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Un aficionado inglés, entre la vida y la muerte tras los disturbios con hinchas rusos en Marsella

Por tercer día consecutivo, la ciudad se convierte en escenario de enfrentamientos violentos. Hay ocho detenidos

Los paramilitares al servicio de la UEFA apostados en el techo del estadio Vélodrome de Marsella contemplaban la gran explanada del Bulevar Michelet con un ojo en el horizonte y otro en Twitter. “A nosotros”, comentó uno de ellos, ayer por la noche, “de momento no nos preocupan los disturbios porque están muy localizados y no suponen un grave peligro para la seguridad. A nosotros nos preocupa el terrorismo. Y esto parece tranquilo…”.

La organización de la Eurocopa puso el foco en blindar los estadios contra la amenaza terrorista y en Marsella la efusión de odio estalló en las calles y la propiciaron personas que se dicen aficionados al fútbol y que practican la violencia como quien desarrolla una actividad de ocio. Aparentemente, por diversión. El resultado puede ser asombrosamente perturbador, pues hay ocho detenidos y varios heridos, uno de ellos, un inglés, en estado crítico y tres en estado grave. Las fuerzas de seguridad francesas alertan sobre una escalada de enfrentamientos entre rusos e ingleses que puede convertir la noche del sábado al domingo en un baño de sangre y cerveza. En Niza, donde también se produjeron altercados, se contabilizaron ocho heridos al enfrentarse un grupo de jóvenes franceses con seguidores de la selección de Irlanda del Norte, informó la prefectura de esa localidad del sur de Francia.

La celebración del partido Inglaterra-Rusia supuso una tregua forzosa en un clima que, al menos en el recinto deportivo, pareció normal, si se pasa por alto el fervor nacionalista exhibido por ambas aficiones. El 12 de junio los rusos celebran su día nacional: la declaración de soberanía de la federación de Rusia, en 1990. “Cuando salgan del estadio los rusos beberán mucho alcohol hasta mañana”, alerta un responsable de seguridad de la UEFA, “y los ingleses también”.

La batahola, la tercera pelea registrada en la ciudad desde el jueves, comenzó después del mediodía. Hacían 30 grados y soplaba un viento de levante que había empujado una constelación de veleros al mar. Cientos de aficionados ingleses, rusos y marselleses llevaban horas desafiándose con la mirada, con cánticos, lanzando algún objeto, y bebiendo. Bebiendo cerveza ininterrumpidamente desde media mañana. Las callejuelas del barrio de Thiars, un enclave construido en el siglo XVIII junto al Puerto Viejo de Marsella, fueron la ratonera en la que se citaron algunos de los hinchas. Ahí pudieron escapar de la mirada de la policía. Los ingleses iban abanderados con la cruz de San Jorge. Los rusos, con un estandarte de la banda Carniceros de Oriol.

Quince minutos

Fueron solo unos quince minutos. Tuvo la traza de los rituales planificados por grupos ultras. Apenas hubo contacto físico entre ellos. Simplemente escaramuzas y lanzamiento de objetos desde barricadas improvisadas. Sillas, mesas, vasos, botellas, piedras. Lo que pillaran. Cuando la policía se presentó y deshizo el duelo a base de gas lacrimógeno y un cañón de agua, un hombre apareció tendido sobre la calzada en medio de un sinfín de desperdicios. Aparentemente se trata de un inglés. Corpulento, grande, de mediana edad. Su estado era tan crítico que los servicios médicos debieron practicarle un masaje cardíaco en el lugar antes de ingresarlo. Los medios locales, que citan fuentes administrativas, dicen que se encuentra “entre la vida y la muerte”.

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