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OPINIÓN i

Yo era de Dylan

No sé si es la edad, el feminismo o tener algún ‘dylan’ en el armario que de cerca no molaba tanto, pero el arquetipo ya no parece tan irresistible

Luke Perry en 1992 cuando promocionaba 'Sensación de vivir'.

Con cebolla y de Dylan. Pocas cosas tan claras en la vida. En octubre de 1991 Telecinco estrenó Sensación de vivir en España y toda una generación de adolescentes que decía Sensa, eligió. Entre Brandon y Dylan no había color, desde el nombre hasta la altura del tupé, Dylan molaba más (¿decíamos entonces molar?). Todo está borroso ahora, las tramas locas, las traiciones, los arrejuntes. Puede que no recordemos qué pasaba en aquel código postal, 90210, pero le recordamos a él, quitándose el casco a horcajadas sobre la moto. El chico malo con buen fondo al que querías cambiar.

El actor Luke Perry murió el lunes en el hospital mientras se recuperaba de un derrame cerebral. Rodeado de sus hijos, de quien estuvo siempre muy cerca, su madre, su padrastro, sus hermanos… Su exmujer y su prometida, pocas cosas mejores se pueden escribir sobre alguien en un obituario. Tenía 52 años, dicen que era un encanto, y esto no trata sobre él, sino sobre aquel chaval de 16 que interpretó cuando tenía 24 y marcó a la generación X. La misma que ahora se vuelca en artículos nostálgicos sobre lo perfecto, buen novio, elocuente y espíritu libre que era Dylan McKay, el rebelde que leía a Virginia Woolf. Yo era de Dylan, de Dylan a tope, pero ¿en serio?

Con arrugas en la frente y un Porsche Speedster, Dylan vivía deprisa. En las ocho temporadas en las que apareció fue alcohólico y exalcohólico, heroinómano y exdrogadicto, se quedó huérfano (aunque luego no) y hasta viudo. Quitando a su esposa, conoció a dos chicas que le cambiaron la vida (al final, eligió a la rubia, vaya chasco). Todo ello mientras tú estudiabas para Selectividad y bebías Malibú con piña en una ciudad que no tenía la mágica luz rosada de Los Ángeles. No éramos idiotas, habíamos visto Twin Peaks, teníamos el Nevermind, pero había algo en aquellos pijos y sus vidas rocambolescas que te obligaba a mirar y a enamorarte. O igual eran solo las hormonas.

Yo era de Dylan

Ahora, no sé si es la edad, el feminismo o tener algún dylan en el armario que de cerca no molaba tanto, pero el arquetipo ya no parece tan irresistible. Los hombres que rompen cosas y dan un poco de miedo, aunque sea, ya sabes, en plan bien, mejor mantenerlos a distancia. Además, nadie cambia si no quiere, e intentarlo requiere demasiada energía. Qué pereza los intensos, los heridos, los impredecibles que un día desaparecen en el horizonte con su moto para pensar, ¿pensar en qué, si tienes un fondo fiduciario y pelazo? Quizás antes era de Dylan y ahora me he convertido en su madre. Me dan ganas de avisarle, tranquilo, nada es tan importante, frena, todo pasa, más rápido de lo que crees a pesar de tu vida crazy en Beverly Hills. Tus ídolos adolescentes morirán demasiado pronto, cuida de los tuyos, disfruta, sonríe. “Deja que los puentes que quemo iluminen mi camino”, le dice Dylan a Brandon cuando intenta ayudarle tras una recaída. Mejor no quemes nada, muchacho; cuida tus rodillas, usa protector solar y ten amigos hasta en el infierno, que no sabes la de vueltas que da la vida. Por ejemplo: hace un par de años, la rebelde frase de los puentes fue estampada en una sudadera de la marca Vetements que se hizo viral. Precio de la ironía: 1.189 euros.

Y sin embargo, hay tardes que si apareciese Dylan con el descapotable en la puerta del trabajo volvería sin duda a la certeza de los 16.

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