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Sufridores que provocan sufrimiento

Pocas películas recientes poseen un inicio tan deslumbrante como el filme de Oliver Laxe

Pocas películas recientes poseen un inicio tan deslumbrante como Lo que arde. A través de un movimiento de cámara fantasmagórico, casi de película espacial, con un encuadre que no deja ver su base pero sí su copa, los eucaliptos del bosque gallego se derrumban uno a uno. Parece un suicidio colectivo. El desmayo final de un mundo agotado. De fondo, resuena con tempo musical acorde con la cadencia de las imágenes el sensacional andante de Antonio Vivaldi Nisi dominus (Cum dederit). ¿Qué estamos viendo, boquiabiertos, piel de gallina, corazón galopante? Es el poder del cine, de la conjunción de elementos formales y narrativos: sonoros, visuales, metafóricos. Es el talento de Oliver Laxe.

LO QUE ARDE

Dirección: Oliver Laxe.

Intérpretes: Amador Arias, Benedicta Sánchez.

Género: drama. España, 2019.

Duración: 89 minutos.

El director gallego ya había participado en la Quincena de Realizadores de Cannes en 2010 con su excelente debut, el etnográfico Todos vosotros sois capitanes, cercano en tantas cosas al cine de Jean Rouch. Seis años más tarde volvió a la Semana de la Crítica con la más discutible Mimosas, impresionante en su capacidad para captar el paisaje, algo autocomplaciente en la celebración de una morosidad un tanto impostada. El pasado mes de mayo regresó de nuevo a Cannes, esta vez a Una cierta mirada, y triunfó. Obtuvo el premio del Jurado de la sección, y dejó una huella imborrable con sus imágenes iniciales, las de la tala de los eucaliptos, las de un universo derrotado, y las finales, tan valientes en lo físico que son casi suicidas, donde el cineasta recibe tantos fogonazos como el bombero para lograr atrapar el latido, la pulsión de una tierra en llamas.

Casi con aires y personajes de wéstern, Lo que arde es la historia de un regreso al hogar. El de un hombre que ha estado años encerrado en prisión. No se especifica por qué y si la condena fue justa, pero se intuye: piromanía. Es Amador, el personaje, y también el intérprete. Tampoco se sabe cuánto hay de uno en el otro y al espectador no debería importarle. En casa le aguarda Benedicta, su anciana madre, recia mujer gallega, sabia del terruño, sencilla y profunda, que sentencia: “Si provocan sufrimiento es porque sufren”. Se refiere a los eucaliptos, la raíz del problema de los incendios en Galicia, según algunos expertos; una razón para la tala que nunca se explicita en la película. Pero también, en la frase más rotunda del guion de Laxe y Santiago Fillol, la vieja juiciosa podría referirse asimismo a su hijo Amador, otro sufridor que provoca el sufrimiento.

O quizá no. Porque, cuando llegan de nuevo los incendios y los del pueblo, quizá los vaqueros que acusan sin pruebas al cuatrero de película del Oeste, buscan al culpable de siempre, Laxe se guarda la posibilidad de la inocencia. Con una hermosa fotografía de Mauro Herce, brumosa como el clima gallego, sin apenas profundidad de campo, como las relaciones entre los vecinos, Lo que ardees una obra sobre el atavismo: de los trabajos, de las conductas, de las relaciones. Un cine contemplativo pero nunca redundante; ajustadísimo en cada plano, sin regodeos de grandilocuencia. Una historia sobre la imposibilidad de purgar los pecados, sobre el fatalismo. El de Amador, el de los eucaliptos, el de Galicia.

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