Columna
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Sin dinero no hay poesía

Ojo con la visión romántica de la creación artística, que lleva a la miseria. Los creadores son trabajadores autónomos que no descansan nunca

La escritora Sara Mesa en Barcelona.
La escritora Sara Mesa en Barcelona.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

Por muy grande que sea la obra de un artista, de un escritor, de un músico, siempre será más grande su boca que pide alimento y más intenso el aullido de su cuerpo que pide una casa. El crítico estadounidense William Deresiewicz acaba de publicar un brillante ensayo titulado La muerte del artista, en donde se recoge una reflexión, llena de casos concretos, de la relación compleja del creador contemporáneo con el dinero. Lo que hace del libro una lectura apasionante es que el autor contabiliza el dinero que ganan los artistas americanos, y los gastos que tienen. A veces el libro parece una guía de apartamentos cutres y baratos de Nueva York, San Francisco o Chicago. 40.000 o 50.000 dólares al año es lo que Deresiewicz considera una profesionalización aceptable. Leyendo este libro he pensado en su posible extrapolación al ámbito español. Deresiewicz sostiene la teoría de que solo los creadores que proceden de familias acomodadas pueden dedicarse a la literatura, la música o el arte desde el primer momento de su juventud. Los demás tienen que buscarse la vida como pueden, eso es igual en España. El 95% de los escritores de mi generación proceden de las clases medias españolas, o de las clases medias bajas.

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El otro día iba en un tren con la escritora Sara Mesa. Nos pusimos a hablar de nuestros orígenes humildes y de cómo eso había dificultado el paso a nuestra profesionalización como escritores. No es queja. Es análisis. Queja ninguna. Es solo conciencia de quién eres. Ni Sara ni yo tuvimos padres que nos mandaran a un colegio bilingüe desde los tres años y largos veranos de adolescencia a Inglaterra a perfeccionar el inglés. No hablar bien inglés es también una declaración de clase social. Una catástrofe más. Un escritor español de 40 años que no pueda vivir de la literatura acaba pensando que eso es así porque no tiene talento. No, eso es así porque vive en un país de economía mediocre. Deresiewicz no sabe que hay países en donde la profesionalización de los creadores es infinitamente peor que en Estados Unidos. Le diré un país: España. Los países con democracias centenarias y con capacidad de producir riqueza económica invierten sus excedentes en cultura. Y esa es la paradoja más incómoda del dinero, pues cuando hay dinero de sobras, te puedes comprar un libro, puedes ir a la ópera o al teatro. Si no hay dinero, no hay poesía.

“Deresiewicz advierte que el entusiasmo que anida en las vocaciones artísticas pueden convertirse en una estrategia para no pagar”

En España nos cuesta hablar de dinero, está mal visto. Y en el terreno de la cultura hablar de dinero aún está peor visto. Deresiewicz ya advierte que el entusiasmo y la ilusión y la disponibilidad total que anidan en las vocaciones artísticas pueden convertirse en una estrategia para no pagar, aceptar trabajo gratis o remuneraciones humillantes. Ojo con la visión romántica de la creación artística, que lleva a la miseria. Los creadores son trabajadores autónomos que no descansan nunca. Yo no conozco ningún escritor profesional que se tome ni un día de vacaciones. Es verdad que en las profesiones artísticas hay una confusión muy estimulante entre vida y trabajo, pero todos sabemos lo que es el trabajo. Porque el trabajo de un creador consiste en lo mismo que en cualquier otra profesión, es decir, en un intenso ejercicio de voluntad, de sacrificio y de tiempo de tu vida, en donde no paseas, no tomas el sol, no vas en bicicleta, no te bebes una cerveza en una terraza, no estás con tu familia, con tus amigos, o con tus hijos. Ni siquiera puedes ponerte enfermo.

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