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Mundial de Motociclismo 2014

Marc Márquez, un título que sienta cátedra

El español logra con 21 años su segundo Mundial gracias a un agresivo pilotaje que ha creado escuela

El equipo de Marc Márquez mantea al campeón del mundo en Motegi. Ampliar foto
El equipo de Marc Márquez mantea al campeón del mundo en Motegi. REUTERS

Su estilo ya no llama la atención. Ha sentado cátedra. Y hoy son muchos los pilotos que le imitan. Se descuelgan de la moto como él. Y buscan los pianos con el codo. No todos logran sus derrapadas, pero son otros tantos quienes las persiguen. Él, Marc Márquez, dos veces campeón de MotoGP a los 21 años, parece jugar a las carreras en el circuito de Rufea –tan cerca de su casa de Cervera– cada vez que sale a la pista en los trazados del mundo. Hace deslizar su rueda trasera con el mismo desparpajo, tanto que parece estar echándose unas risas con sus amigos. Así fue como comenzó a dominar este Mundial de 2014 al que llegó a la pata coja, precisamente como consecuencia de un accidente uno de esos días de risas entre colegas, en un circuito de tierra y haciendo cross, la disciplina que le encandiló cuando era un enano.

Empezar la temporada en Qatar con una férula sujetando su tobillo –y dejar olvidadas (a propósito) las muletas en el coche de alquiler– no frenó lo más mínimo al joven piloto, que defendía el título que le había convertido en noviembre del año anterior en el más joven campeón de la historia del motociclismo. Se arrancó con una pole y una victoria. Y disfrutó de su primer duelo con Rossi, su ídolo y su rival al mismo tiempo. Aquella ha sido la tónica habitual de un año monotemático, marcado por el dominio de Márquez y su Honda. El español logró diez victorias consecutivas –igualó así los registros de mitos como Agostini y Doohan–, que fueron acompañadas al inicio del curso por otras seis pole consecutivas. Tal ha sido el control que el piloto tuvo que incidir la tarde del domingo, al proclamarse nuevamente campeón con un segundo puesto, en lo complejo de la hazaña.

Decía Márquez que, a diferencia de cómo vivió el año de su estreno, en el que sentía que tenía excusa si se equivocaba, esta vez ya no cabía arriesgar sin calcular las consecuencias. Existía la presión. Había mucha expectación. Y hay pocos tipos tan leales como Márquez. Debía ser leal a la marca que confió en él, le hizo una moto a medida y le construyó el equipo de mecánicos que él pidió; debía ser leal a esos mecánicos, con poca o nula experiencia en MotoGP, que se han sentido casi tan observados como el propio piloto desde que arrancó el primer gran premio; debía ser leal, también, a todos esos seguidores que esperaban la misma grandeza en las carreras del campeón, el mismo atrevimiento, y menos fallos.

Tal ha sido el dominio que el piloto tuvo que incidir al proclamarse campeón en lo complejo de la hazaña

Y con ese sentimiento de lealtad ha construido una temporada repleta de heroicidades. Ganar diez carreras seguidas lo es. Innovar con una estrategia inédita para atacar la pole, como hizo en Jerez, también. O remontar hasta diez posiciones en Le Mans, como si nada hubiera pasado. También enfrentarse a los tres mejores pilotos de los últimos años, Rossi, Lorenzo y Pedrosa, y vencerles merced a su atrevimiento en el cuerpo a cuerpo, como ocurrió en Montmeló. Y todas esas decisiones con las que acertó, los éxitos cosechados durante la primera parte de la temporada, explican también sus errores. Sucumbió Márquez, pero lo hizo por pura ambición, lo que enorgullece a su equipo, cómplice la mayoría de las veces de sus locuras. Como en Misano, donde les avisó de que, aunque sabía que no tenía la moto preparada para ganar, lucharía por la victoria: “Lo voy a probar', les dije. Y no salió bien. Me ocurrió por un exceso de confianza, pero también porque los puntos de ventaja que tenía me lo permitían”, confesó este domingo. No pensaba fallar tan estrepitosamente como lo hizo en Aragón, pero el tropiezo (otra caída por correr con gomas lisas bajo la lluvia) se explica por ese mismo deseo de vencer a los imposibles.

Él quería una maquina imperfecta y Honda diseñó una moto que le sentara como un guante

Márquez, además de por su talento, que nadie pone en duda desde hace años, ha ganado también porque ha experimentado cómo funciona aquello de la conjunción perfecta entre el hombre y la máquina. Siguiendo las indicaciones del campeón, Honda diseñó una moto que le sienta como un guante. Él quería una maquina imperfecta, una que pudiera dominar con su cuerpo, como hace con las de dirt track, que le permitiera corregir si se colaba en la frenada, por ejemplo, pues la precisión no es su fuerte, tal y como confesó recién coronado. Y el nuevo chasis de la RC213V, ese que Pedrosa (mucho más preciso) rechazó, se adapta perfectamente a sus exigencias.

También sumó, al más puro estilo Doohan, el juego psicológico que despliega cual mago, como si no se percatara de cómo lo hace. Y vio cómo erraba Lorenzo, cerebral y frío como nadie hasta que se derrumbó este invierno, en las dos primeras carreras del año. Y le apretó un poco más –como cuando se mofó de él por saltarse la salida: “Mi salida ha sido buena, pero la de Jorge ha sido mejor”–, consciente de que el mallorquín era uno de sus rivales más duros. No en vano, la Yamaha sólo empezó a ser realmente competitiva cuando este se puso en forma y recuperó la confianza perdida a golpe de sesiones de entrenamiento por la montaña. Pero para entonces Márquez ya había desplegado toda su magia.

Le faltaba poner el broche final a su temporada. Y lo hizo en Motegi, el circuito propiedad de Honda, donde nunca antes había ganado el título un piloto de la fábrica japonesa. Lo logró al bordar el guion de una carrera perfecta para él: necesitaba quedar por delante de Rossi y de Pedrosa. Y así lo hizo. Dejó que Lorenzo sumara su segunda victoria del curso. Porque la gloria era toda suya merced a un segundo puesto que le convierte en el piloto más joven en encadenar dos títulos por delante de Mike Hailwood.

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