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Sabina (se) da un homenaje en el Carnaval de Cádiz

Con su voz de “lija y café” y un disfraz de pirata, el cantautor pregona la fiesta rodeado de más de una decena de artistas

Joaquín Sabina, el sábado durante el pregón con el que da comienzo el Carnaval de Cádiz.

El pasado jueves Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) tuvo una epifanía y se descubrió, algo poco habitual en él. “Hace tiempo que no encontraba motivos para quitarme el sombrero, pero hoy los he encontrado en este Ayuntamiento del pueblo”, dijo entonces en su presentación como pregonero del Carnaval de Cádiz. Apenas ha tardado tres días en calarse otra montera, pero la de la noche de este sábado fue de pirata. Es la guisa que el cantautor con voz “de lija y café” —como él se definió— escogió para darse un homenaje ante miles de asistentes y rodeado de más de una decena de cantantes, escritores y carnavaleros: “Lo mejor de cada casa”.

A Cádiz la piratería le ha costado más de un sobresalto en sus 3.000 años de historia. Pero con Sabina descubrió que no todos los corsarios son malos. En contra de lo que versa su famosa canción, el cantautor no fue un pirata cojo, ni siquiera banderillero en Cádiz. La que en siglos pasados era plaza del tribunal de la Inquisición, San Antonio, se convirtió en una suerte de cantina marinera en la que el jienense desgranó verso y prosa, tiró de amigos y de sus canciones más famosas para piropear a la ciudad en un pregón con tintes de homenaje del que ya viene de vuelta de todo.

Sonó, obviamente, La del pirata cojo, también Contigo, Noches de boda o Pastillas para no soñar. Hubo ricos, abundantes y bellos versos, en forma de sonetos o pareados, a las bondades de Cádiz. Pero lo del sábado no fue un concierto —quizás eso explica que Lo niego todo, último disco del artista quedase arrinconado a una exigua referencia de pasada—, ni un pregón al uso. Sabina invocó a una fiesta “sin curas ni militares, ni dioses ni familiares, ni garrulos. Sin leyes ni parlamentos, ni manadas de violentos machirulos”. También con recado al independentismo: “El carnaval es un fuego que agita al mítico juego de la duda. Y si pa colmo es en Cádiz Torra, Puigdemont y Artadi, me la sudan”.

Sabía Joaquín que era su gran noche, su bautismo como carnavalero gaditano que, pese a haber nacido en Úbeda, había “mamado” La Viña, el barrio epicentro del Carnaval. La abarrotada plaza de San Antonio, llena como no se recuerda en pregones de los últimos años, ya se lo advertía. Y él confesó que, pese a haber pregonado en Canarias y Madrid, “nunca voló tan alto este juglar”. “Cádiz es mi retrato en un espejo donde me veo más guapo y menos viejo”, añadió para meterse al respetable en el bolsillo, para ese entonces entregado a la dinámica de ese bar en el que entraban y salían primeras espadas de las letras y la música.

“Quise traerme a este bolo lo mejor de cada casa”, reconoció Sabina, como el que tira de agenda para una fiesta. Ni mentía ni exageraba. Comenzó El Gran Wyoming —pantalla mediante— para continuar el cantaor David Palomar, convertido en una suerte de impostor que incluso hizo dudar al poeta Luis García Montero y la escritora Almudena Grandes, mudados en enfermeros por gracia de Don Carnal. A la cantina pirata también acudieron los cantautores Pancho Varona, Rozalén, Antonio Romera Chipi, Vanesa Martín o la cantante Pasión Vega y su emocionante versión de Cómo te extraño.

Durante las más de dos horas, el público iba y venía en un espectáculo que resultó un tanto irregular en su cadencia e intensidad. Los miles de asistentes se conmovieron con La Magdalena y se desgañitaron entregados con Princesa, cantada al alimón con Leiva. Pero los congregados también padecieron el pobre sistema de pantallas y megafonía, que hacía complicado seguir el pregón en puntos más alejados de la plaza, y los fallos de ritmo que rompían la magia en la cantina del corsario Sabina.

Tampoco faltó a la cita Jorge Drexler, quien volvía al mismo escenario en el que ya fue pregonero en 2013, el repentista cubano Alexis Díaz Pimienta y el escritor Benjamín Prado. La cuota carnavalera estuvo cubierta con creces por la comparsa de Jesús Bienvenido, el cameo del también comparsista Antonio Martínez Ares, la chirigota de José Antonio Vera Luque o la agrupación callejera Los Huesitos. Incluso la romancera Koki Sánchez que revivió a Lola Flores y su hilarante pérdida del pendiente de oro, pero al ritmo de 19 días y 500 noches.

A fin de cuentas, esto no era, del todo, ni concierto ni pregón. Era una reunión de amigos. Era un homenaje de Sabina a Cádiz o viceversa. Pero, ante todo, era guasa y cachondeo. “Viva la risa, señores, que vacuna los dolores con su aroma. Estoy harto, basta ya, de ensalzar la seriedad, viva la broma”, terció el cantautor poco antes de dejar atrás el gorro de ala ancha del corsario pregonero. Está por ver si Sabina sigue al descubierto o camuflado bajo su bombín los ocho días que quedan de Carnaval.

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