EL CORREO DEL ZAR
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Padrino de un guerrero comanche

El bravo Siempre sentado en mal sitio se convierte en insólito y entrañable protagonista de un cuento para niños

Scar, el jefe comanche de 'Centauros del desierto', de John Ford.
Scar, el jefe comanche de 'Centauros del desierto', de John Ford.

Me atraen los comanches tanto como los temo. Tardé en llegar hasta ellos, no solo porque viven en regiones salvajes e inhóspitas en los rincones más peligrosos de las novelas y películas de Oeste (y de nuestra imaginación), como Centauros del desierto, sino porque siempre había preferido otras tribus de las praderas menos extremas y minimalistas, los cheyennes o incluso los sioux. Los comanches, irreductibles, ariscos, esenciales, tremendos, mortíferos reyes de la incursión, los jinetes por antonomasia, la mejor caballería ligera del mundo (lo dice Custer no yo), son los indios de los indios (por usar la terminología del western clásico), la más pura expresión de la libertad, la capacidad guerrera y la excelencia a caballo que concita el término piel roja. Me dirán que también están ahí los kiowas y los apaches. Cierto, pero los primeros siempre han sido –y que el jefe Satanta me perdone- una especie de extensión de los comanches, mientras que los apaches merecen comer aparte dado su personalísimo carácter, no precisamente fácil, y su historia tan específica.

Los comanches, cuyo hábito de raptar mujeres ha dado frases tan antológicas en el cine como la de Randolph Scott en Estación Comanche –“que los comanches te quiten la mujer es desagradable, pero que te la quite otro hombre blanco, eso ya es peor”-, han permanecido en el imaginario del relato de aventuras como los grandes combatientes por naturaleza, valientes, intransigentes, broncos, esquivos, durísimos, con un aura de autenticidad y simplicidad, de pureza vamos, basada en su rechazo absoluto a la cultura de los blancos. Desde su territorio central de Llano Estacado, al oeste de Texas, donde solo te adentrabas si eras un Ranger deseoso de martirio, se forjaron un violento imperio nómada, la Comanchería, y se ganaron fama de ser los indios más hostiles, merodeadores, audaces y desenfadadamente crueles (en contraste con la ensimismada crueldad de los apaches) del continente, hasta que se les aplicó el mismo trato genocida que al resto de los nativos americanos. Entre sus víctimas célebres se cuenta el biznieto bebé de Daniel Boone, atravesado por una lanza para hacerlo callar.

Entre la tribu, la banda de los quahadi (antílopes) eran los comanches de los comanches, que ya es decir, la crème de la crème, los espartanos de las praderas, los más auténticos, los más temidos (los temían incluso otros comanches) y los únicos indios que nunca firmaron un tratado.

Ilustración del cuento 'Siempre sentado en mal sitio'.
Ilustración del cuento 'Siempre sentado en mal sitio'.Enrique Heras

Viene todo esto de los comanches a cuento de que inesperadamente me he convertido en padrino putativo de uno de ellos. Se trata de Siempre sentado en mal sitio, un guerrero al que conocí en El imperio de la luna de agosto, de S. C. Gwynne (Turner), uno de los mejores libros sobre la tribu. Allí aparece citado como ejemplo de los curiosos nombres que se daban los comanches, junto a Gran tropezón, Cara arrugada como de viejo, Rompetodo, o esos extraordinarios casos de la onomástica comanche que son Erección que nunca baja (Po-cha-na-quar-hip) y Vagina de coyote (¿en qué estaría pensando su padre?). A pesar de nombre tan desafortunado que otros han traducido por Vulva de loba, sin que yo, con mis escasos conocimientos de la lengua comanche, pueda decirles cuál es más acertado, Isa-tai fue un gran personaje, un hombre medicina buen amigo del gran jefe Quanah Parker. Es verdad que metió a su tribu en buen lío haciéndoles que confiaran en su poderosa magia para evitar las balas, lo que resultó en el frustrado ataque a Adobe Walls, donde los cazadores de búfalos se entretuvieron en derribar a más de cien comanches con sus poderosos rifles Sharp de calibre .50.

En fin, resulta que el otro día me escribió la autora y editora Teresa Benéitez para decirme que un texto en el que yo citaba el guerrero la ha inspirado para un cuento de niños. Afortunadamente no se trata de Vagina de coyote, sino de Siempre sentado en mal sitio. El relato, ilustrado por Enrique Heras y publicado por la propia editorial de Benéitez, A Fin de Cuentos, se acaba de poner a la venta en librerías y es la historia de un niño comanche de siete años, Siempre sentado en mal sitio, efectivamente, que anda todo el día lleno de cicatrices y moratones a causa del hábito que le ha dado nombre, aunque él no entiende porqué le han llamado así. El pequeño comanche es, claro, un travieso de aúpa y un aventurero de la especie de Tom Sawyer y Huckleberry Finn que se cae al río y se lleva trompazos continuamente. La verdad me ha hecho gracia ver al guerrero comanche convertido en el pequeño Hiawatha. Y como decía, me siento un poco su padrino.

Del Siempre sentado en mal sitio real sabemos pocas cosas. No es Nube roja, Caballo loco o Gerónimo y ha dejado apenas rastro. He recabado ayuda al Comanche National Museum and Cultural Centre de Lawton, Oklahoma, una activa institución dedicada a proteger, investigar y divulgar el acervo de la tribu, pero solo he averiguado unos pocos detalles del personaje, y no muy favorables. Lo que es lógico porque proceden del informe de su encarcelamiento, de su ficha policial como si dijéramos. Su nombre comanche era Tis-cha-kah-da, medía poco más de 1,63 metros y fue arrestado en Fort Still, territorio indio, en abril de 1875 cuando contaba 31 años. Se le describe como “mal tipo, siempre fuera de casa tratando de robar caballos o en el sendero de la guerra”. Y se añade: “Uno de los desperadoes que el capitán Lee del 10º de Caballería capturó en Double Mountain a finales de 1873”. Nuestro hombre fue enviado junto con otros guerreros como Montón de rocas, Contando algo y Plumas de la cola a Fort Marion, el antiguo castillo español de San Marcos, en San Agustín, Florida, devenido prisión para indios (entre ellos Osceola, el jefe seminola, y el apache Chato). Allí estuve yo hace un par de años (de visita) sin saber entonces que me vería relacionado con uno de los presos. Espero poder obtener más datos sobre él. Completar la historia del niño comanche que vive feliz en su cuento sin imaginar qué le deparará el futuro...

Guerreros comanches en una foto histórica.
Guerreros comanches en una foto histórica.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Sobre la firma

Jacinto Antón

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción