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Orbaiz rescata al Athletic

El medio del Athletic le quita el balón y el campo a un Espanyol que no digirió el éxito

Debe ser muy duro para un campeón del mundo dedicar casi todo un partido a ser el recogepelotas del portero. Tú la sacas, yo la cabeceo y nadie la coge. Y una vez y otra vez y, a veces, ni eso, allí de un lado para otro viendo llover balones que nunca acaban de caer del cielo. Y una vez y otra vez y el resto y el Athletic corriendo a todo correr, golpeando el balón, convirtiendo el tiqui-taca y el tic-tac en un toc-toc insoportable . Y Llorente, que ese es el muchacho, vira para aquí, ¡coge ese granizo!, vira para allá, ¡coge esa nevada!.

Y sin embargo no llueven ni piedras del cielo. Mientras tanto el Espanyol, fiel a la tradición catalana, teje que teje, con Verdú, un ex culé, moviéndo la máquina con la parsimonia con la que se hace la artesanía. El Espanyol ponía el alma, que es algo que no se mide en centímetros de tela, y el Athletic, el corazón con esos ¡uyyys! que tienen más peligro en la grada que en el césped.

Athletic, 2; Espanyol, 1

Athletic Club: Iraizoz; Iraola, San José, Amorebieta, Koikili; Susaeta (David López, m.56), Gurpegui, Javi Martínez (Orbaiz, m.46), Muniain (Gabilondo, m.81); Toquero y Llorente.

RCD Espanyol: Kameni; Chica, Forlín, Víctor Ruiz, Dídac; Verdú, Duscher (Alvaro Vázquez, m.79); Callejón (Sergio García, m.87), Luis García, Dátolo (David López, m.66); y Osvaldo.

Goles: 0-1, m.33: Osvaldo. 1-1, m.73: Llorente. 2-1, m.78: David López, de falta directa.

Árbitro: Ayza Gámez (Comité valenciano). Mostró tarjeta amarilla a los locales Amorebieta, Gurpegui y Orbaiz, y a los visitantes Chica, Osvaldo, Didac y Verdú.

Incidencias: Unos 35.000 espectadores en San Mamés. Temperatura fresca y terreno de juego en buenas condiciones. Los jugadores de ambos equipos saltaron al campo con camisetas alusivas al Día Internacional de los Derechos Humanos. Decimoquinta jornada de Liga.

En ese ir y venir entre el equipo trabajado, el de Pochettino, y un equipo visceral, desordenado y defensivamente inexplicable, el de Caparrós, se fraguaba la frustración de Llorente, las ocasiones perdidas por los delanteros rojibalncos, varias, por cierto, y la felicidad de Verdú, convertido en mariscal de campo ante la mirada atónita de los guerrilleros, Gurpegui y Javi Martínez, a los que libraba con el pico de la muleta. Gurpegui era más bravo, Javi Martínez es el pagano del Mundial, resumido en su esfuerzo físico parece mucho menos de lo que es, hasta que el catalán se sacó un pase de esos que hacen los que saben, los que piensan y tienen la bota bien ajustada y habilitó a Osvaldo. El argentino es de los que no perdonan y si le das una bala pega alrededor del cuerpo.

Así sorteó el corpachón de Iraizoz y le puso el balón en la red en la enésima exhibición de inoperancia defensiva el Athletic. Nada más facil que ganar la espalda a los centrales rojiblancos, siempre con la vista al frente, nunca mirando a los que atacan por la espalda. Era el premio a la entretela, al trabajo fino del Espanyol que no amenzaba con los puños sino con el estilismo de los que quieren disfrutar, no sufrir, con el trabajo.

Y era el castigo a Llorente, condenado a sobrevivir en un desierto de cabezazos, sin centros reales, sin búsqueda de posibilidades, fútbol previsible, toc-toc, que sí que voy para allí, con un Susaeta conversando consigo mismo y un Muniain, el único artista, el único creador, empeñado en ser el estrambote del soneto. El chavalín construía todo con la métrica necesaria pero le sobraba un verso, el que le jodía el gol, el pase, el centro. Una de más, casi siempre.

Se esperaba en Bilbao al entrenador, a Caparrós, ya fuera cabrebado, irascible, reflexivo, analístico... al que fuera. Y apareció el reflexivo. Dió entrada a Orbaiz, en lugar del agotado Javi Martínez y el partido cambió de fase. Fue bajar el balón y encajonarse el Espanyol. Es curiososo, pero a veces no hace falta marcar al bueno, o sea Verdú, sino que basta con no dejarle el balón. Y el balón se lo adueñó Orbaiz. Lo bajó, lo templó, lo racionó para aquí y para allá y el Espanyol se encajonó pareciéndose no al equipo de la Champions sino al superviviente del escenerio de la catedral.

Y claro, entonces, surge Llorente. El primer centro en condiciones, de Iraola lo mandó a la red engañando a Kameni. Y luego, un suplente como David López, desconcertado, casi desubicado, se marcó una falta que volteó el partido. Lección para el Espanyol, extrañamente a estas alturas: si al Athletic le das al campo, pierdes, porque es suyo. Y el balón lo pone él. O quizás era de Orbaiz.

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