Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Nunca chega

Cristiano Ronaldo es excesivo, sentimental y turbulento; un jugador de época que ha tenido que convivir con Leo Messi

Cristiano, con el Balón de Oro de 2013. Ver fotogalería
Cristiano, con el Balón de Oro de 2013. REUTERS

La primera entrevista a Cristiano Ronaldo la hizo el canal portugués Sport TV en 2001. Ronaldo jugaba en los juveniles del Sporting de Lisboa, se lamentaba de sus regates cuando entrenaba con el primer equipo (“no debo hacerlo, ellos son mayores”) y vivía en una pensión; al entrar en el cuarto la puerta chocaba con el bidé. Cuando CR ve a su compañero de cuarto jugando con una consola le pregunta cuánto le costó. Era el tiempo en que Cristiano Ronaldo preguntaba por el precio de las cosas.

En 15 años ha habido algunos cambios en su vida, el último de todos que Portugal hizo historia al ganar su primera Eurocopa. Al terminar la final, su estrella dio una breve charla en el vestuario. Dijo que la victoria era de todos, que todos habían logrado algo en lo que nadie creía salvo ellos. Luego dedicó unos segundos a sí mismo para insistir en que era muy feliz, que ningún título (“ni trofeos individuales ni Champions”) le había hecho tan feliz, y dio las gracias a todos, como si aquel campeonato, el de su felicidad, fuese importante para calibrar la importancia de la Eurocopa.

La paradoja de esa enorme vanidad es que sin ella la historia del Real Madrid y de Portugal no sería la misma. Los retos puestos a sí mismo y la carrera enloquecida por sus números individuales, que conoce al milímetro, son los que terminan generando la dinámica que empuja a los que juegan con él. “Sé que puedo tener mala imagen. Porque soy serio, me tomo las cosas en serio. Soy honesto”, dijo hace años a la CNN. Su historia es la de un equilibrio milagroso que haría descarrilar a cualquiera. Es el primero en detectar su decadencia y utilizarla para convertirse en algo mejor. Lo hizo cuando se fue de la banda tras perder agilidad y punta de velocidad. Lo hace ahora, cuando contabiliza sus carreras para que cada una de ellas sea decisiva, también las que parece que van a ninguna parte y arrastran la defensa rival.

Cristiano pudo haber sido durante una década uno de los cinco mejores jugadores de mundo. Al no resignarse, y encontrarse en el tiempo con Leo Messi, ha arrastrado en su locura al Madrid y a su selección. Tras ganar la Eurocopa rompió a llorar tres o cuatro veces; su hermano decía: “Já chega, Já chega” (ya llega). Pero nunca llega. Es excesivo, sentimental y turbulento; un jugador de época. El único precio que se pregunta ahora es el de sí mismo: lo que le costará a su cuerpo la ambición enfermiza que lo ha vuelto a cubrir de oro.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información