperan que esté la España de Lopetegui, el técnico que con el tiempo ha sabido conjugar los atributos de Luis Aragonés y Del Bosque, los seleccionadores que, gracias a una generación única de bajitos, transformaron al equipo nacional y su espíritu perdedor de siempre en una máquina de ganar.

Los éxitos de la selección futbolística son la mejor demostración de que el talento deportivo no necesita de buenos dirigentes en los despachos para expresarse. Con el presidente Villar en la cárcel los jugadores se clasificaron con brillo. Las mujeres lo sabían incluso antes: la indiferencia hacia ellas de la dirigencia no impidió su irrupción en el día a día de los aficionados. Ni la miseria que se asocia en España a la práctica deportiva de las mujeres, que, exceptuando a las estrellas del deporte individual —las campeonas Mireia Belmonte o Garbiñe Muguruza o Ruth Beitia—, deben emigrar para poder vivir de su trabajo de deportistas de alto nivel en países en los que el deporte femenino no solo goza de visibilidad, sino también de dignidad, respeto y admiración de los aficionados.

Selección femenina. Un Mundial de baloncesto en casa

Igual que los periódicos deportivos consideran que deporte equivale a fútbol de machos (y quizás un poquito de otras cosas para dar color a la ensalada, siempre masculina, por supuesto), así los dirigentes sucesivos del Consejo Superior de Deportes (CSD) han legislado. La Ley del Deporte de 1990 se escribió para resolver los problemas del fútbol raquítico entonces y para abrir paso a la transformación de los clubes en sociedades anónimas. El resto de los deportes y, sobre todo, el deporte femenino no se consideraban como actividades profesionales. No ha habido presidente del CSD que no haya hablado de la necesidad de reformar la ley, incluido el actual, José Ramón Lete. El Gobierno de Mariano Rajoy anunció hace unas semanas que en 2018 se acometerán 287 proyectos legislativos: ninguno de ellos está ligado con la modernización del deporte en España. Pese a ello, el deporte crece, y las mujeres más. Las selecciones nacionales femeninas de todos los deportes de equipo —fútbol, baloncesto, balonmano, hockey, voleibol, waterpolo...— disputan sus campeonatos europeos y mundiales con las mismas o mejores expectativas que los equipos de los hombres.

Ajenas a la indiferencia, a la penuria económica de una Liga nacional con apenas dos equipos de cierto nivel, y cansadas quizás de que todo su problema se reduzca publicitariamente al de su falta de visibilidad, las jugadoras de baloncesto españolas llevan años demostrando que son las mejores de Europa y las segundas del mundo, detrás del gigante Estados Unidos, el país de cuyas universidades salen todos los cursos centenares de buenas jugadoras. En los últimos cinco años, el equipo de Laura Nicholls, Alba Torrens, Silvia Domínguez o Anna Cruz ha ganado dos campeonatos de Europa (2013 y 2017) y ha jugado la final de un Mundial (2014) y de unos Juegos Olímpicos (2016). El próximo Mundial, en septiembre próximo, se disputa en Tenerife, en casa. Será la oportunidad no solo de demostrar su gran calidad y capacidad competitiva, sino también de reclamar una igualdad ante la ley que nunca parece cercana.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.