Morriña de torneos de verano

Los trofeos de agosto, que en sus años de gloria reunieron a las mayores figuras del fútbol, tratan de resistir a su ocaso

El Deportivo, con el Teresa Herrera conquistado en 2010
El Deportivo, con el Teresa Herrera conquistado en 2010EFE

No hace tanto tiempo, pero ya remite a un fútbol y a un modo de vida casi pretérito; están en el recuerdo sus grandes veladas, pero apenas son un languideciente presente. Los torneos de verano palidecen y no resulta complicado discernir las causas: pujanza de otras opciones en mercados emergentes o más poderosos, sobredosis de partidos al alcance de todos los públicos durante todo el año y creciente competencia de acontecimientos deportivos y eventos estivales. Más difícil resulta encontrar una salida para honrar la tradición y garantizar una continuidad cuando mengüan asistencia y nivel de los participantes y crece el déficit que se genera. Este sábado se disputó en Riazor el decano de los trofeos, el Teresa Herrera, con Deportivo y Sporting Braga por único cartel y con triunfo de los gallegos por 1-0. El viernes, el Recreativo, ahora en Segunda B, cayó ante el Betis (1-2) en un estadio semivacío para dirimir el Trofeo Colombino, que a punto estuvo de no jugarse. El año pasado no hubo fechas ni rivales para el Santiago Bernabéu. Y en el Ramón de Carranza, que se escenifica el próximo fin de semana, el cartel es una vez más integramente nacional tal y como ocurrió en diez de las últimas quince ediciones.

 Pero antes del ocaso hubo un auge y para entenderlo hay que tomar varias rutas. A una de ellas se refirió el pasado jueves José Antonio Vieira, pregonero onubense en la puesta de largo de este Colombino: “El torneo nació con vocación de universalidad en una época en la que se respiraba un aire de ilusión ante los cambios que se atisbaban”. Hace 50 años de aquel momento de efervescencia. Para entonces ya se jugaban el Teresa Herrera (comenzó en 1946) o el Carranza (1955). El factor costero ayudó al desarrollo de unas competiciones que servían de presentación a los equipos españoles, de escaparate a los extranjeros, de preparación a todos y de atracción y esparcimiento al cada vez más creciente turismo. Entre 1965 y 1975 brotaron en España no menos de veinte torneos de verano con equipos de élite. Imposible entenderlos sin una figura, la de Fernando Torcal

 Escueto en talla física, pero prolijo en iniciativa, Torcal trabajaba a inicios de los setenta en una de las primeras oficinas de intermediación del fútbol español. Pronto vió el negocio. Llegó a A Coruña en un momento en el que el decano de los trofeos pasaba por apuros, con carteles sin renombre y habitualmente a partido único. En su primera experiencia en 1973 llenó Riazor hasta los topes con el Ajax de Cruyff, el Atlético que meses después acarició la Copa de Europa y dos equipos del telón de acero, el Spartak Trnava y el Ujpest Dosza siempre una atracción en aquellos años. Abrió entonces una edad dorada, un reto para los equipos europeos y un prestigioso desafío para los americanos, que otorgaban a la cita coruñesa cartel de Mundialito. Pelé, Didí, Garrincha, Beckenbauer, Cruyff, Rivelino, Blokhin, los mejores equipos en su mejor momento, pasaron por Riazor, que agotaba el taquillaje meses antes. A Torcal le llovieron las ofertas para establecer réplicas. Dio lustre al Ciudad de Palma, también una capital costera donde no se veía habitualmente fútbol de Primera División. Se fue a Cádiz para relanzar el Carranza, en el que durante años anidaron las mejores escuadras brasileñas. El Costa del Sol en Málaga, incluso el Gamper llevaron su firma. También el Villa de Madrid, que organizaba con el Atlético y que ahora algunas voces abogan por recuperar tras doce años de ausencia. Once hace que no se celebra otro mítico hito del calendario, el Ciudad de La Línea.

 Torcal arriesgaba y casi siempre ganaba. Tenía olfato y contactos. Murió en el 2000 cuando ya intuía que el dinero del fútbol iba a estar en la llegada de los representantes al control de algunos clubs para mover desde ellos a sus futbolistas y negociaba la venta del Rávena italiano para invertir en el Logroñés. Atrás quedaron veranos de goles, multitudes, meriendas y botas de vino. En Huelva antes de poner en litigio la carabela de plata se exhibía por los escaparates de las mejores tiendas de la ciudad. En A Coruña, la torre de Hércules de plata que honra la tradición orfebre gallega se exponía también con orgullo en la calle más paseada. Ya nada es igual. Hace cuatro veranos el Sporting alzó en Balaídos un Ciudad de Vigo que el Celta había sacado de sus vitrinas. Nadie en el ayuntamiento se había preocupado de encargar la elaboración de un trofeo.

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