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ARTE

Cautivos e indomables

Para filósofos, activistas y artistas, las prisiones son instituciones de castigo que se apropian de los cuerpos, convirtiéndolos en algo rentable y con efectos en lo que está fuera

Plantas de cárceles en la exposición de Iñaki Gracenea en Vitoria. Ampliar foto
Plantas de cárceles en la exposición de Iñaki Gracenea en Vitoria.

En los años cuarenta, hubo en España un militar de atemorizador nombre, Máximo Cuervo, a quien Franco le encomendó la misión de reorganizar los servicios carcelarios. De rostro raso y bonachón, era padre de nueve críos a los que de vez en cuando metía en vereda agitando con su mano una fusta, al tiempo que les contaba las más heroicas fantasías sentado ante su mesa de despacho, rodeado de condecoraciones y con el testigo de su sufrida esposa de no menos afectado apelativo, María Valseca.

La fama del “cuervo máximo” —que es como le apodaban quienes consumían la mejor parte de sus vidas en el trullo— estaba justificada por ser el ideólogo de la dispersión de presos, una modalidad punitiva diabólicamente publicitada como “turismo penitenciario”, que consistía en mandar al reo —la mayoría eran presos políticos— a la otra punta de la Península en condiciones tan penosas que podían equivaler a un fusilamiento. Asimismo, y con el orgullo de su escrupulosa responsabilidad, hizo grabar en una placa el lema que en adelante colgaría en la fachada de todas las prisiones estatales: “La disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco, la caridad de un convento”.

'Centro de producción y combustión' (carbón sobre papel, 1989), de Miriam Cahn.
'Centro de producción y combustión' (carbón sobre papel, 1989), de Miriam Cahn.

Cuervo dio su último graznido en 1982, en la cama, plácidamente —como correspondía a un ultracatólico leal al atrofiado espíritu del Movimiento (gran oxímoron)— y sin saber que aquella trinidad instituida como fundamento del orden dictatorial se volvería con el tiempo mísera e incierta, con ese viejo olor doméstico de lo que ha estado décadas sin airear, ventanas cerradas y puertas giratorias donde solo puede aflorar algo mezquino y criminal. Cuarteles, bancos y conventos que no eran —ni son— un refugio socialmente sano, sino, en efecto, mazmorras, con sus cloacas y sus impenetrables mafias, la ley del silencio impartida por monjitas pasteleras y hombres de cuello blanco, con sus aires satisfechos y sus tejemanejes que no responden de ningún modo al ideal de bienestar de los seres humanos.

La antigua cárcel de Vitoria (1861) fue la primera prisión celular de España y punto de arranque del proyecto artístico de Iñaki Gracenea (San Sebastián, 1972) MODELO ETA PRAKTIKA (disciplinar), en el Centro Cultural Montehermoso, con el testigo invisible de Cuervo y su famosa placa, ahora colocada sobre el marco de una peana justo en la entrada a salas.

¡Nunca más, nunca más!

Vista de la instalación '3x3x6', de Shu Lea Cheang, para el pabellón de Taiwán en la Bienal de Venecia 2019.
Vista de la instalación '3x3x6', de Shu Lea Cheang, para el pabellón de Taiwán en la Bienal de Venecia 2019.

La exposición es una elegante tesis visual que recorre casi tres siglos de arquitectura penitenciaria, con el foco puesto en un atlas carcelario hecho a partir de 200 dibujos y maquetas de plantas radiales y modulares (Cahier de fleurs), algunas cortadas al láser, con sus diferentes plantas superpuestas sobre bolitas de acero como si fueran juegos de mecano. Gracenea sigue el curso de las prisiones modernas basadas en el modelo de “cárceles perfectas” de Jeremy Bentham, llamadas así por su visión periférica (panóptico), aplicable a cualquier estructura social (la fiscalidad, los circuitos de televisión, las redes sociales, las empresas financieras) y donde el control ejercido por el poder se diluye en la multiplicidad de su mirada única. Otro apartado está dedicado al método de clasificación y medición de los “cuerpos”, el bertillonaje, inventado por el policía francés del XIX Alphonse Bertillon, que usaba un lenguaje de formas geométricas y colores según la categoría del prisionero (antecedente de los actuales programas de control por reconocimiento facial); una última sección, más creativa, despliega los moldes de las armas y herramientas que usaban los indomables para preparar el motín o la fuga.

Las preguntas que décadas atrás se hicieron Foucault y Deleuze sobre las “sociedades disciplinarias” y “de control” fluyen ahora hacia los artistas y sus críticas a la exclusión de las personas por sus ideas, género, raza o sexualidad. En 2013, el activista Ai Weiwei (1957) realizó el videoclip Dumbass en respuesta a los 81 días que pasó en una cárcel acusado de pornografía y evasión de capitales: “Ahí tienes un campo lleno de canallas, los idiotas están en todas partes”, dice el estribillo a ritmo de heavy metal, una burla dirigida al Gobierno chino y sus carceleros. Más radical, Shu Lea Cheang (1954), una de las pioneras del net art, ha creado una “interfaz disidente” que titula 3×3×6 (las medidas de una celda individual vigilada por seis cámaras) para el pabellón taiwanés de la Bienal de Venecia 2019, cuya sede es el Palazzo delle Prigioni (Palacio Ducal), donde Giacomo Casanova estuvo encarcelado una buena temporada a mediados del XVIII.

Detalle de la instalación S.A.C.R.E.D., de Ai Weiwei, que recrea su encarcelamiento en China.
Detalle de la instalación S.A.C.R.E.D., de Ai Weiwei, que recrea su encarcelamiento en China.

El trabajo de Shu Lea Cheang se distribuye por cuatro “celdas”, con un elemento central en forma de panóptico invertido cuyo ojo vigilante es cegado por las imágenes emitidas desde un proyector multicanal donde el público es invitado a participar. La artista cruza elementos de ficción y reales a partir de 10 casos de estudio (uno es la detención de Michel Foucault en Varsovia, en 1959, acusado de sodomía) como una crítica a los modernos sistemas de vigilancia en el contexto de Internet, la inteligencia artificial (AI) y la ingeniería genética (la “farmacopornografía”, según el comisario Paul B. Preciado).

Más allá de la disidencia artística, hace falta imaginación —y revolución— para no caer en el desánimo. El individuo suficientemente emancipado siente que la libertad, en el sentido que le dio la Ilustración, es una quimera, que estamos agotando el último tramo, que siempre hay una célula vigilante más penetrante que vigila y a la vez es vigilada —esos “lugares estratégicos” dibujados al carbón por la suiza Miriam Cahn (1949)—, que allende los muros (ya no analógicos, sino invisibles) solo queda lo que la astrofísica llama la “última gran prisión”, metáfora expandida de los agujeros negros. Y sin embargo, todo, desde el cuerpo encarcelado hasta el balcón cósmico donde los sucesos se abocan a su desaparición, es igualmente importante.

MODELO ETA PRAKTIKA (disciplinar). Iñaki Gracenea. Centro Cultural Montehermoso. Vitoria-Gasteiz (Depósito de aguas). Hasta el 22 de septiembre.

3×3×6. Shu Lea Cheang. Pabellón de Taiwán. Bienal de Venecia. Hasta el 24 de noviembre.

Todo es igualmente importante. Miriam Cahn. Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 14 de octubre.