Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Lorenzo: “Soy igual de feliz ahora que cuando tenía seis años”

Entrevista con el campeón del MotoGP en la India, a donde viaja para pasar unos días en la Fundación Vicente Ferrer

Jorge Lorenzo visita una escuela de tenis en la India Ampliar foto
Jorge Lorenzo visita la escuela de tenis que la Fundación de Rafa Nadal ha impulsado junto a la de Vicente Ferrer en la India.

Jorge Lorenzo (Palma de Mallorca, 28 años) no se pone nunca el despertador. No le gusta. Alguien hace esa función, con más cariño y menos estridencias, para que el campeón del mundo de motociclismo esté (más o menos) a la hora y en el sitio. Es dormilón. Y no soporta el aire acondicionado, así que siempre viaja con un fular para cubrirse bien el cuello. Su garganta es delicada, por eso el agua que bebe nunca está demasiado fría. Y aunque controla con un celo admirable su dieta (a base de pechuga de pollo y arroz blanco), necesita tener a mano una pieza de fruta o un tentempié por si le entra un ataque de hambre.

Son los detalles que uno descubre cuando viaja con el piloto que ha logrado imponerse a Rossi y Márquez este año, el deportista que vence por pura convicción, el chico que posa para las fotos ofreciendo siempre su perfil bueno, ese que dice que tiene, como Julio Iglesias.

El viaje a la India que inicia a principios de diciembre revela obsesiones poco habituales: los mosquitos, por ejemplo. Y el repelente le confiere un aroma distinto, a vacaciones de verano y noches en el trópico. Pero su visita tiene más de compromiso social que de ocio. “Siempre tuve en la cabeza la inquietud de hacer algo en un país de este tipo. Quería saber qué hace la Fundación Vicente Ferrer y cómo ha conseguido cambiar la vida de tanta gente”.

Hoy se pregunta si será el mismo al volver a sus rutinas. El caos de Delhi primero y, después, el ritmo casi caribeño con el que se hacen las cosas en Anantapur, centro de operaciones de la Fundación, donde no hay prisa, pero no hay tiempo para la pausa, pues todavía hay tantos que necesitan ayuda, le han hecho pensar. Mucho. “¡Vamos a cambiar el mundo!”, dijo Lorenzo nada más bajarse del avión en Bangalore, finalizada la parada inicial en Delhi, donde cumplía compromisos con Yamaha, la fábrica para la que ha ganado este año su tercer título de MotoGP. “Bueno, igual nos cambia el mundo a nosotros…”, concedió segundos después, con un tono algo melancólico.

Deberíamos dar las gracias cada día por dónde nos ha tocado vivir”

“Me han impactado la positividad, la alegría y las risas de los niños. Sobre todo, los que han vivido en la pobreza y siguen viviendo en condiciones todavía difíciles, porque sonríen mucho más que nosotros, más que la media, y más que los que lo tenemos todo en la vida, como yo. Y no solo esos niños, sino también los que tienen problemas físicos o los que están enfermos, que eran los que más reían”, decía tras visitar el hospital de pediatría, el centro de niños con parálisis cerebral y el orfanato. Y seguía: “Egoístamente, esa es la lección que saco para mi vida. Es lo que transmitiré a la gente que conozco: oye, que lo tenemos todo, no tenemos ningún problema físico, estamos sanos, no nos falta de nada, vivimos entre lujos, tenemos televisiones, ordenadores… Y nos estamos quejando todo el día, no reímos, empezando por mí mismo, que soy una persona más bien seria. Deberíamos estar dando gracias cada día por dónde hemos nacido y dónde nos ha tocado vivir. A veces perdemos la perspectiva porque no conocemos cómo están los demás, porque sólo vemos nuestra propia realidad y nos quejamos por los que están mejor que nosotros, pero no pensamos que la mayoría está peor. Siempre queremos más. No agradecemos nada. No ampliamos el foco. Momentos o días como este te hacen entender muchas cosas. Luego hay que intentar recordarlos, porque tenemos poca memoria y se nos olvidan pronto”.

Lorenzo rodeado de niños en su visita a la Fundación Vicente Ferrer. ampliar foto
Lorenzo rodeado de niños en su visita a la Fundación Vicente Ferrer. (c) Vicens Gimenez

Tras un día repleto de visitas, de momentos inolvidables, de interminables conversaciones con Moncho Ferrer, director de la Vicente Ferrer, el deportista vuelve a su bungaló en la Fundación: una pequeña habitación con cama individual, una mesa de centro, un sofá para hacer esta entrevista, cero lujos, ni un mueble de diseño: un escenario perfecto para la reflexión.

Pregunta. ¿Vivimos con más de lo que necesitamos?

Respuesta. Nunca estamos conforme con lo que tenemos, nos acostumbramos muy rápido a lo bueno. Cuando nos pasa algo bueno, podemos estar felices una semana o dos, pero luego nos vamos acostumbrando y lo vemos normal; no agradecemos el golpe de suerte. Pasa cuando ganas la lotería o, como en mi caso, cuando ganas el Mundial: al cabo de una semana ya no le das importancia. Como no aprecias al cabo de un tiempo que vives en una casa con calefacción o con aire acondicionado o con una cama supercómoda, lo das por sentado y es algo que mucha gente anhela y no tiene.

P. ¿Qué es lo que más le llama la atención del padre Vicente y de su hijo Moncho?

Es difícil salir de tu burbuja, hacer una vida normal y ver otras realidades”

R. Su enorme convicción. Vicente Ferrer era un Jesuita, pero entendió que podía aportar mucho más con este proyecto que empezó hace más de 40 años. Su grupo no le apoyaba como él quería y renunció a seguir como religioso para dedicarse completamente a este proyecto en la zona con peores condiciones de la India, donde más le necesitaban. Construyeron una India mejor. Hoy esta zona tiene tres hospitales; antes la mayoría de la gente vivía en chabolas y ahora no queda ni una. La Fundación está ayudando a 2,5 millones de personas. Esas cosas no se logran solas, y más sabiendo las dificultades que el padre Vicente tuvo en sus inicios, donde el propio país al que estaba ayudando le ponía palos en las ruedas y tantas trabas. No tenía necesidad de quedarse, y a pesar de todas esas dificultades, siguió insistiendo. Eso impacta. Y te hace apreciar el poco ego y el amor que él sentía por la gente. Personas como Moncho o Anna Ferrer son las que merecen el reconocimiento que muchos deportistas tenemos aunque no aportamos mucho al mundo, porque no lo hacemos cambiar. Ellos están cambiando el mundo porque están mejorando la calidad de vida de millones de personas. Sin embargo, no tienen el reconocimiento que tenemos los deportistas como yo.

Vivir en una burbuja

Desconfiado a golpe de desengaño y curioso por naturaleza, sus charlas con Moncho Ferrer y todo cuanto guarda en la retina tras unos días en Anantapur le servirán de impulso para decidir cómo se implica un poco más con la Fundación a partir de ahora: “Primero tenía que ver esto y ahora estudiaré la manera de colaborar con ellos. Es difícil salir de tu burbuja, hacer una vida normal y ver otras realidades. Momentos y viajes como este te ayudan a ser más empático, a cambiar tu enfoque de la realidad”.

P. ¿Dura poco la alegría del campeón del mundo?

R. Siempre piensas: cuando gane estaré tres semanas de celebración, pero cuando pasa estás dos o tres días y ya estás pensando en otra cosa, y empieza la rutina. Al final, la felicidad está en cómo aprecias lo que tienes. Creemos que cuanto más tengamos más felices seremos, pero no es así. Yo soy igual de feliz ahora, que lo tengo todo materialmente, que cuando tenía seis años y vivía con mis padres y éramos una familia humilde. Mi nivel de felicidad no ha cambiado mucho. Aquí he visto que niños que no tenían nada, ni siquiera salud, estaban superfelices y con una alegría tremenda por ver a alguien nuevo, porque ni siquiera sabían quién era yo. Así que, las cosas materiales no te hacen feliz, solo te dan comodidad, y a veces esa comodidad es contraproducente porque te hace ser más apático.

Soy muy sensible. Los últimos cuatro meses he llorado muchas veces”

P. ¿Cómo es el Lorenzo que la gente no conoce?

R. No soy una persona que se ría por todo. Pero, no por ello soy menos feliz o positivo. Aunque sé que la sonrisa es la mejor carta de presentación y por eso intento sonreír más. No cuando estoy en el box, porque ahí necesito concentración y no soy capaz de cambiar, ni quiero, afectaría a mi rendimiento. Quizá por ello parezco más serio o frío de lo que soy en realidad. Pero cuando no estoy trabajando, en el box o con mis mecánicos, también me río, puedo hacer bromas y tengo detalles con la gente.

P. ¿Es sensible?

R. Soy sensible. Últimamente, muy sensible, lloro mucho. Mi novia me hace llorar mucho. Y no por nada negativo. Antes lloraba al escuchar una canción y recordar buenos momentos; ahora esta relación me hace sacar mi lado más sensible, lo tenía retraído. Los últimos cuatro meses he llorado muchas veces.

P. ¿En su adolescencia, le faltaron más abrazos de su madre y le sobró alguna que otra hora de entrenamiento en moto?

El cariño de una madre no se puede sustituir. Mi padre era una persona muy fría”

R. Sí. Pero si hubiese tenido más abrazos, seguramente no estaría ahora aquí haciendo esta entrevista. No estaríamos en esta zona de la India. No me arrepiento. Si, cuando mis padres se separaron, hubiese elegido irme a vivir con mi madre en lugar de con mi padre, mi carrera se hubiese frenado en seco, no hubiese seguido evolucionando.

P. ¿Esa decisión le ha marcado como persona?

R. Como todo en la vida, hay cosas positivas y negativas. Mi padre ha cambiado mucho: se ha vuelto más expresivo, comprensible, cariñoso… Le han hecho falta 50 años para lograr ser así. Claro que tenía otras cosas buenas: la honradez, el decir las cosas sin filtro, a la cara, la disciplina que me inculcó desde pequeño, la convicción de que con trabajo todo se puede lograr en la vida… Todas esas cosas las aprendí de mi padre. Si no, yo no sería tan luchador, tan disciplinado y tan curioso por aprender cosas nuevas. Por otro lado, el cariño de una madre no se puede sustituir por nada. Mi padre era una persona más fría. Supongo que por timidez, le costó ser cariñoso; tenía la obsesión de que su hijo algún día lograse lo que él no pudo cuando era piloto aficionado y venía de una isla como Mallorca. Imagínese la dificultad que eso suponía. Además, no teníamos dinero ni para una moto pequeña, él me la construyó.

Derribar barreras

Y de entrenarse en las pistas del Aquacity que regentaba su padre, Chicho, con una minimoto de construcción casera y las técnicas de su progenitor, a ganar al mejor Valentino Rossi hace apenas un mes. “Las circunstancias no nos acompañaron, pero no tiramos la toalla en ningún momento. Fuimos más fuertes que nunca en el aspecto mental, eso hizo que derribásemos un montón de barreras que decían que este título era para Rossi. Mucha gente quería que no ganáramos o que lo hiciera nuestro rival. Hemos peleado lo nuestro para lograr este título”.

Los fines de semana de carreras no hay nadie que sufra más que su madre, María, que esta temporada ha visitado tantos circuitos como ha podido, la mayoría trazados en los que nunca había estado. Quería darle los buenos días y desearle buenas noches a su hijo. “El sufrimiento de una madre es total, lo vive como si yo fuera ella”, asume, sabedor de que no puede poner remedio. ¿Y su chica? “Está empezando a saber lo que se siente siendo la novia de un piloto de motos”. Desde que a Lorenzo le convencieron, en su incipiente juventud, de que las carreras eran más importantes que una pareja y rompió con su primer amor —se llamaba Eva, mallorquina como él—, el Gran Premio de Valencia del pasado noviembre, en el que se coronó campeón, fue también la primera vez en que se presentaba con novia en público: Núria Tomás, hija del empresario Enrique Tomás. ¿Le ha llegado el momento de sentar la cabeza? “Seguro. No me queda otra opción. Pero el tiempo dirá. Estoy muy bien, muy ilusionado. Es una persona que vale la pena. Se tiene que creer en algo e ir a por todas, pero solo el tiempo dirá lo que puede pasar”, concede risueño. No se esconde. Ni oculta quién está al otro lado del teléfono a todas horas.

Dice que, tras la ingente cantidad de entrevistas y compromisos promocionales, le esperan la cama, el descanso y horas de entreno. “Estos 22 días sin gimnasio ya se me están notando”, señala, como si contara calorías. “No hay que descuidarse. Ya he aprendido la lección de 2013”, añade entre risas. Siempre ocurre, explica, que cuando uno es campeón, va a más eventos, come más fuera de casa y se entrena menos. Le ocurrió hace un par de años, que volvió de las vacaciones con unos kilos que condicionaron su temporada. “De momento, no me he pesado. Tengo miedo de hacerlo”, admite. Hasta principios de enero no se permitirá unos días de relax en alguna playa paradisíaca. Exigencias del guion.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información