Historia

La lluvia cambió la historia de los comuneros en Villalar hace 500 años

Un informe concluye que los líderes castellanos perdieron la crucial batalla contra el rey Carlos I porque una tromba de agua les impidió mover la infantería y mojó la pólvora de sus 1.000 escopeteros

'Ejecución de los comuneros de Castilla' (1860), de Antonio Gisbert.
'Ejecución de los comuneros de Castilla' (1860), de Antonio Gisbert.MUSEO DEL PRADO

Existe una disciplina castrense llamada geología de guerra, que estudia el desarrollo de las batallas mediante el análisis del medio físico donde se desarrollan. El medio lo conforman “los elementos y factores ambientales (geología, climatología, meteorología, hidrología…) que influyen en la vida diaria de los seres humanos”. El reciente estudio Condicionantes naturales abióticos en el conflicto de las Comunidades de Castilla ha aplicado la geología de guerra para escrutar la batalla de Villalar (Valladolid), de la que se cumplirán 500 años el 23 de abril. Un enfrentamiento fundamental en la historia de España, que cambió para siempre la manera de gobernar un reino: la autonomía fiscal de las ciudades, frente al poder imperial y absoluto del monarca. Los resultados del informe ­―firmado por los geólogos Andrés Díez Herrero, Miguel Ángel Rodríguez Pascua, Ángel Salazar Rincón y María de los Ángeles Perucha Atienza, del Instituto Geológico Minero (Ministerio de Ciencia) y el auditor arqueológico de la consultora Audema Jorge Morín de Pablos― son sorprendentes: los comuneros perdieron la batalla porque ese día y el anterior llovió.

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“Muchos manuales”, dice el estudio, “ofrecen una visión estática y anquilosada de la influencia de los condicionantes naturales abióticos [todos menos los animales y las plantas] en los acontecimientos históricos, haciendo hincapié únicamente en aspectos geotécnicos como: la transitabilidad de los terrenos para vehículos pesados (carros de combate); la ripabilidad (excavabilidad) del suelo para construir trincheras y túneles; o la disponibilidad de recursos minerales y rocas para la fabricación de armas, munición o infraestructuras bélicas. Pero estos tratados tradicionalmente han dejado aparcada la componente dinámica de los procesos geológicos, meteorológicos e hidrológicos, que permiten interpretar su influencia en los acontecimientos históricos”.

La Guerra de las Comunidades (1520-1522) coincide con una devastadora etapa de sequía en Castilla que yerma los campos y eleva los precios de los alimentos, al tiempo que Carlos I incrementa los impuestos en todas las ciudades para recaudar 300 millones de maravedíes para financiar su coronación imperial en Alemania. Mientras, mantiene a su madre, Juana I de Castilla, encerrada en Tordesillas con el argumento de sus trastornos mentales. Ante esta situación, con el rey en el norte de Europa, cultivos arrasados e impuestos imposibles de pagar, estallan las revueltas en Toledo, Valladolid, Segovia, Palencia, Madrid, Ávila, Aranda de Duero, Medina del Campo... “Unas localidades situadas, fundamentalmente, entre las cuencas hidrográficas de los ríos Duero y Tajo, de alimentación pluvial a pluvio-nival [de nieves], con fuertes fluctuaciones estacionales del caudal, entre ciclos de años húmedos y secos. Irregularidad y fluctuaciones agudizadas por el periodo climático característico del primer cuarto del siglo XVI, que conllevaron fuertes avenidas y crecidas en los ríos y arroyos, con inundaciones de elevada magnitud, intercaladas con periodos de sequía sin agua”.

El descenso del nivel freático, tras dos años de sequía, vació los pozos de Medina del Campo y la ciudad ardió durante tres días

El incendio provocado por las tropas de Carlos I del recinto urbano de Medina del Campo, el 21 de agosto de 1520, que duró tres días y en el que murieron muchos niños, ancianos y mujeres, está considerado un episodio crucial de la guerra, porque propició la adhesión de numerosas ciudades y villas al bando comunero. “Una de las causas de las dificultades para apagar el fuego pudo ser la ausencia de agua en los pozos, en el río Zapardiel, en los arroyos (como Adajuela) y en los lavajos de la villa y sus alrededores”. El descenso del nivel freático tras dos años de sequía vació los acuíferos, incluido el existente en la calle del Pozo, una vía céntrica del municipio. Sin embargo, el día del decisivo enfrentamiento de Villalar, el cielo se desplomó sobre el campo de batalla.

'La marcha a Villalar' (1880), de Eugenio Álvarez Dumont, donde el pintor representa los carros comuneros tirados por bueyes.
'La marcha a Villalar' (1880), de Eugenio Álvarez Dumont, donde el pintor representa los carros comuneros tirados por bueyes.

El 22 de abril de 1521, un día antes de la lucha, se produjeron precipitaciones tormentosas en el entorno del eje Torrelobatón-Villalar-Toro; fenómeno muy frecuente en la cambiante meteorología del primer cuarto del siglo XV. “Esas lluvias saturaron superficialmente los suelos y produjeron encharcamientos en las zonas llanas, como el entorno de Villalar, donde la constitución limo-arcillosa del aluvial del río Hornija produjo su desbordamiento así como el de su afluente, el arroyo de los Molinos y un enorme embarramiento”, señala el documento.

A grandes rasgos, el ejército del rey estaba compuesto fundamentalmente por jinetes, mientras que el comunero lo conformaba infantería y artillería. Los casi 2.000 caballeros de Carlos I “pudieron moverse con más agilidad que las pesadas y torpes tropas de infantería comuneras, atascadas en el barro. De ahí que las pérdidas en la batalla fueran tan dispares y sesgadas hacia el lado de la infantería comunera respecto a la caballería realista”.

Las tropas de Padilla no pudieron moverse con agilidad porque estaban atrapadas en el barro

El ejército del líder comunero Juan de Padilla apenas podía maniobrar, “debido al acompañamiento del tren de bagaje, formado por las piezas de artillería ―seis cañones de gran calibre, como el San Francisco―, serpentinas, culebrinas, barriles de pólvora, 600 balas de hierro, material de asedio ―picos, palas, azadones y escalas― arrastrados por pesados carros con bueyes. La infantería iba en vanguardia de la formación, seguida de la artillería y cerrando, la escasa caballería. Por el contrario, las huestes de Carlos I emplearon la caballería y la artillería de campaña tirada por caballos ―1.000 kilogramos a cuatro kilómetros por hora―, no por los pesados tiros de los comuneros, mucho más lentos”.

De hecho, una tromba de agua el día 23 impidió el despliegue de la infantería comunera, así como de la artillería, muy superior a la de las fuerzas monárquicas en el campo de batalla. Un terreno llano, encharcado y embarrado, sin ventajas topográficas para los infantes castellanos, mientras que la caballería del rey iniciaba su ataque desde las lomas con un pendiente a su favor. Y como remate, la lluvia impidió que los 1.000 escopeteros comuneros utilizasen sus armas, lo que dejaba el combate solo en manos de los 400 lanceros, que tenían que aguantar las cargas de la numerosa caballería desde ambos flancos del frente.

“El último episodio de la batalla lo constituye la captura de las tropas comuneras que huían hacia Toro, que tiene los mismos materiales geológicos que el escenario de la batalla y que, debido a la alta plasticidad de sus materiales tras el periodo de lluvias, habría frenado considerablemente su huida”, explica Morín de Pablos.

Si la batalla se hubiera producido unos kilómetros más hacia el oeste, quizás el desenlace o hubiera sido otro

“Si la batalla se hubiera producido en el entorno de Torrelobatón o, incluso unos kilómetros más hacia el oeste, donde el subsuelo es menos arcilloso por corresponder a litologías calcáreas o más areniscosas, y la topografía menos desfavorable, quizás el desenlace o el balance de fuerzas hubiera sido otro”, destaca el estudio.

Al día siguiente Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron juzgados por un tribunal presidido por el condestable de Castilla y condenados a muerte. Fueron decapitados a las afueras de Villalar. Carlos I logró así ser coronado emperador; Juana, que había mostrado su apoyo a los comuneros, que la querían como reina, continuó encerrada en Tordesillas hasta su muerte en 1555, y Castilla tuvo que seguir financiando las costosas empresas del imperio hasta casi su despoblación y extenuación.

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