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LIBROS | CRÍTICA DE 'EL PRECIO DE LA AMISTAD'

Escritura sin coartadas

El noruego Kjell Askildsen posee un saber especial para subrayar con lo mínimo la extraña belleza de sus relatos

El escritor Kjell Askildsen.
El escritor Kjell Askildsen.

Hasta 11 botones contó el adolescente mientras abrochaba la blusa amarilla. Le parecieron muchos comparados con la camisa que ella llevaba el día anterior. Hacía rato que había salido de casa, cuando la luz del sol todavía apabullaba. Él se dijo que le gustaba más la lluvia o una luz solar menos brillante, que no distorsionara el paisaje boscoso, por eso ­anotó en su cuaderno que “el sol tenía la capacidad de engañar”. Así me cuento Desde ahora te acompañaré a casa, el primer relato que escribió Kjell Askildsen. Era 1953 y fue tachado de inmoral y prohibido en la biblioteca de su ciudad natal. Tal vez los censores no soportaron leer la felicidad del joven que se mantuvo quieto mientras su sexo estuvo dentro de ella. Porque no hubo movimientos y al no haberlos ella se mostró desconcertada. Él en cambio, asombrado y feliz, le dijo: “Creo que ya nunca voy a desear nada que no conozca”.

Quizá también vieron inmoralidad en la discusión que el joven mantuvo con su madre poco antes de que él emprendiera el camino al bosque. Hubo una bofetada y él amenazó con blasfemar. Hubo otra y él respondió: “Me cago en la hostia”, y lo volvió a repetir mientras salía corriendo a un encuentro deseado. En el relato de Askildsen, el protagonista pronuncia una frase conmovedora: “Desde ahora te acompañaré a casa”, que interpreto como una clara declaración de intenciones del adolescente: volveré al bosque, nos encontraremos y estaré quieto y feliz dentro de ti.

Escritura sin coartadas

Kjell Askildsen (Mandal, Noruega, 1929), premio Nórdico de la Academia Sueca y dos veces premio de la Crítica de Noruega, ha ido mostrando en sus libros, la mayoría de relatos, un saber soberbio para señalar con lo mínimo la extraña belleza de sus historias. Historias cuya expresividad se asienta en la economía de lenguaje, pues todo queda dicho con minúsculas señales. El precio de la amistad contiene 12 relatos escritos entre 1998 y 2004, con un imprescindible epílogo-diccionario de Julián Rodríguez que —aunque ya lo publicó Debolsillo— conviene recobrar porque señala no solo las claves necesarias para entender mejor al singular Askildsen, sino porque dice verdad sobre algunas observaciones erradas que a veces se cometen (yo misma, 16 años atrás, cuando hablé del carácter minimalista de la escritura del autor noruego). El propio Askildsen ha dicho: “No soy minimalista, pues nunca escribo menos de lo que tengo que escribir”.

Estoy con El precio de la amistad, pero he regresado a otro libros de este autor para mejor caminar por la maravilla de su escritura y darme cuenta de cómo ésta se ha ido oscureciendo sin perder fidelidad a su manera de mostrar las historias. Así, cuando Julián Rodríguez me señala ‘El tedio’, voy a ese encuentro no previsto con Moravia y leo: “El tedio para mí es una especie de insuficiencia, incapacidad o escasez de la realidad” y también “[el tedio] nace en mí del absurdo de una realidad insuficiente”.

Y vuelvo a Askildsen con el eco de estas reflexiones y contemplo de mejor manera sus escenarios desabastecidos de memoria, paisajes y personas. Apenas tramas, pocos rostros definidos y episodios narrados como si acontecieran en el vacío. Y qué pocos objetos hay en sus cuentos, y, por eso mismo, cuánta vida cobra esa copa dejada caer por el padre en el relato ‘Konrad T’. Un encuentro áspero y al tiempo tan significativo cuando el hijo limpia el vino derramado sobre el pantalón de su progenitor. Lo trivial deviene en sustancial. De ahí me fui a ‘Ajedrez’, en el libro Últimas notas de Thomas F. para la humanidad. Una visita, dos hermanos y una pregunta: “¿Sigues vivo?”, y con ese fogonazo ya sabes de la naturaleza de la relación. Anoté frases de Askildsen en los relatos publicados por la editorial Lengua de Trapo, luego recuperados por Nórdica, que en 2018 publicó el volumen No soy así (Cuentos 1953-1996): “En mi infancia, uno moría más o menos a la edad adecuada”. “Cada vez que me encuentro a alguien me siento más solo que antes”. O también: “Qué fastidio que uno no pueda quitarse las ilusiones de encima”.

En El precio de la amistad, el nuevo libro que ofrece Nórdica, no son las frases lo que tumban a quien lee, es la escena entera lo que noquea como esos dos hombres (en el magnífico relato que da título al libro) que ni recuerdan que en un tiempo fueron amigos; o ese otro (‘Willy Hassel’) donde el protagonista pasea solitario por un sendero donde más tarde encontrarán a un hombre muerto; y está quien mira por la ventana para ver la calle, pero también a las ventanas de enfrente (‘Gustav Herre’), pero lo hace “con la cabeza agachada para que los vecinos no lo considerasen un mirón”. Hablan todos ellos de esa vejez que no conmueve y que me lleva a ‘La ironía’, de Albert Camus, donde hay una anciana que se queda sola cuando van al cine y un viejo al que nadie escucha y que prefiere la calle porque en ella “no está solo por muy pocas personas con las que se cruce”. Y esa otra anciana que pensaba que el amor es algo que se exige. Vejez que nos irrita, como dice Rodríguez.

Sí, vayan al nuevo libro de Askildsen, El precio de la amistad, pero hagan acopio de lo publicado anteriormente por Nórdica, pues, aunque este autor transite escenarios que son como pasillos que se recorren sin luz, les asombrará la plenitud de una escritura que se vuelca sin coartadas ni juicios en la complejidad de la existencia.

El precio de la amistad

Kjell Askildsen

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Epílogo de Julián Rodríguez

Nórdica, 2020

98 páginas. 16,50 euros

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