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Robo y denuncia

Ya era triste no haber podido conformar gobierno en Madrid como para ahora haber cogido el coche de su padre sin acordarse

Robo y denuncia

La noche que no fuimos capaces de hacer un selfi para su Instagram (se exigía poco menos que cortar la calle, hay que empezar a pedir permisos al Ayuntamiento: tal es la aglomeración en la costa de instagramers buscando la ola perfecta), mi amigo Elisardo Bastiaga —98 followers a estas alturas, dice que se le fue un bot— salió de copas y al día siguiente se presentó en mi casa diciendo que le habían robado el coche. Según dijo, cuando su padre bajó al garaje, no lo encontró. Entró en el cuarto de Bastiaga bufando, que ya hay que bufar para tener un hijo influencer de 50 años durmiendo la mona a las tres de la tarde en tu propia casa, y Bastiaga le dijo que naturalmente no lo había cogido porque quién coge un coche en un sitio al que se va todas partes andando. Fue muy optimista.

Esa tarde, mientras paseaba por el pueblo, Elisardo Bastiaga se encontró el coche de su padre perfectamente aparcado en el centro de Sanxenxo, al lado del bar favorito de Bastiaga, sospechosamente estacionado en batería, la única manera en la que sabe aparcar Bastiaga. "Es frustrante, porque siempre encuentro hueco, meto el morro y me encuentro un escarabajo de esos o una moto. Un día los estampo. Aparcar en batería enseña más de la vida que cualquier otra experiencia. Te enseñan todo el rato la zanahoria, y cuando lo estás celebrando, llega el palo", decía.

Bastiaga llegó a la conclusión de que cogió el coche inconsciente la noche anterior. Estaba impoluto, sin rastro de violencia, cerrado pero sin seguros, o sea que podía entrar cualquiera. Allí, en una calle estrecha del centro de Sanxenxo, transitada pero a la sombra, estaba el coche de los Bastiaga. Por supuesto Elisardo no dijo ni pío: ya era triste no haber podido conformar gobierno en Madrid como para ahora haber cogido el coche de su padre sin acordarse. Así que el viejo Bastiaga puso la denuncia en comisaría, con la mala suerte de que este mes los agentes están más pendientes de llevarse los coches, grúa mediante, que de buscarlos, así que llevamos dos días pasando por la calle para comprobar si el Alfa Romeo sigue bien, y descartando la posibilidad de abrir la guantera y revolver para alejar sospechas.

Hasta que la policía encuentre el coche, los padres de Bastiaga tendrán que ir a ver a su hija, que vive en Ourense, en tren, previo autobús desde Sanxenxo a Pontevedra. La peculiar situación no ha flexibilizado a Bastiaga, dispuesto a mantener que fue un robo hasta el final. Todo lo que hacemos estas mañanas es ir a ver que está bien el coche, quedarnos tomando un helado vigilando que nadie lo robe de verdad, mientras él se caga en la policía, pues no puede estar más céntrico y mejor colocado. No puede hacer nada más, porque cualquier pista que él dé a los agentes, teniendo en cuenta cómo huele el coche a alcohol y lo bien aparcado que está frente a un bar, lo pondría automáticamente en el foco. Como quiera que está lloviendo en Sanxenxo, en cuanto haga sol y aparezca polvo en el cristal quiere escribir “soy un coche robado” en el parabrisas.

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