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CRÓNICA

Montpellier ofrece una danza moderna de altura

El prestigioso festival culmina una edición marcada por la creación de gran formato

Representación de 'Infini', dirigida por Boris Charmatz.
Representación de 'Infini', dirigida por Boris Charmatz.

La 39ª edición del festival internacional de danza de Montpellier culminó este sábado con una última semana de altura en la que se reunió sobre los varios teatros de la ciudad a William Forsythe (A Quiet Evening of Dance), Angelin Preljocaj (Winterrreise), Boris Charmatz (Infini) y Anne Teresa de Keersmaeker (Los 6 Conciertos de Brandeburgo). La modernísima Ópera Berlioz/Le Corum, la antigua Ópera Comédie, el Thetare de l’Agora o el Théâtre la Vignette han estado llenos todos los días, un fenómeno de éxito de público que merece estudio: cuatro funciones de Forsythe (en una oferta de 1.200 plazas), dos de Keersmaeker y y tres de Preljocaj en un aforo de 2.000 plazas de Le Corum; son cifras de vértigo para la danza contemporánea. Es un mercado de altos vuelos y grandes producciones para el baile actual que España apenas roza: piénsese que Winterrreise de Preljocaj tiene de hoy a abril de 2020 más de 30 funciones programadas solamente en Francia y Bélgica.

Es un mercado de altos vuelos y grandes producciones para el baile actual que España apenas roza:

William Forsythe ha estado aquí toda la semana, ha dado una larga rueda de prensa o conversación muy interesante e ilustrativa sobre su A Quiet Evening of Dance, que recogió otro éxito mayúsculo como el de Venecia. El concepto “combinaciones gestuales reflexivas” ha dominado esa mágica asociación entre “los dos Rameau”: el compositor y el maestro de danza, ambos teóricos y casi contemporáneos. La música de danza de Jean-Philippe Rameau (Dijon, 1683 – París, 1764) y las figuras coréuticas recogidas, descritas y establecidas por Pierre Rameau (c. 1674 – Nanterre, 1748) reviven en un complejo maridaje escénico y contemporáneo transformado por Forsythe en una prismática propuesta futurible como su ars poetica: somos los mismos pero estamos evolucionando sobre el código; el hip-hop llegó para quedarse y en el futuro del gesto estarán las mezclas como vocabulario de síntesis.

Angelin Preljocaj (Sucy-en-Brie, 1957) creó en el Teatro alla Scala de Milán en enero de este año Winterrreise (1827), sobre el ciclo de 24 canciones de Franz Schubert con poemas de Wilhelm Müller, y en Montpellier hemos asistido al estreno por la propia compañía del coreógrafo, donde forman conjunto de 12 bailarines, entre otros, la murciana Isabel García López; la venezolana radicada en Madrid Emma Pérez Sequeda y la cordobesa Cecilia Torres Morillo. No puede hablarse de una obra redonda y es necesario referirse a varias versiones anteriores como las de John Neumeier (Hamburgo, 2001); Trisha Brown (Nueva York, 2002); Martin Chaix (Bonn, 2014) o Christian Spuck (Zúrich, 2018). Neumeier y Spuck usaron el arreglo para tenor y orquesta que hizo en 1993 Hans Zender. Preljocaj en La Scala de Milán y en Montpellier eligió al bajo-barítono Thomas Tatzl acompañado al piano por James Vaughan. A veces repetitivo, otras injustificadamente sombrío, el coreógrafo bascula entre el intimismo y una pretensión de abarcar el gran formato. El buen nivel de los bailarines y el empaque de la producción ayudan lo suyo que en algo recuerda a Neumeier y a veces a Spuck.

Representación de 'Les Six Concertos Brandebourgeois '.
Representación de 'Les Six Concertos Brandebourgeois '.

Anne Teresa de Keersmaeker estrenó en septiembre de 2018 en el Volksbühne de Berlín esta gran producción con la integral de los seis conciertos braderburgueses con el soporte sonoro de la B’Rock Orchestra y la dirección musical de Amandine Beyer (también solista de violín barroco). Como dice Keersmaeker estos conciertos constituyen un universo reglado, ordenado por la armonía y un cierto orden jerárquico. La danza responde a este esquema con alguna decepción importante: ese perro que ladra y es sacado en escena y que inmediatamente hace pensar en los que usó Pina Bausch una vez, algo que es una broma macabra y que sobra. La coreografía tiene un comienzo coral con la máxima “mi caminar es mi baile”; luego la materia corporal se descompone, aísla y moldea con distintas formaciones, a veces literal a la música (trío musical por trío danzante, con un solo emocional de Thomas Vantuycom), dentro de un escenario imponente, barroco en sí mismo, utopista a la manera de Boullée, hay algún cameo sutil a la danza del XVII y el XVIII, hay obsesivo “pendant” decorativo y hay un explosivo deambular rítmico. Alejada de las corrientes en boga, Anne Teresa mira a su interior, hace perspectiva de su centro estético.

Ya el equipo de este festival, uno de los más consolidados y prestigiosos de Europa, liderado por su director Jean-Paul Montanari, se preparan para la edición 40ª en 2020 con un programa que, ya está diseñado en su totalidad, un recorrido de continuidad y evolución que les ha llevado a exhibir este sábado el Ágora, Ciudad Internacional de la Danza, un complejo único en el sur de Europa asentado en el antiguo convento de Las Ursulinas.

Se trata, en definitiva de un festival prismático que es referencia obligada para toda la profesión, la crítica y los observadores teóricos de la especialidad; esta focalización tiene su origen en un programa muy estudiado que abarca no solamente una atención esmerada sobre la nueva producción francesa, sino por la actualidad internacional y el trabajo en paralelo del Centro Coreográfico Nacional de Montpellier, dirigido hasta 2013 por Mathilde Monnier y actualmente por Christian Rizzo (Cannes, 1965), rebautizado como Instituto Coreográfico Internacional. No podemos olvidar, y es oportuno citarlo, que ya Montpellier fue en su momento efervescente a partir de 1980 un centro promotor, un crisol de creatividad donde destacaba Dominique Bagouet (Angulema, 1951 – Montpellier, 1992) con su pujanza e inventiva (allí surgió como bailarín el hoy consagrado Angelin Preljocaj), que lo convierte hoy una referencia fijada en el andamio histórico de la nueva danza francesa.

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