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La mujer que fue Charles Dickens

La suculenta obra magna de Ellen Wood, reina de la llamada literatura sensacionalista, que rivalizó en ventas y hasta superó a la del autor de 'Oliver Twist', está de vuelta

Ilustración de la cubierta de la nueva edición de 'Los misterios de East Lynne'
Ilustración de la cubierta de la nueva edición de 'Los misterios de East Lynne'

Existe en este mundo en el que, como en una novela de Gore Vidal, nada muere sino que cambia de forma, un lugar llamado Ellenwood. Está en Georgia. En realidad, es un suburbio al sudeste de Atlanta. No parece un lugar muy interesante. Parece apenas un código postal y un puñado de robos en franquicias de supermercados llamados, elocuentemente, Family Dollar. Me pregunto si en ese lugar, en ese Ellenwood, tienen siquiera idea de que una vez existió una escritora inglesa llamada precisamente Ellen Wood. Una escritora que ni siquiera podía firmar con su nombre sino que se veía obligada a hacerlo con el de su marido, porque no debía verse como un alguien autónomo, muy en la línea de El cuento de la criada, sino como un alguien dependiente de otro alguien: era la señora de Henry Wood, o Mrs. Henry Wood.

Mrs. Henry Wood, o Ellen Price Wood, nació en 1814. Dos años después que Charles Dickens y siete antes que Gustave Flaubert. Wood está enterrada en el cementerio de Highgate, en el que también está enterrado Douglas Adams – hay un puñado de bolígrafos y un número 42 junto a su tumba –, y Mary Ann Evans, más conocida como George Eliot, contemporánea de Wood, porque nació en 1819. Su padre había sido propietario de una fábrica de guantes, y, aunque no pasó demasiado tiempo con ella de pequeña, o quizá precisamente por eso, acabó convertido en uno de sus personajes, un tal Thomas Ashley, uno de los protagonistas de su quinta novela, la llamada Mrs. Halliburton's Troubles, es decir, Los problemas de la señora Halliburton.

Dichos problemas tenían que ver con tipos como el tal Ashley, porque, diríamos, en eso consistía la literatura, llamada entonces sensacionalista, de Wood, en problemas no de faldas, sino de pantalones. Sus protagonistas, como la lady Isabel Vane, de Los misterios de East Lynne – su clásico más clásico, admirado hasta por el mismísimo Lev Tolstói, que la consideraba “una novela maravillosa”, y desde aquí podríamos añadirle, más que una novela un mundo al que trasladarse, un universo en el que instalarse, de tan monumental y repleta de subtramas como callejones como está –, siempre hacen lo que no deben, o precisamente lo que deben, cuando se enamoran. Porque siempre se enamoran de más de un tipo y no están dispuestas a elegir. ¿La convirtió eso en súper ventas?

Se dice que las novelas de Wood rivalizaban y hasta superaban en ventas a las de Charles Dickens. Evidentemente, estamos hablando de la Era del Folletín, y de las primeras recopilaciones en formato volumen – Los misterios de East Lynne, que acaba de relanzar Ático de los Libros, se recopilaron en tres volúmenes, y se había alcanzado la quinta edición un año después de su publicación: en 1862 –, pero también de la época en la que Charles Dickens publicaba Grandes Esperanzas. De hecho, sus entregas coincidieron en quioscos con las de Los misterios de East Lynne. ¿Que cómo pudo alguien, entonces, llegar a ser tan popular como el autor de Oliver Twist, el tipo que no está enterrado en ningún cementerio porque lo está en nada menos que la Abadía de Westminster? Siendo todo lo políticamente incorrecta que pudo, o, por qué no, siendo decididamente punk.

Porque puede que a Dickens le encantara maltratar a sus personajes – oh, la tragedia, siempre tan absurdamente divertida – y que por eso le considerasen parte del fenómeno de moda, la mencionada literatura sensacionalista, pero Wood utilizaba el momento, utilizaba ese todo vale siempre que vendas ejemplares, para cumplir los más inconfesables sueños de sus lectoras; a saber, amantes, claro, divorcios, no tan claro – aunque por la época acababa de aprobarse el Acta de Causas Matrimoniales, ley que lo facilitaba y que pudo catapultar a la fama la historia de Isabel Vane –, y abandono del hogar con todo lo que eso conllevaba – madres a la fuga en busca de una nueva vida que no incluyese ni un solo vástago –, algo ya en absoluto claro, algo, como decíamos, punk.

Ellen Wood utilizó la ficción para escapar de la realidad del momento, utilizando los códigos de la época, pero jugando, a la vez, a ser libre, literariamente hablando, y al hacerlo podría decirse que instauró una suerte de pulp victoriano. No en vano, su personaje más famoso, Johnny Ludlow, fue también autor, es decir, ella escribía novelas a su nombre, y, como el Keith Winton de la fabulosa y muy metaliteraria Universo de locos, de Fredric Brown – todo Fredric Brown es metaliteratura de la vida del escritor de ciencia ficción maldito, el escritor de ciencia ficción nunca reconocido como genio –, editor, primero de Cuentos Escalofriantes y, después, de Historias sorprendentes, Wood escribió, durante una época, todos los relatos y artículos de la revista que publicaba – The Argosy – porque no tenía otro medio de subsistencia.

Leer a Brown hoy pensando que el malogrado Winton – todo son problemas en su vida, aunque ninguno de ellos tiene que ver con sus amantes, más bien con lo que ha escrito y lo que desea escribir y la de veces que puede plagiarse a sí mismo en el otro mundo al que ha ido a parar – es una encarnación futura de la olvidada Ellen Wood, o que la mismísima Ellen Wood podría haber protagonizado una novela de Fredric Brown, una de esas novelas metaliterarias en las que se hablaba de marcianos, sí, pero sobre todo se hablaba de la vida del escritor maldito, el escritor apasionadamente maldito, es llegar a la conclusión de que siempre hubo y habrá clases entre los maestros literatos, pero también que es siempre el margen el que amplía el camino. Así que bienvenido sea el regreso de lady Vane.

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