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El Barcelona fulmina a un Rayo que acabó con nueve

Con el astro enchufado, un Barça con rigor fulmina en Vallecas a un Rayo que acabó con nueve

Rayo Vallecano Barcelona
Messi celebra su segundo gol Getty Images

Una pifia de su portero, dos expulsiones y un Messi festivo condenaron al Rayo ante un Barcelona que primero gestó el partido y luego se recreó. Un Barça que descifró con pericia lo que exigía la cita, en una cancha sin muchas salidas y ante un adversario contracultural, de los que no se achican ni a tiros, de los que van al frente sea quien sea el rival. Esta vez, todas las circunstancias se le volvieron en contra. Por un lado, el celo arbitral y que los barcelonistas se lo tomaron con la debida seriedad, expresada como nadie por Messi, que no estuvo de paso por Vallecas, pareció estar en su barrio. Encima, Llorente vio la roja antes del descanso, ya con 0-2. Imposible para los de Paco Jémez.

Tan peculiar en todo es el castizo Rayo que hasta obliga a jugar un fútbol singular, futbito más bien. La talla recortada del campo y la gallardía de Paco Jémez de ir a pecho descubierto, con la defensa lejos de la defensa, no deja más alternativa que dar carrete a la pelota con los toques justos y precisos, no hay espacio para tejer. El Rayo, a la suya, puede resultar claustrofóbico, hay que huir a toda mecha. Lo interpretó bien el Barça que supo cómo resetear su formato habitual. Nada de rondos, es un equipo con muchos y variados recursos. En Vallecas, ni Bravo tuvo pausa para dar inicio al juego con sus centrales, como gusta a los azulgrana. Messi, tan excepcional futbolista como ilustre perito de cada partido, lo advirtió a la primera. Hasta que se deshilachó el Rayo, el genio se plantó en la línea de medio campo y, por un día, ejerció de Busquets. El Barcelona, con Leo de letrado, mutó a la delantera al eje del césped y desde ahí pensó y liquidó el encuentro. Este Barça sabe cómo buscarse las habichuelas en distintos escenarios, por lo general interpreta de maravilla lo que requiere cada reto.

Un jueves nocturno y en el singular recinto vallecano puede resultar un partido trampa. No para este Barça, que tramita los retos con finura de cirujano. Si la situación no da para la cosmética, toca vencer por otra vía, mediante un ejercicio profesional, orden, control, paciencia y ya caerá. Con más o menos vuelo, es un equipo ganador. Lo demostró en Vallecas, donde se lo tomó con el máximo rigor para primero fijar al Rayo y luego fulminarle. En plena fase de estudio, Juan Carlos, meta local, entregó la cuchara de mala manera. Solo Messi le había puesto a prueba hasta que mediado el primer acto, Sergi Roberto, lateral de nuevo, tiró un centro inocuo al área. Nadie acosó a Juan Carlos, que libre como un pajarillo enganchó y desenganchó la pelota, él solito. Rakitic, que pasaba por allí, sopló el balón hacia la red. Antes de que envidaran los barcelonistas, el Rayo ya se había goleado.

No hubo tiempo para consolar a Juan Carlos. Aturdidos los rayistas, Messi, desde el pasillo central, enfiló de nuevo al desdichado guardameta, flirteó con Neymar y la devolución del brasileño la culminó el propio Leo con un tiro sutil. Es costumbre para el Rayo ceder dos goles a los adversarios, como le ocurriera con el Sevilla y Betis en las últimas jornadas, pero el Barça no es de los que ceden con facilidad, pocos logran desnaturalizarle. Con 0-2 y Messi enchufado, para colmo local llegó la expulsión de Llorente por una entrada muy aparatosa sobre Rakitic. Sin descanso aún, el encuentro ya era mucho más que un “ochomil” para los de Jémez, por mucho que sea un equipo con una fe encomiable.

Descorchado el duelo, el segundo tiempo resultó un calvario para los de Vallecas, a los que solo quedó apelar al orgullo, de lo nada le falta a este club habituado a la heroica para sobrevivir. Esta vez le tocaba evitar un festín de Messi, Neymar y Suárez, lo que en sus circunstancias resultaba una aventura colosal. Manucho cazó un gol y el Rayo contuvo lo que pudo, lo que le permitió La Pulga, para el que no hay recreo cuando se siente en el barrio. A su antojo, anotó otros dos tantos. Entre medias, citó una cuantas veces con el gol a Neymar, pero el chico no anda preciso cuando encara la portería. Cegado en varios pulsos sencillos, el paulista se sintió más a gusto en la larga distancia, con barreras por el medio. Messi le concedió una falta directa y el balón se estrelló en el poste derecho de Juan Carlos. Busquets, en probable fuera de juego, acudió al rechace, pero Iturra le trabó. Penalti y expulsión. Con nueve el Rayo, Suárez profundizó en el misterio azulgrana con esta suerte del juego. Juan Carlos evitó el tanto del charrúa, el séptimo penalti fallado por el Barça en esta Liga. El equipo precisa cuanto antes un cónclave de brujería. Mientras se lo hace mirar, avanza como un tiro en esta Liga en la que tanto brilla como gana y ya ha pulverizado el récord de partidos sin perder del Madrid de Benhakker. Sabe lo que hace y lo que hay que hacer. En Vallecas hizo lo que demanda Vallecas, barrio del gusto de Messi.

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