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“Yo lo compraba por sus artículos”: una historia literaria de ‘Playboy’

La edición en papel de la revista cierra tras casi siete décadas de desnudos, pero también de textos enjundiosos: en sus páginas publicaron Ray Bradbury, Norman Mailer, Doris Lessing y Margaret Atwood

Hugh Hefner y sus 'conejitas', delante de su avión privado en 1971.
Hugh Hefner y sus 'conejitas', delante de su avión privado en 1971.

Playboy cierra sus piernas. Digo, puertas. A mitades del pasado marzo, su actual director ejecutivo, Ben Kohn, colocó su faz de leprechaun poscoital ante las cámaras para afirmar que, por culpa de la covid-19, el ilustre magacín de “entretenimiento para hombres” finiquitaba la edición en papel y se transformaba en digital. No sé si alguien se entristeció por este hecho. Playboy es una de esas cosas del pasado remoto que, incluso considerando que en algún momento tuviesen una utilidad, como los cantautores de la Transición, uno no puede imaginar con seguidores actuales.

Incluso si nadie lloró su pérdida, procede decir que Playboy ya no es lo que era. Cuando su fundador Hugh Hefner lo lanzó en 1953 (primera portada: Marilyn Monroe en –snif– bañador de una pieza), anhelaba ser un magacín con clase y contenido que, a la vez, fuese lo suficientemente canallesco para rivalizar con Esquire. Hefner, quien creció en el seno de una familia metodista de Chicago, era un liberal culto con planes de ilustración universal. En una de sus primeras declaraciones de principios (a Hefner le perdía la weltanschauung editorial), el futuro icono afirmaba que “nos gusta mezclar cócteles y un par de aperitivos, poner un poco de música ambiental en el fonógrafo e invitar a una conocida para una discusión tranquila sobre Picasso, Nietzsche, jazz, sexo”. Sí, lector, carcajéese con gusto. La palabra sexo saca su confiada cabeza tras el peñón de Nietzsche, como si la previa mención de artista ceñudo bastase para despojarla de toda salacidad. La frase hace pensar en aquellos viejos anuncios de consoladores en que se veía a la usuaria aplicando el dildo a cualquier recoveco de su anatomía (sobacos, cervicales, una fosa nasal) que no fuese uno de los significativos.

La portada de marzo de 1965 anuncia un texto inédito de Vladimir Nabokov.
La portada de marzo de 1965 anuncia un texto inédito de Vladimir Nabokov.

Playboy acabaría representando, con los años, el epítome de la afluencia, sofisticación y elegancia cool de la época, pero la eterna pregunta sigue irresuelta: ¿eran los textos elevados una excusa para mostrar el mayor número posible de tetas y culos? ¿O, por el contrario, aquellas mujeres en pose no-tan-impúdica (la primera aparición de vello púbico fue en 1972, y solo porque Penthouse, su nuevo competidor, se estaba forrando con primeros planos intrauterinos) eran el modo que tenía Hefner de diseminar la literatura de calidad entre el vulgo? ¿Mens sana in corpore libidinoso?

Los cínicos de entre ustedes dirán que lo primero, pero este fogueado articulista no lo tiene tan claro. Aunque “feminismo” era, para el viejo Hef, una palabra difícil de deletrear (afirmaba que liberarse de las cadenas del recato sexual era “bueno para las mujeres”) y desde luego su publicación era, a ojos del lector actual (y sospecho que también al de entonces), sexista, el fundador de Playboy no era Bertín Osborne. Los años setenta transformaron a Hefner en carroza embatinado y lúbrico, casi conservador (algo que le horrorizaba), pero a mediados de los cincuenta era aún la personificación del hipster gran reserva, conectado y progresista. Le encantaba el modern jazz y era un gran lector, dos aspectos que la revista, al menos en su fase imperial, no dejó de reflejar. También era un ferviente defensor de la igualdad racial, como demuestran las numerosas entrevistas a líderes y personalidades negras: Martin Luther King, Cassius Clay, Miles Davis o Malcolm X, entre otros, pasaron por sus páginas en entrevistas prolijas y empáticas.

Lo que, a la sazón, diferenciaba a Playboy de las demás mensuales de destape era la cantidad de novelistas de lista A que se codearon con sus centerfolds. Es imposible leer una biografía literaria de la segunda mitad del XX sin topar con el momento de alborozo brindador que acompañaba a la carta de aceptación de la revista. Playboy hacía gala de las mejores tarifas del sector (excepto, claro está, en lo tocante al sueldo de las bunnies), pero el verdadero caché era inmaterial: publicar allí era hacerlo donde los mejores, una señal de prestigio en sí misma.

El escritor Arthur C. Clarke, en una convención internacional de literatura organizada por 'Playboy' en 1971.
El escritor Arthur C. Clarke, en una convención internacional de literatura organizada por 'Playboy' en 1971.

Lo de “me lo compro por los artículos” se convirtió con el tiempo en una broma inevitable, el guiño irónico de Los Que Iban A Sacudírsela, pero, siendo justos, no podías esgrimir la misma excusa cuando te pillaban con el Lib bajo el jersey (sé lo que me digo). La gracia funcionaba porque tenía visos de plausibilidad. Al abrir el Playboy por cualquier página no desplegable uno topaba con las mejores firmas del momento. Ian Fleming, cuya prosa era tan ideal para el magacín que parecía un robot creado por Hefner, fue uno de sus buques insignia, pero también publicaron allí Saul Bellow, Vladimir Nabokov, Doris Lessing, Norman Mailer, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates, Kurt Vonnegut, Joseph Heller y David Foster Wallace. No precisamente pesos pluma. Y Ray Bradbury, cómo no: Hefner en persona decidió publicar Fahrenheit 451 por entregas, sellando su éxito. Los autores de ciencia ficción eran siempre bienvenidos, y tanto Arthur C. Clarke como Isaac Asimov se pusieron cómodos en sus páginas (lo que explica, sin duda, por qué mi padre escondía Playboys en el cajón de los calzoncillos).

Podemos tomar con una pizca de sal las afirmaciones más LOL de Hef (en una rueda de prensa de 1969 soltó, impertérrito, que “la esencia del judeocristianismo se parece a la filosofía Playboy”) pero es indiscutible que el hombre no estaba en esto solo por los meneos. Pintarle como un viejo verde con dermis de aguacate que corría, cual fauno priápico, tras las conejitas de su ático sería lógico, teniendo en cuenta sus hobbies y su personaje, pero ignoraría el lado cerebral del hombre. En 1978, en la fiesta de celebración del 25º aniversario del magacín, Hefner tomó el micrófono y, dirigiéndose a las bunnies presentes, dijo: “Señoritas, han sido unos maravillosos 25 años, y os lo debo todo a vosotras. Sin vosotras solo habría tenido una revista literaria”. En su frase tal vez yazca la respuesta a la eterna pregunta.