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Entre tú y yo: son el Madrid

Ahí están otra vez con las maletas para irse a Milán y citarse con la gloria como si la Copa de Europa fuese una amigovia suya

Bale celebra su gol al City. Ver fotogalería
Bale celebra su gol al City. REUTERS

Entre tú y yo, amigo: si de verdad existe dios y ya te han acomodado en ese paraíso suyo a donde, dice el catecismo, van las almas buenas cuando abandonan esta vida o las sacan a la fuerza, como sucedió contigo, pregúntale al presunto implicado aquello que tantas veces nos repetíamos el uno al otro para lamernos las heridas tras las victorias más inexplicables del enemigo deportivo: “Padre nuestro que estás en los cielos, ¿es usted aficionado al Real Madrid o es socio y abonado?”.

Parecía que todo había terminado para ellos el día que conquistamos el Bernabéu con Messi sentado en el banquillo, ¿recuerdas? En su mundo, rascándose la barbilla mientras sus compañeros se encargaban de desmenuzar al contrario como si digiriese mejor su obligada suplencia calculando cuántos rivales necesitaría para un buen asado y qué haría después con tanto hueso, además de un buen caldo. Nos llenamos los pulmones con el aire ahumado por la devastación; contemplamos, satisfechos, el clamor de un pueblo humillado pidiendo la cabeza del emperador; contamos, a ojo de buen cubero, el número de legionarios derrumbados sobre la hierba de su propio jardín con las manos en la cara, tratando de ocultar su vergüenza. Es posible que no lo recuerdes porque ya no estás aquí y las prioridades deben ser diferentes en el otro barrio, incluso porque un maldito camión se empeñó en estamparse contra tu cabeza y eso no ayuda. O, simplemente, porque aquella noche bebimos demasiado; siempre bebíamos demasiado.

“Son como los putos Caminantes Blancos”, me dijiste una vez. “O los quemas después de matarlos o te los vuelves a encontrar de frente cuando llegue el invierno”. Y el invierno siempre llega cuando el Real Madrid anda de por medio, hermano; especialmente por primavera, que es cuando esta gente acostumbra a regalar disgustos, como las alergias. Después del gran golpe en Madrid, después de la chirigota de Cádiz, del despido de Benítez y de los comienzos titubeantes de Zidane, ahí están otra vez con las maletas preparadas para irse a Milán y citarse con la gloria como si la Copa de Europa fuese una amigovia suya con la que comparten sábanas cuando les viene en gana.

Nos queda la esperanza del Atlético de Madrid, que no es poca esperanza, así que quizás me pase un día de estos a rezarle al banderín rojiblanco que llevabas siempre en el coche, un Seat Ibiza del que te apeabas a menudo vistiendo una camiseta de Bale para indignación de los demás culés del pueblo que nunca se explicaron semejantes alardes. La verdad es que cualquier trapo te sentaba bien y quién nos iba a decir que el galés acabaría vistiendo de blanco cuando te la regalé, ¿verdad? Ayer metió un gol sin tirar a portería, otro de tantos milagros perpetrados por este equipo a lo largo de los años sin que nadie sepa todavía cómo lo hace. Y lo peor no es eso, Pablito: lo peor es imaginar qué voy a hacer yo sin ti ante semejante panorama… Sí, ya lo sé: “Sonrisa y cuernos”. Lo intentaré.

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