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El peso de la púrpura

España está obligada a vivir a lo campeón después de sus dos históricos triunfos.- La Roja ya no es aquella selección de paso que vivía del inmenso cartel de sus clubes

Del Bosque y Toni Grande, antes del entrenamiento. Ampliar foto
Del Bosque y Toni Grande, antes del entrenamiento. EFE

España es otra, cosmética como nunca. Se le ha caído el maquillaje de eterno aspirante y ahora debe negociar cada día con la marabunta que conlleva ser el centro del universo. Rumbo a la triple corona que nadie ha conseguido, la selección española, de vuelta a una gran cita, comienza a saber de verdad lo que supone el peso de la púrpura que defiende ante el planeta futbolístico. Ya no custodia el trono en la hamaca de una sencilla fase de clasificación o en unos cuantos amistosos de tronío y buena caja. Ahora, llegada la Eurocopa de turno, está obligada a vivir a lo campeón, abrigada por un fervor desconocido en su rancia historia. Desde 2008, y máxime desde 2010, son tiempos de gigantismo para un gremio comatoso por tantas frustraciones pretéritas que intenta adaptarse a marchas forzadas a su condición de multinacional. Del cine de barrio a Hollywood.

“Cuando empiece el entrenamiento, a mirar y callar”, soltó ayer Toni Grande, segundo de Vicente del Bosque, un hombre tranquilo y socarrón, a Cristina, Verónica, Raquel y una docena de erasmus españoles que estudian en Gdansk y ayer recorrieron unos 70 kilómetros para presenciar el primer entrenamiento español en suelo polaco, en Gniewino, cerca de la costa báltica, un pueblo invisible, de unos 1.800 habitantes, al que el campeón de Europa y del mundo ha puesto una chincheta en el mapa. Su alcalde, Zbigniew Walczak, ya se encargó del protocolo en la noche del martes, cuando presidió, hacia las nueve de la noche, la bienvenida a la expedición española en el hotel Mistral, una hospedería de cuatro estrellas que gravita en el epicentro de un complejo deportivo. Una niña lugareña hizo los honores y a Fernando Llorente le correspondió recibir el trofeo local, un cesto con pan y sal, ancestral costumbre hospitalaria en estos parajes. Mientras España aterrizaba en Gdansk, los operarios aún se deslomaban por terminar con el andamiaje y el barro que circunvalan el estadio en el que debutará España el domingo ante Italia (18.00).

Cuando empiece el entrenamiento, a mirar y callar”, soltó ayer Toni Grande, segundo de Vicente del Bosque, a una docena de erasmus

Tras un intento de concentración previo en tierras austriacas y suizas, una convivencia inaudita por el montón de teloneros convocados para tapar los enredos de un diabólico calendario, las palabras de Grande al grupo estudiantil no tuvieron un eco tan chocante como pueda parecer. A Del Bosque y sus colaboradores nunca les gustó el alboroto y ya en Sudáfrica le disgustaban los decibelios de las vuvuzelas. Pero ayer, la petición de su segundo también fue señal de que a cuatro días del estreno la cosa ya va en serio. La selección no puede perder más tiempo. Y el que le queda debe gestionarlo bajo los focos que obligan al campeón adorado. España, sus rectores, aceptaron que el ensayo fuera a puerta abierta con alumnos españoles y unos 500 nativos del lugar que acceden al recinto previo sorteo municipal, y el tirón rojo es tal que no solo los directivos gestionan por su cuenta que la Supercopa llegue a disputarse en China, sino que 207 periodistas se acreditaron para el primer entrenamiento en tan remoto lugar. Los pretorianos del equipo, incluidos algunos que no están como Puyol, pidieron a la federación hace tiempo que pusiera orden en sus relaciones con los medios. Todos ya tienen su twitter a la carta, pero no por ello han recortado la cola mediática. Hay listas de espera y la atención pasa por un cuadrante diario con unos seis futbolistas para entrevistas personalizadas que no apuran los cinco minutos.

Del Bosque y Grande, durante el entrenamiento de ayer. ampliar foto
Del Bosque y Grande, durante el entrenamiento de ayer.

España ya no es una selección de paso que vive del inmenso cartel de sus clubes, hoy se publicita por sí misma. En Gniewino —curioso, gniew, en polaco, significa furia—, en un campo a pie de hotel, con varias réplicas del toro osborne en su dehesa y una columna de molinillos de un parque eólico colindante, no solo abrió la concentración una banda de música local, sino que sus gentes asistieron en masa a todo un acontecimiento. “Si estuviéramos de vacaciones, estaríamos mal; pero hemos venido a lo que hemos venido y las instalaciones son perfectas”, sostuvo Piqué.

Frente a tanto revuelo, el Arena Mistrzow se engalanó con varias pancartas expresivas, muy del gusto de Del Bosque y casi tanto como el de los responsables comerciales de un entramado federativo que ha pegado un notable estirón en todos sus departamentos. “Unidos por un sueño”, reza un cartel al entrar en el pueblo. Ya en el estadio, el asunto es competencia de escribanos españoles: “La historia no frena al rival, la concentración, sí”; “La historia no te hace campeón, la humildad, sí”; “La historia no gana partidos, el esfuerzo, sí”; "La historia no marca goles, el talento, sí”. Buenas intenciones. Solo falta que el colectivo interiorice lo mejor posible tantos honores. Nada mejor que el diván de Del Bosque y los silencios que reclama Grande. Los pies en el suelo y oídos sordos al ruido periférico y, por supuesto, a la sobrecarga lanzada desde el Gobierno por el presidente Mariano Rajoy, que ha creído ver en esta España el mejor rescate posible a sus desvelos. El fútbol no cotiza en bolsa alguna, solo entre sus gentes, ibéricas o de Gniewino.

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