Premio Princesa de Asturias de las LetrasAnálisis
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Emmanuel Carrère o la verdad sospechosa

En 1999, tras la publicación de ‘El adversario’, el francés decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Su esfuerzo ha terminado en un irremediable —y fecundo— fracaso con ‘Yoga’: miente más que documenta

En 1999, tras la publicación de El adversario, Emmanuel Carrère decidió convertirse, si no en otra persona, al menos en otro escritor. Hasta entonces había publicado un puñado de buenas novelas —Bravura, Hors d’atteinte, El bigote y Una semana en la nieve y fascinantes ensayos —El estrecho de Behring y su biografía de Philip K. Dick—, pero entonces anunció, a diestra y siniestra, que no volvería a escribir ficciones y se consagraría a ese género inasible y un tanto monstruoso, que tan bien concentra las tensiones de nuestro tiempo, al cual se suele llamar novela sin ficción y que él bautizó con el nombre, acaso más apropiado, de novela documental.

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Una novela documental sui generis, pues su rasgo dominante, frente al aséptico modelo estadounidense de Capote o Mailer, consistió en seguir la estela inaugurada, en español, por Rodolfo Walsh en su prólogo a Operación masacre: la de incluirse a sí mismo como protagonista central de sus relatos. Una novela rusa, De otras vidas además de la mía (en la traducción oficial: De vidas ajenas), Limónov y El Reino conforman uno de los proyectos más ambiciosos de la literatura contemporánea: en cada libro, Carrère se narra a sí mismo, prometiéndonos en todo momento decir la verdad, al tiempo que se enreda en torno al amor, la traición, la infidelidad, el arte como imitación de la vida, la fe, la incertidumbre, el dolor y la melancolía que sin falta lo acompaña.

Pero si Carrère nos intriga, nos conmueve y nos irrita, no es tanto por la sinceridad con que expone sus múltiples torturas —en cualquier caso, de forma menos paranoica que Knausgård, el otro gran narcisista de nuestra época—, sino por la permanente tensión entre su promesa de decir siempre la verdad y su irremediable tendencia a mentir, tan propia de cualquier novelista. En una era donde la verdad se nos ha vuelto cada vez más elusiva —todos somos fake news [noticias falsas]—, Carrère se entregó a investigarla en primera persona, frenética y apasionadamente, en un desafío tanto ético como estético.

Desvelar secretos

A lo largo de dos décadas, Carrère se dedicó a desvelar secretos —en especial los suyos, los de su familia y los de sus parejas— y a trazar, en el camino, un mapa abigarrado, feroz y agridulce de nuestras hipócritas sociedades obsesionadas con la autoexhibición y la transparencia. A la vez que, como todo gran artista, jamás dejó de deslizarnos en las oscuridades que nos acechan sin remedio. Si Carrère recuerda a un clásico, sería a Proust: este enmascarándose y aquel exponiéndose, ambos buscaron retratar los atroces o inesperados cruces de verdades y mentiras de sus respectivas eras.

Podemos estar seguros de la sinceridad de su esfuerzo; un esfuerzo que, sin embargo, terminó en un irremediable —y fecundo— fracaso. De manera torva e incluso forzada, con Yoga Carrère se ha deslizado otra vez en los pantanos de la ficción: las mentiras pronunciadas en su vida privada lo han devuelto brutalmente a las mentiras en sus novelas, ofreciéndonos así, en otra vuelta de tuerca, un espejo más de nuestros propios laberintos.

Veinte años después de El adversario, Carrère se arriesga de nuevo a transformarse en otro escritor: uno que, tras llevar a sus límites la no ficción autobiográfica —y de padecer la irrupción de la realidad en textos que tanto la celebraban—, ya no puede escapar de sus ficciones. Conociéndolo como solo sus lectores podemos conocerlo —ya es nuestro semejante, nuestro hermano—, podemos estar seguros de que en su más reciente encarnación no dejará de aguijonearnos ni de sorprendernos.

Jorge Volpi es escritor mexicano, autor de ‘Una novela criminal’.

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