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Mirarse al espejo

Después de muchas Eurocopas y Mundiales hemos aprendido a dar por bueno cualquier clase de partido de debut

Thomas Müller.
Thomas Müller. EFE

Pocas efervescencias hay como la que se despierta al comienzo de una Eurocopa. Te hace sentir vivo. Todo a tu alrededor está intacto, casi envuelto en papel de regalo. Sientes una felicidad afinada, portátil y efímera que cabe en un bolsillo. Se da en pocas ocasiones, tal vez en los días que estrenas pantalones o en las vísperas de irte de vacaciones tú solo. Te sientes ligero y vital porque las expectativas por ver un buen partido inaugural hace tiempo que las enterraste, y bien enterradas están. No las necesitas. En su lugar casi todos hemos colocado unas expectativas decorativas, sintéticas, que llenan el hueco. Son imitación casi perfecta de las originales; pasable en todo caso. No se van a romper porque se caigan al suelo. Después de muchas Eurocopas y Mundiales hemos aprendido a dar por bueno cualquier clase de primer partido en la fase de grupos. Si hace falta, un empate a cero sin ocasiones, y ese juego tosco y neurótico, con la cabeza cortada, que recuerda al futbolín, en el que la bola se va estrellando contra figuras de hierro y la delantera, errabunda, hace el molinillo y da patadas al aire.

El primer partido es el margen que cualquier selección tiene para cometer un terrible error. En ese momento de la competición el adjetivo pierde toda su gravedad y sabor, y nada terrible resulta aún lo bastante pavoroso. Casi todos los equipos salen a evitar el traspié. El debut sirve para seguir soñando en el segundo partido. El entrenador enfatiza que no se pierda uno en entusiasmos vanos. Si hay que empatar, se empata. Nadie se muere de un empate el primer día. La historia solo acaba de empezar. Puede ser larga, pero también quedar a medias en el capítulo dos. En cualquier negocio, lo importante es no ser el primer muerto. Nadie se acuerda nunca de él.

El primer partido es el margen que cualquier selección tiene para cometer un terrible error

Sólo unas pocas selecciones saltan a zanjar la Eurocopa en su debut. No tienen paciencia. Aborrecen las emociones fuertes. Creen que una victoria contundente, sin resquicios, deja un mensaje en el aire para sus rivales: “No tenéis nada que hacer. Jugad, pero no os hagáis ilusionéis”. Ningún equipo interpreta mejor ese papel que Alemania. Frente a ella, Francia es una selección incandescente, que juega con fuego. En fútbol, no tienen por norma perder las competiciones que organizan. En eso es pragmática y poca hospitalaria, como unos vecinos que te invitan a tomar el té a casa, y cuando pides azúcar, no tienen, si reclamas limón, se acabó ayer, y si quieres té a secas, creían que había, pero no hay. Italia es Italia: no necesita más. En ocasiones, con pronunciar su nombre se abren todos los candados. Holanda siempre tiene una opción, pero ni siquiera se ha clasificado. Yo no apostaría por ella. ¿Inglaterra? Ya nos ha hecho perder demasiado tiempo y dinero. Está Portugal, con la que uno tiene la sensación de que van demasiadas oportunidades perdidas, así que quizá esta sea otra. ¿España? Por supuesto. Claro que sí. Sólo tiene que mirarse al espejo, como si acabase de levantarse de la cama, y recordar de repente quién es.

 

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