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Héroes en silencio

David Cal se cuelga la quinta medalla, plata, de su historia y ya es una leyenda del olimpismo español

Joel González, oro, y Brigitte Yagüe, plata, en taekwondo, elevan a 10 el medallero

David Cal celebra su medalla de plata Ampliar foto
David Cal celebra su medalla de plata EFE

Cuentan los que mejor le conocen, que no son muchos, que David Cal solo habla si es para mejorar el silencio. Es un deportista en soledad, sumido como vive en un claustro marítimo allá en su cuna gallega, emboscado entre una canoa, el sosiego de la ría pontevedresa y la mirada escrutadora de Suso Morlán, su entrenador, el que interpreta como nadie a David, quien le enumera con la vista las paladas. Ayer empezó a 64 por minuto y acabó a 71 para ganar la medalla de plata. Las contó Suso, claro, un contable del piragüismo. Pues David, con su reposo mental y sus brazos de leñador del agua, se convirtió en leyenda del olimpismo español, en el líder absoluto del medallero. Cinco de Cal, que en Reino Unido ya sería sir, como Steve Redgrave, un remero único, con seis medallas. Pero él solo es David, el hijo del panadero de Cangas del Morrazo. 

“La vida no cambia mucho”, dijo el chicarrón tras su descomunal esfuerzo, como el de toda su carrera, el que le ha recompensado como el gigante español en la historia de los Juegos. Con sus cinco premios en tres ediciones, las de Atenas, Pekín y Londres, ha superado los cuatro de Arantxa Sánchez Vicario y Joan Llaneras. A diferencia de aquellos, Cal las ha conseguido, cómo no, siempre a solas, sin más compañía que la de su pala, con la que azota al mar con denuedo.

Cal ha conseguido sus éxitos a solas, sin más compañía que la de su pala

En el canal de Eton Dorney arrancó la prueba del kilómetro a cola, con la canoa gripada, hasta que metió el turbo en los últimos 250 metros. Entonces ya no iba en canoa, sino en carruaje hacia el podio. Así llegó a la meta, exhausto, risueño: “He sufrido bastante y ahora quiero ir a disfrutar con los míos”. Hasta que Suso le ponga el contador de Río 2016 a cero. Allí estará. Palabra de madre. Lo anticipó María José, que le siguió desde Cangas, atada como está a la panadería, porque cinco medallas no dan para poner el candado. Del piragüismo no sale el pan. Ahora, David, divino cada cuatro años, volverá al pie de página durante otro ciclo. En deportes como el suyo la luz se apaga entre Juegos y Juegos. A él no le importa. Le bastan los suyos, no necesita el ruido. Por sus rías, solo escucha al silencio y a Suso, por supuesto. Eso sí, en los álbumes del deporte español tiene garantizada una portada eterna. Merecida como pocas. Un grande entre los grandes.

También de puntillas viven los taekwondistas, al menos los que no son asiáticos. Ellos patean duro, horas y horas de gimnasio y un sueño mayúsculo, utópico para la mayoría: los Juegos. Es el caso de Joel González y Brigitte Yagüe, que tienen un palmarés mundial extraordinario. Ambos, como tantos otros deportistas, saben que la atalaya de los Juegos es la gran pasarela. No importa que sea instantánea y pronto se desvanezca en el imaginario popular, atento sobremanera al ibex olímpico, sin reparar con exceso en las distintas disciplinas, salvo que coticen en el medallero.

González y Yagüe patean duro, horas y horas de gimnasio, para un sueño mayúsculo

Joel, un catalán de 22 años, antes de empezar cuarto de Criminología y seguir con sus cursos de Empresariales, tuvo tiempo de contribuir con la décima medalla española. Y fue de oro, la segunda en estos Juegos, tras la de Marina Alabau. Antes su compañera Brigitte había apuntado la novena, premio grande a una mallorquina de 31 años a la que el cine de combate la enganchó para el taekwondo al cumplir los 10 años. España ha dado el gran estirón en los dos últimos días.

Marc celebra una canasta. ampliar foto
Marc celebra una canasta. AP

Al progreso en la bolsa olímpica ya no contribuirán el balonmano y el waterpolo masculinos. Lo de los chicos de Valero Rivera fue un melodrama, una desventura. La odisea se produjo a dos segundos de la prórroga, cuando un rechace del meta Sterbik fue abrazado por el francés Accambry: puyazo final (22-23). Los jugadores de Rafa Aguilar no tuvieron el amargo del último segundo porque casi siempre fueron a remolque de la potente Montenegro (9-11). Ambos, waterpolo y balonmano, ya solo son cosa de mujeres. Las delfinas, que por algo tienen de mascota un delfín, se juegan hoy el oro con Estados Unidos (21.00) y las guerreras del balonmano disputan la semifinal ante Montenegro (21.30). Un lamento, el horario coincidente, para la audiencia española. 

Al frente de los deportes de equipo, también fulminado el martes el hockey, solo resiste el baloncesto. La selección de Scariolo sudó como nunca para derribar a Francia, que le puso una trinchera bajo los aros (66-59). España pasó un calvario, jugó mal, como lo lleva haciendo casi todo el torneo, y esta vez solo encontró remedio en el último cuarto, el periodo de sus penurias ante Rusia y Brasil. Si padeció bajo los aros (Pau Gasol fue reducido a 10 puntos), por el perímetro fue un espanto (4 de 20 en tiros de tres puntos).

Al equipo de baloncesto no se le ve cómodo, tan suelto como acostumbra, y el balonmano vivió un melodrama

Francia jugó con el cuchillo entre los dientes hasta que enloqueció en los últimos segundos, ya fuera de quicio, y Turiaf y Batum hicieron de matarifes ante Rudy Fernández y Navarro, a los que propiciaron dos directos al estómago a puño cerrado.

Al equipo no se le ve cómodo, suelto como acostumbra. Algunos jugadores, como Rudy y Calderón, por ejemplo, lejos de buscar en su interior, en la caseta, los motivos para la falta de chispa, han decidido buscar al enemigo en territorios ajenos: la prensa, el público... Cháchara. “Algunos nos han pegado más que los franceses”, desenfundó el base. Es lógico que no les haya gustado la desconfianza provocada por su dulce derrota ante Brasil y que defiendan su profesionalidad, pero, a excepción de Pau Gasol, nadie ha hecho la más mínima autocrítica en lo que va de campeonato. Que no olviden que el rival, mañana, es Rusia, nadie más.

Otros, como Cal, Joel, Brigitte o las waterpolistas y las balonmanistas, rumian sus penas como pueden y sus éxitos tienen eco pasajero. Héroes en silencio.

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