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Calomarde, el inventor de las ‘cloacas del Estado’

Un libro recoge la "abyecta vida" del ministro de Fernando VII que dirigió la Policía política, asesinó a Mariana Pineda, fusiló liberales e intentó ahorcar a Goya

'Francisco Tadeo Calomarde' (1831), obra de Vicente López Portaña.
'Francisco Tadeo Calomarde' (1831), obra de Vicente López Portaña.

La reducida extensión del libro -118 páginas- está acorde con la figura política y humana del personaje a quien recrea: Francisco Tadeo Calomarde, ministro de Gracia y Justicia (1823-1833) de Fernando VII. Es decir, el jefe de la Policía política, mano ejecutora del Régimen absolutista de un felón, asesino de Mariana Pineda y cobarde. Su nombre “pertenece a lo más obscuro, abyecto y olvidable de la historia”, escribe Sergio del Molino (Madrid, 41 años) en el magnífico Calomarde. El hijo bastardo de las luces.

“Fue de hecho”, dice Del Molino, “el primer capo de esas cloacas que él mismo inauguró”. Y continúa: “Solo hay una calle Tadeo Calomarde en España, y está en Teruel [provincia donde nació en 1773]. En el resto de España, nada. Ni tan siquiera callejones o plazuelas. Ni un pasadizo Calomarde. De estatuas ecuestres no cabe hablar”. Solo queda su  tumba, en Olba, Teruel, el único rincón del país que no le despreciaba. “Le falta a Francisco Tadeo Calomarde un gran libro o una gran película”, piensa Del Molino, si bien es cierto que Buero Vallejo le reflejó en dos de sus obras, “pero solo se incluye como sombra y caricatura, no como monstruo”. 

Calomarde ha pasado a la historia por ser el protagonista del bofetón -real o no- más famoso de la política española. Se lo marcó en el rostro la infanta Carlota, harta de sus traiciones, en una reunión en el palacio de La Granja en 1832. “Señora, manos blancas no ofenden”, gimió tras recibir un sopapo que aún resuena.

Calomarde, el inventor de las ‘cloacas del Estado’

Hijo de agricultores, pronto destacó por su vivaz inteligencia, lo que le permitió terminar la carrera de Derecho, instalarse en Madrid y entrar en contacto con la corte de aduladores y aprovechados que rodeaban a Carlos IV. Ocupó un puesto en la Secretaría de Indias y se convirtió en covachuelista: un funcionario que trabaja en los sótanos de palacio o de cualquier caserón de la capital y cuya “misión era entorpecer aún más la marcha del Estado“. Su labor principal consistía en asegurarse la paga, repartir favores para luego terminar cobrándolos y aprender los resortes más oscuros del Estado.

En su camino político se topó con el todo poderoso primer ministro Manuel Godoy -de pueblo, como él, y al que la nobleza apodaba con desprecio El Choricero- y con el médico Antonio Beltrán. Acordaron ambos casar a Juana, hija de este último, con Calomarde. Tras desposarse con ella, la abandonó como uno de esos legajos que nunca tramitaba, pero la vida da muchas vueltas.

En plena invasión napoleónica, intentó ser diputado por las Cortes de Cádiz; sin embargo, fue rechazado por ser considerado arribista y provinciano. Mascullará, por ello, y durante años, su venganza de sangre y odio por la humillación. Sin límites. Cambiarán los tiempos y los políticos, y Calomarde encontrará un nuevo y definitivo protector, el rey felón. Y entonces, conforme variaba la voluntad real, él iba modificando sin pudor sus objetivos. Si había que ser liberal, se era, y si había que ser apostólico o carlista, el sería el primero en ondear la Cruz de Borgoña. “Durante la década ominosa o calomardiana (1823-1833), el labriego de Villel se convirtió en un asesino que nunca usó sus propias manos para matar a nadie, pero cuyas firmas y silencios fueron la causa directa de muchos crímenes”. Le pidió al rey la horca para Francisco de Goya, pero el monarca estaba de buen humor y no se la concedió. El valido insistió, pero el rey solo veía al de Fuendetodos “como un viejo tozudo completamente inofensivo”. “¡Cuánta severidad, Tadeo! ¿Te ha ofendido en algo”, le preguntó Fernando VII. “Se negó a retratarme”. Esas eran sus razones para la muerte.  En 1824, el pintor se arrastró hasta Burdeos.

Calomarde “tuvo el honor de redactar la primera reforma educativa -honor para él, desgracia para el país-“. Su primera orden fue anular los títulos universitarios concedidos por el régimen liberal, con lo que cientos de abogados y médicos se encontraron, de repente, que ya no eran ni abogados ni médicos. Eliminó todos las planes de estudios por liberales. “Patria y religión serían las consignas del nuevo sistema. Mucha teología y nada de filosofía”. A él, sin embargo, se deben las primeras escuelas de tauromaquia y la escolarización universal, así como la prohibición del castigo físico. Bien es verdad que nadie le hizo caso -o no se esforzó por hacerlos cumplir- “y los próceres siguieron golpeando a sus alumnos de mil formas y con mil instrumentos", afirma el escritor.

Fue, además, el creador de dos mártires para la causa democrática. El primero se recuerda en Museo del Prado con un gran lienzo de Antonio Gisbert, la ejecución del general liberal José María de Torrijos en las playas de Málaga. El segundo, “ligado para siempre a la libertad y a la democracia, el asesinato de Mariana Pineda, la joven de 26 años que fue condenada a muerte y ahorcada, “sin llorar, sin resistirse, sin darle a sus verdugos la satisfacción de verse humillada”.

Muerto Fernando VII, Calomarde carecía del favor de la reina regente. Esta planeó entonces su encarcelamiento. Pero el turolense, avisado por sus contactos en la Policía, consiguió huir. Se estableció en Toulouse, olvidado, sin dinero. Al final fue Juana, la esposa abandonada, la que le mantuvo, así como los vecinos de Olba, el pueblo al que había beneficiado con una escuela y  prebendas durante su vil mandato. "Olba le convirtió en un héroe”, describe Del Molino. Los únicos que aceptaron acoger su cuerpo en “el único lugar del mundo donde nadie lo tenía por tirano, ni por vil, ni por alimaña”.

Calomarde. El hijo bastardo de las luces. Sergio del Molino. Libros del K.O. 2020. 118 páginas. 11,90 euros.

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