Los premios de cine siguen importando pese a la crisis de las salas

Acabada la temporada de galardones cinematográficos, y en plena deserción del público de la gran pantalla, la industria y los artistas reflexionan sobre la necesidad de esos trofeos y su posible impulso en las carreras

El equipo de 'CODA' sube a recoger el Oscar a mejor película el pasado 27 de marzo.Foto: CHRIS PIZZELLO (AP)

Una leyenda asegura que al día siguiente de que Tesis, la primera película de Alejandro Amenábar, ganara en enero de 1997 siete premios Goya, entre ellos el de mejor película, las copias en vídeo de aquel thriller se agotaron en toda la cadena Vip’s, que entonces también tenía apartado de tienda. Eran tiempos en que los galardones de cine impulsaban carreras en la taquilla y en la industria, en el que las ventas en VHS, DVD y Blu-ray conformaban un buen ingreso en las ganancias finales de cualquier largo. Hoy, acabada la temporada de premios en EE UU, cuando descienden las audiencias de esas galas, cuando cuesta que el público retorne a las salas y la película que ha ganado el Oscar, CODA, se ha estrenado directamente en EE UU en una plataforma, Apple tv, que la adquirió tras verla en Sundance, ¿importan los premios de cine? ¿Tienen relevancia los Oscar, los Goya, llevarse la Palma de Oro de Cannes o ganar en el festival de San Sebastián?

“Todavía importan, tanto en lo artístico como en lo económico”, explica Jaume Roures, productor de El buen patrón, de Fernando León, ganadora de la última edición de los premios Goya. “Moralmente nos importa, desde luego. A nosotros este mes y medio desde la ceremonia nos ha proporcionado siete semanas más en las salas con 80.000 espectadores durante esas sesiones. Y eso que ya habíamos entrado en plataformas. ¿Sabes cuál es el problema? Que al final no llegaremos a las 700.000 entradas vendidas, cuando con Los lunes al sol [que realizó el mismo equipo y vivió el mismo recorrido de lanzamiento en 2002] superamos los dos millones de espectadores”. Otro veterano de la producción, Gervasio Iglesias, disfrutó de ese impulso por la estatuilla española con La isla mínima, de Alberto Rodríguez, o, caso curioso, con la cubana Juan de los muertos. “Aquella película de zombis se reestrenó tras ganar el Goya a película iberoamericana en 2013, y fue impresionante. Aunque eran los años más duros de la piratería, y una copia en DVD grabada en España acabó vendida por manteros en La Habana”.

El pasado fin de semana, el primero tras la ceremonia de los Oscar, CODA multiplicó sus proyecciones en salas en España y sumó 130.000 euros a su recaudación anterior, que así llegó a los 375.000 euros. Podía haber sido más, porque no en todas las 252 pantallas donde se proyectaba estaba disponible en todos los horarios, lo que dificultaba su visionado. En EE UU el triunfo en la gala del bofetón de este drama pensado para el gran público habrá repercutido en sus visionados en Apple tv, de los que no hay datos.

Fernando León de Aranoa y Javier Bardem, con tres de los Goya de 'El buen patrón' .
Fernando León de Aranoa y Javier Bardem, con tres de los Goya de 'El buen patrón' .Javier Ramírez (Europa Press)

Esta semana, el analista Scott Feinberg publicaba en The Hollywood Reporter un plan de 10 puntos para salvar la Academia de cine de Hollywood y los Oscar, en el que subrayaba la importancia de que los premios sigan valorando la excelencia y no la taquilla. Hace medio siglo El padrino arrasaba en venta de entradas y en los premios. Que haya cambiado el público que va a las salas desde Tiburón y La guerra de las galaxias, y el adulto ha sido sustituido por el adolescente. “Si no hubiera gala de los Oscar en el paisaje cinematográfico ya solo habría secuelas, remakes y adaptaciones. Los Oscar se crearon para animar y recompensar trabajos sobresalientes”. Aunque Feinberg sí cree que podría volverse al doble premio que se dio en la primera edición de 1929: a la película artística y única (más de autor) y a la película sobresaliente (para taquilleras).

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Además de catapultar carreras, los galardones también ayudan a consolidar las ofertas en un mercado que se transforma rápidamente. A24 pasó de ser un estudio que producía oscuras gemas frikies como Swiss Army Man, donde Daniel Radcliffe interpreta a un cadáver, a convertirse en una de las empresas clave del cine independiente en EE UU. Lo logró con la historia del proceso de un traficante negro para aceptar su homosexualidad: Moonlight, que ganó el Oscar a mejor película en 2017.

Entre compañeros, mejor las carreras

Desde las faldas de Sierra Nevada, donde J. A. Bayona rueda La sociedad de la nieve, David Martí, de la empresa DDT, recuerda cómo su trabajo con efectos visuales de maquillaje le llevó a recibir, junto a Montsé Ribé, el Oscar en 2007 por El laberinto del fauno. “A nosotros nos supuso ganar en reputación y en que por fin nos escucharan los productores”, recuerda entre risas. “Nunca nos hemos ido de España, pero tenemos trabajos internacionales. ¿Para qué irse?”. De aquella ceremonia sacaron, eso sí, muchos contactos. “Uno de nuestros rivales era Bill Corso, por Click, que es el maquillador personal de Harrison Ford, y por eso en DDT hemos acabado haciendo algunas cositas de Indiana Jones 5″, explica. “Solo estar nominados nos mantuvo en éxtasis cuatro años. En aquellos tiempos, sin el auge actual de las redes sociales, todo era más apagado. Lo vivimos de una manera más inocente e inconsciente”. Martí subraya que lo importante hoy para el Oscar es estar en una buena película o con una estrella, y no tanto el trabajo del maquillador. “Da igual toda la buena labor del equipo de Dune, aparece Jessica Chastain con Los ojos de Tammy Faye y sus maquilladores se llevan la estatuilla. Y eso que Dune es un filme popular. Porque la votación final la hacen todos los académicos y no los especialistas”. ¿Y entre compañeros? “Valoramos más la carrera que los galardones”.

En cambio, no está tan clara su repercusión en carreras de interpretación. Por un lado, hay ejemplos como el de Marion Cotillard, la primera actriz francesa ganadora del Oscar por su papel como Edith Piaf en La vida en rosa en 2008. De repente, le surgió una carrera en Hollywood: Enemigos públicos, Origen, El caballero oscuro: la leyenda renace o Aliados. “Nunca pensé que haría películas en Estados Unidos. Mi objetivo al ser actriz era explorar el alma humana más allá de mi cultura”, dijo en una entrevista en 2015, cuando logró su segunda nominación gracias a su trabajo con los hermanos Dardenne en Dos días, una noche.

Por otro, ahí están Candela Peña o Marcia Gay Harden. Peña, ganadora de tres premios Goya, dijo en el discurso de agradecimiento del último, obtenido por Una pistola en cada mano en 2013: “Os pido trabajo. Tengo un niño que alimentar”. El pasado octubre, agradeció su premio Platino, del cine latinoamericano, obtenido por La boda de Rosa, a su representante, y remató: “Esta profesión es muy caprichosa y hay momentos que parecen buenos y que no lo son, y momentos que parecen malos y que no lo son [...]. Ahora no tengo un euro en la cuenta”. Peña suele repetir “con los premios no se come”. En cuanto a Gay Harden, la intérprete ganó el Oscar a mejor actriz de reparto con Pollock en 2001, y tres años después repitió candidatura por Mystic River. Y entonces llegó la maldición: “Fue desastroso a nivel profesional. De pronto los papeles que te ofrecen se vuelven cada vez más pequeños y los sueldos también encogen. No tiene ninguna lógica”, confesaba a la revista Premiere.

Julia Ducournau, con la Palma de Oro por 'Titane'.
Julia Ducournau, con la Palma de Oro por 'Titane'.SARAH MEYSSONNIER (Reuters)

Aún queda otra pata de la financiación de una película, las ventas internacionales, el negocio de colocación del título en distintos territorios [las áreas geográficas en las que se divide la Tierra para la industria cinematográfica]. La productora Beatriz Bodegas, responsable de Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, Goya a mejor película en 2017, recuerda: “Volvimos a salas. Antes de la ceremonia recaudó un millón de euros, y después de la gala sumamos 350.000 euros, y eso que nos la quitaron rápido. Pero desde luego benefició a las ventas en el resto del mundo. Fue un empujón y vendimos los derechos del remake. No se hizo, y ahora estamos negociando con otra productora estadounidense. Y a los directores les ayuda cualquier galardón a aspirar a mayor producción en su siguiente filme”.

Incluso ganar la Palma de Oro importa en la taquilla y, desde luego, en la promoción. Puede que no tanto obtener la Concha de Oro de San Sebastián o el Oso de Oro de Berlín, pero provoca visibilidad. Enrique González Kuhn, de la distribuidora Caramel, ha estrenado esta temporada en España la última Palma de Oro (la francesa Titane, de Julia Ducournau) y el último León de Oro de Venecia (la francesa El acontecimiento, de Audrey Diwan), lo tiene claro. “Cuando compro una película, adquiero los derechos para cualquier ventana en mi territorio: televisiones, plataformas, Blu-ray. Todo suma como ruido mediático, en un momento en que hay tanto producto que te pierdes”, explica. Por eso cuenta que la taquilla en salas de Titane le decepcionó, aunque después esa visibilidad hizo incrementar su acuerdo con Amazon: “¿Un ejemplo de lo que importa la Palma de Oro? En 2016 Ken Loach ganó Cannes con Yo, Daniel Blake, que en España recaudó casi 700.000 euros con 118.000 espectadores. Tres años más tarde Loach estrenó en España un filme similar, Sorry We Missed You, y recaudó 392.000 euros de 70.000 entradas. Con y sin Cannes”.

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