ARTES ESCÉNICAS

Teatros en pandemia: entre el miedo al virus y la necesidad de cultura

España se ha convertido en una de las excepciones europeas al abrir los espacios escénicos, aunque el reciente brote en el Teatro Real y las cancelaciones evidencian el peaje que se paga por ello

El tenor Allan Clayton, en un ensayo de 'Peter Grimes' en el Teatro Real. En vídeo, una secuencia de la representación.JAVIER DEL REAL / TEATRO REAL

Cancelaciones de estrenos, retrasos, devolución de entradas, muchos gastos extra y tormentas como la desatada días atrás después de conocerse que en marzo se detectaron 24 casos de covid entre los trabajadores del Teatro Real. Es el precio de mantener abiertos los recintos escénicos en plena pandemia. El Real ha dado por controlado el brote, pero la polémica ha reactivado en el sector un temor que ya puso sobre la mesa el pasado noviembre el actor Josep Maria Flotats, cuando se negó a actuar sin mascarilla en la Compañía Nacional de Teatro Clásico si no se hacían con más frecuencia pruebas diagnósticas a los actores. Y ha puesto en evidencia una vez más que los protocolos anticovid son eficaces para evitar contagios entre el público, pero no tanto entre los profesionales.

El riesgo es evidente: aparte de los deportistas, los intérpretes son los únicos trabajadores que tienen que quitarse la mascarilla para trabajar. Eso hizo que el sector se autoimpusiera protocolos muy estrictos para que las autoridades sanitarias autorizaran su vuelta a la actividad después del confinamiento. A pesar de ello, se han producido algunos contagios y eso se ha reflejado en un goteo continuo de cancelaciones de funciones. No hay teatro que no haya tenido que reajustar su programación esta temporada por ese motivo.

Josep Maria Flotats, en un ensayo de 'El enfermo imaginario'.
Josep Maria Flotats, en un ensayo de 'El enfermo imaginario'.Sergio Parra

El sobreesfuerzo es tal que la mayoría de los países han optado por mantener sus teatros cerrados. En Europa reabrieron en septiembre, pero en noviembre se clausuraron otra vez y desde entonces solo ha habido programación presencial en España, Luxemburgo y recientemente algunas ciudades de Rusia. La meca de Broadway sigue paralizada y en Latinoamérica está empezando a reactivarse tímidamente la actividad, aunque la reciente muerte de dos actores que representaban en Chile Orquesta de señoritas por un brote en el elenco va a ralentizar seguramente el proceso.

El caso del Real es paradigmático, pues si hay una institución teatral en España con medios suficientes para afrontar el coste que suponen los protocolos anticovid es esta. Según explicó el pasado lunes su director general, Ignacio García-Belenguer, el coliseo ha invertido un millón de euros en medidas preventivas y cerca de 250.000 euros en pruebas diagnósticas. Pero también es cierto que los espectáculos de ópera tienen una magnitud mucho mayor que cualquier montaje teatral, lo que hace que las precauciones deban ser también mayores. A eso hay que añadir el riesgo añadido de combinar tres producciones diferentes al mismo tiempo, cosa que ocurrió en marzo, al estar representándose en días alternos Siegfried y Norma mientras se ensayaba Peter Grimes (nueve representaciones en el Teatro Real, del 19 de abril al 10 de mayo).

Algunos trabajadores del Real creen que se ha forzado la máquina, según cuenta a este diario un representante: “Empezamos en junio pasado con mucha cautela. Hicimos La traviata sin mascarilla pero con distancia de seguridad de metro y medio. En septiembre ya se empezaron a reducir las distancias en un Ballo in maschera y en Rusalka se permitió que el director, solistas y figurantes trabajaran sin mascarilla en la sala de ensayo. Eso hizo que la inquietud fuera creciendo entre muchos de nosotros y llegamos así a marzo con tres obras a la vez, con el consiguiente riesgo de que si en una se producían contagios se pudieran extender a las otras dos”. En Rusalka, según fuentes de la plantilla, se registraron nueve casos de covid entre solistas, técnicos y equipo artístico.

La dirección del coliseo mantiene que los protocolos se han seguido a rajatabla, que se han hecho pruebas PCR masivas cuando ha sido necesario y que se ha elaborado un plan específico para cada producción. “Es cierto que en Rusalka se permitieron ensayos sin mascarilla, pero es que eso estaba previsto en el protocolo que redactó nuestro comité médico. Los solistas y la figuración formaron un grupo burbuja sin contacto con el coro, que iba a cantar detrás del escenario. En cualquier caso, en los siguientes montajes todo el mundo ensayó ya con mascarilla hasta llegar al escenario. De cada producción hemos sacado enseñanzas para mejorar en la siguiente. Y si vemos que se puede llegar a forzar la máquina, anulamos lo que haga falta. Hemos aplazado a la próxima temporada el estreno de Lessons in love and violence [ópera de George Benjamin] por esa razón”, explica a este diario Joan Matabosch, director artístico del Real.

A nosotros nos ha llevado un tiempo recobrar la confianza de los espectadores, han ido volviendo poco a poco. Ese camino ya lo tenemos hecho, a diferencia de otros países
Valentí Oviedo, director general del Liceu

Muchos ojos están puestos en el Real esta temporada. Y también en el Liceu de Barcelona, Les Arts de Valencia y el Maestranza de Sevilla, pues son los únicos grandes coliseos de ópera que mantienen actividad presencial esta temporada, por lo que de alguna manera se han convertido en campo de pruebas para los que siguen cerrados. Les Arts tuvo que aplazar en enero el estreno de Falstaff, que finalmente se presentó en marzo, por varios casos de coronavirus en el equipo de producción. El Liceu también ha tenido sobresaltos: por ejemplo, tuvo que sustituir a dos cantantes en una función de Don Giovanni en octubre. Y no hay que olvidar el otro susto que se vivió en el coliseo madrileño al forzar una parte del público la suspensión de Un ballo in maschera por la falta de distancia social en el patio de butacas.

La travesía es tormentosa, pero en general la profesión considera que compensa mantener los teatros abiertos. Grandes figuras de la escena internacional (Wajdi Mouawad, Milo Rau, Tiago Rodrigues, Guy Cassiers, entre otros) han reclamado en distintos manifiestos la reapertura de las salas y en Francia hay un movimiento de ocupación de teatros para reivindicar la vuelta a la actividad bajo el lema La cultura es segura, el mismo que tan buenos resultados ha dado en España.

El deber de cualquier institución cultural, mucho más si recibe ayudas públicas, es hacer todo lo posible para dar servicio al ciudadano
Joan Matabosch, director artístico del Real

No se trata solo de una cuestión económica —pues las ayudas que Europa está dando al sector contribuyen a soportar los cierres, mientras que en España no llegan e instituciones como el Real dependen mucho más de los patrocinios de empresas y de la taquilla—, sino también de mantener viva la cultura. El director general del Liceu, Valentí Oviedo, lo explica así: “Esto es como ir al gimnasio: cuanto más tiempo dejes pasar sin ir, más te costará volver. A nosotros nos ha llevado un tiempo recobrar la confianza de los espectadores, han ido volviendo poco a poco. Ese camino ya lo tenemos hecho, a diferencia de otros países”. Matabosch añade: “El deber de cualquier institución cultural, mucho más si recibe ayudas públicas, es hacer todo lo posible para dar servicio al ciudadano. Si no, llegará un momento que la gente se pregunte: ¿para qué estamos pagando esto?”.

Los trabajadores, no obstante, piden que se revisen periódicamente los protocolos para ver qué aspectos pueden haber fallado y qué se puede mejorar. “Hay que hacer más pruebas e incluso hemos sugerido el uso de mascarillas transparentes, pero siempre acaba primando el criterio estético sobre la salud. También debe haber más control en las giras, pues se han dado casos en los que dos personas no convivientes deben compartir habitación de hotel”, comenta una representante sindical del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (Inaem).

El Inaem ha actualizado varias veces su protocolo. Después del plante de Flotats, por ejemplo, decidió establecer que la frecuencia de las pruebas diagnósticas se determinaría en función de las características de cada producción y no con un criterio fijo como se hacía hasta entonces. Parece que la receta mágica es la realización de más pruebas, pero los presupuestos que manejan las producciones teatrales son ínfimos comparados con los que manejan los teatros de ópera, lo que significa que pueden aislar más rápidamente los casos positivos, antes de tener que llegar a la cancelación.

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