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Lujos de la inteligencia artificial

Montecarlo recupera su tradición de grandes estrenos navideños y Maillot pone en escena su versión libre y futurista del clásico francés de los autómatas

Anna Blackwell y Simone Tribuna, en un momento de la representación.
Anna Blackwell y Simone Tribuna, en un momento de la representación.

Era una noble tradición con más de 30 años que se había atemperado: los Ballets de Montecarlo reservaban las fechas navideñas entre Nochebuena y Fin de Año para convocar al ambiente europeo de la danza y estrenar nuevas obras. Pues en el tránsito entre 2019 y 2020 Jean Christophe Maillot, director artístico del conjunto monegasco desde 1993, propone una nueva Coppélia bajo el recurso anagramático de Coppél-i.A., con lo que al título tradicional añade: Inteligencia Artificial, que es el verdadero motivo que recorre toda la futurista pieza de estreno. Llevaba varios años Maillot con este título rondándole, y más oportuno no puede ser: en 2020 celebraremos mundialmente el 150º aniversario de la Coppélia original en su debut en la antigua Ópera de París Le Peletier, con la hermosa partitura, podemos decir que hoy un gran clásico del género, de Léo Delibes, la coreografía de Arthur Saint-Léon y protagonizada por una jovencísima milanesa de vida desgraciada: Giuseppina Bozzacchi (Milán, 1853 – París, 1870); nació y murió unos 23 de noviembre con apenas 17 años y apenas cinco meses después de su éxito, en medio del sitio alemán de París y víctima de la viruela.

La nueva Coppél-i.A. que estará en cartel hasta el próximo día 5 en la Gran Sala del Forum Grimaldi, planteó varios retos a Maillot, que en este 2020 cumple 60 años y que antes había abordado versiones propias de Romeo y Julieta (1996); Lago de los cisnes (2011); Bella Durmiente (2001); Cascanueces (2013) o Cenicienta (1999). En rigor, ya solamente se le resisten del gran repertorio canónico del ballet académico que hubiera llegado a nuestros días Giselle y La Fille mal Gardée, lo que son en sí mismos también potentes desafíos formales. ¿Algún día los hará? De momento lo atrajo este cuento de Hoffmann al que Freud dedicó un sesudo y sugerente ensayo: Lo siniestro, todavía en latente uso profesional y literario.

Esta nueva aventura sobre el argumento que tiene su base en el cuento El hombre de la arena (Der Sandmann) de E. T. A. Hoffmann transformado en libreto de ballet por el archivero de la Ópera Charles Nuitter y el propio Saint-Léon, puso a Maillot en la tesitura de rodearse de un equipo de su total confianza: el músico Bertrand Maillot para las adiciones a la partitura original y a la muy actual y mediática Aimée Moreni (París, 1990) para la escenografía y vestuarios (reconocida por sus colaboraciones con Dior, Hermès y Chloé, y ajena al mundo del ballet salvo por una pieza anterior con Maillot en 2018). Para el nuevo libreto, Maillot mismo echó mano de su pluma junto a la dramaturgia de Geoffroy Staquet. El resultado es monumental en su escala y en sus bastantes justificadas pretensiones de separarse del original, pero sin perderlo de vista ni en la letra ni en el ánimo. El tema adicional sugerido no es ajeno a la obra en sí misma ni a Hoffmann ni al ballet Coppélia: la duplicidad imitativa de la inteligencia artificial, sus conflictos éticos y la lejana pero no gratuita relación con el mundo vernáculo y misterioso de los autómatas, esa neo-alquimia que recorre todo el siglo XVIII y parte del XIX para chanza de los Ilustrados.

En bastantes aspectos narrativos Maillot sigue al original, e introduce con cierto protagonismo el personaje de la ambiciosa hasta lo caricaturesco madre de Swanilda, la muchacha que inspira el romance de la pieza; mantiene el tono cabalístico y atormentado del Doctor Coppelius, en este caso más cercano al estereotipo del científico loco y obsesivo. El joven Franz es un chico enamorado casi siempre víctima de las circunstancias. Los bailarines Katrin Schrader como la muñeca artificial, Alessandra Tognolini como Swanilda, Joayong An como Coppelius y Francesco Mariottini como Franz, ofertaron prestaciones solventes y dinámicas. Fue muy aplaudido Alessio Scognamiglio como el confidente de Swanilda.

Otras escenas salvadas son la llegada al taller-laboratorio de Coppelius de las amigas para ser sorprendidas y ahuyentadas; Swanilda sustituye a la muñeca y Coppelius no ve el engaño y el final feliz en boda de los enamorados al que se añade la soledad trágica de Coppelius, con la cuita de su muñeca-robot inanimada, o acaso, independizada.

El primer acto es básicamente en blanco y negro, con una escenografía ideada a escala del enorme escenario del Forum, donde se forma el ojo (símbolo básico de la pieza, pues de hecho el ballet original se subtitula La Fille aux yeux d’émail (La muchacha de los ojos de esmalte) y donde la luz juega un papel envolvente y lírico. Los trajes en un momento evocan los del Ballet Triádico de Oskar Schlemmer y otras se vuelven minimalistas, como fantasiosas segundas pieles iridiscentes. No hubo orquesta en directo sino que se ofrece la mezcla de los nuevos sonidos con una grabación a medida donde se percibía el añadido del piano electrónico y la voz de una cantante.

Podemos y debemos preguntarnos: ¿qué de Hoffmann fascinó y perduró en maestros de la anticipación científica literaria como H. P. Lovecraft y Stanislav Lem? ¿E incluso en raras avis inclasificables como Karel Capek (que reinventó y categorizó el término ‘robot’) o María Luisa Bombal (a la que leían de niña los espeluznantes relatos hoffmannianos)? No es estrechamente la vena romántica siempre presta y dispuesta a manar sino su parte oscura y sobrecogedora, donde terminan las justificaciones plausibles y empieza el misterio del arte: eso está en el ballet mismo y en la adaptación se maillot por momentos se deja sentir. Como sugiere y casi indica con precisión el subtítulo moderno de Inteligencia artificial, todo en esta nueva Coppélia es frío y distante, desde las formas a los colores y los tejidos, y los escasos momentos de calidez están dados por el baile, corajudo y entregado de la plantilla. El público siempre circunspecto del principado se puso en pie y gritó continuados bravos entre oleadas de sonoros aplausos festivos.

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