Crítica
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Wim Mertens: cuando la emoción absorta se sienta al piano

El compositor belga celebra sus 40 años de trabajo con ‘Inescapable’, gira generosa en minutaje y de honda comunión con su público

El músico belga Wim Mertens en Madrid en 2019.
El músico belga Wim Mertens en Madrid en 2019.Andrea Comas

Siempre tuvo aspecto de geniecillo desgarbado, de caballero que rara vez recuerda los nombres de sus vecinos cuando se los encuentra en el ascensor. Pero ya se sabe que a las apariencias les encanta jugar al despiste. Y Wim Mertens, ahí donde le ven, es probablemente el mayor estajanovista que ha conocido la música contemporánea. Ha tenido que ser él mismo quien se prestara recientemente al recuento oficial, puesto que su obra es tan laberíntica y caudalosa como para representar un reto homérico incluso entre los completistas más aplicados. Seamos honestos: alguien capaz de estampar su firma en un total de 717 composiciones merece mucho respeto, sobre todo si con cierta frecuencia son brillantes. Y si su discurso trepidante y absorto cumple esta temporada su cuadragésimo aniversario, parece un motivo de peso para que el comienzo de su gira conmemorativa, este martes en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid (le esperan esta semana Barcelona y Sevilla, además de Oporto y Lisboa), se saldara con un lleno expectante y reverencial.

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Son 40 años intensísimos de música, en efecto, a veces amplificada por el escaparate de la gran pantalla, las sintonías y demás sincronizaciones. Pero el magno compositor belga optó por abrir la velada con In lieu of, ejemplo de eso que podríamos considerar una obra antipática. La pieza se desarrolla en torno a una sola e inamovible nota reiterada en cientos de ocasiones, con el añadido de un compás quebrado en medio del discurso. Y todo ello, en el contexto de una partitura perfectamente binaria, termina generando una profunda sensación de incomodidad. Así son los juegos y sobresaltos de la música minimalista, una sintaxis que Mertens no ya solo frecuenta, sino que ha contribuido decisivamente a definir.

Abrir boca con la página más árida sirve para colocar al oyente en posición de alerta, atento a unos acontecimientos que a partir de ese momento transcurrirán por territorios mucho más amables. El autor de Maximizing the audience, título irónico pero elocuente, casi nunca procura parecer inescrutable. Y la propia formación de quinteto de cuerda para complementar su piano es propicia para las tersuras. No diremos que equiparables a sus tatarabuelas clásicas en cuanto a accesibilidad, pero impregnadas a mundo de violines líricos, compungidos y hermosos, cortesía de Tatiana Samouil.

Luego está, claro, esa extraña voz atiplada, un falsete entre desabrido e ininteligible que nuestro autor de Neerpelt ha conseguido convertir en santo y seña. A los compositores, digamos, serios, nunca les daba por cantar, así que Wim se ha procurado una singularidad muy valiosa con esa especie de letanías espasmódicas, aproximaciones a una canción de autor revirada de la que ningún cantautor se sentiría cómplice. La parte vocal ya asomó tímidamente en Birds for the mind e irá reapareciendo durante toda la noche, a veces (Earmarked) en un énfasis que compite con el del violonchelista, el notable Lode Vercampt.

Hubo hueco, como en todo buen discurso minimalista (Glass, Nyman, Roach), a alternar la escueta melodía arrebatadora con esos característicos discursos circulares y entrecortados, laberintos de semicorcheas y acentos cambiados que tienen algo de travesura y mucho de impronta. Tras el cuarto de hora de asueto, las cuerdas se quedaron un rato en el camerino y reapareció Mertens para enfrentarse a tres breves delicatessen para piano y voz, entre ellas una muy bella y casi tarareable Not at home.

Algunos obstinatos finales resultaron tan adictivos (Pachelbel ya se sabía el truco) que desde el patio de butacas se proferían gritos como podrían haberse escuchado en Woodstock. Y la comunión entre las tablas y las butacas, simbolizada por esa cuádruple antología discográfica titulada Inescapable, se prolongó durante dos tandas de bises, con esos 12 minutos magistrales de Maximizing… como eje central de fascinación. Son setecientas y pico composiciones, pero ya solo por esa habría merecido la pena conocer al geniecillo despistado del ascensor.

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