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CRÍTICA | CLÁSICA CRÍTICA i

Vasili Petrenko, otro superdotado ruso del podio

El director de orquesta culmina su gira española al frente de la Filarmónica de Oslo con un Rimski-Kórsakov excepcional

El director de orquesta Vasili Petrenko y el pianista Simon Trpčeski, de la mano, junto a algunos integrantes de la Filarmónica de Oslo, ayer en Zaragoza.
El director de orquesta Vasili Petrenko y el pianista Simon Trpčeski, de la mano, junto a algunos integrantes de la Filarmónica de Oslo, ayer en Zaragoza.

Orquesta filarmónica de Oslo

Obras de Brahms y Rimski-Kórsakov. Simon Trpčeski, piano. Vasili Petrenko, dirección. XXIV Temporada de Grandes Conciertos de Otoño. Auditorio de Zaragoza, 1 de febrero.

Para Schumann, las sonatas pianísticas de Johannes Brahms eran "sinfonías encubiertas", pero Wagner veía sus composiciones orquestales como música de cámara "travestida". Semejante paradoja encuentra explicación en sus dos conciertos para piano. Por ejemplo, en el Primero, que empezó como juvenil sonata para dos pianos, en 1854, y llegó a concierto tras pasar una fase intermedia como sinfonía. Pero también en el Segundo donde revela, ya con 48 años, su genuino concepto híbrido que integra al solista como un personaje más de un argumento dramático. Son varios los estudiosos que han resaltado la capacidad narrativa de la música de Brahms. Algo que, en este opus 83, adquiere tintes netamente autobiográficos.

En el inicio del concierto escuchamos la voz de la Naturaleza, con ese sereno solo de trompa, que responde el joven virtuoso al piano cada vez con más arrogancia, hasta que desencadena una imponente marcha. Pero tanto la Filarmónica de Oslo, bajo la dirección del ruso Vasili Petrenko (San Petersburgo, 1976), como el pianista macedonio Simon Trpčeski (Skopje, 1979), empezaron este segundo concierto brahmsiano, ayer en el Auditorio de Zaragoza, más interesados en ejecutar la partitura que en contarnos una historia. En el primer movimiento, Trpčeski se afanó más en embutir torpemente las tremendas cascadas de notas brahmsianas que en dialogar con la orquesta. Algo mejoró con Petrenko en la transición a la reexposición, pero Trpčeski no cogió el guante y siguió por idénticos derroteros. Tampoco cambió nada en el scherzo, donde Brahms reflexiona sobre el fracaso de su Primer concierto, en la misma tonalidad (Re menor), e incluso revive el traumático intento de suicidio de Schumann. Aquí prosiguió el pianista macedonio con su tosco retrato del solista, y tampoco el director ruso acertó a resaltar el crucial contraste del trío, con ese tinte händeliano, que representa el descubrimiento de la música antigua como salvación estética del presente.

El Andante fue mucho mejor y vimos, por fin, ese difuso retrato de su pasión amorosa por Clara Schumann. Brahms no solo imita aquí el uso del violonchelo solista arropado por el piano, que ya utiliza Clara en el movimiento lento de su propio y juvenil Concierto para piano, sino que el tema parece proceder de su Lied titulado Immer leiser wird mein Schlummer ("Ligero se hace mi sueño"), op. 105 núm. 2. La violonchelista Louisa Tuck desplegó, en su bellísimo solo, ese tono casi vocal que inspiró a Trpčeski el momento más elevado de toda su actuación. Pero la historia de amor no tiene final feliz, tal como escuchamos más adelante, con esos clarinetes citando un pasaje de Todessehnen ("Anhelo de muerte"), op. 86 núm. 6., que fue otro fragmento orquestal exquisito en manos de Petrenko. El movimiento final termina el concierto por otros derroteros, pues Brahms se refugia en el deleite de la música ligera, a medio camino entre los guiños zíngaros y el aire de los Liebeslieder-Walzer, donde Trpčeski y Petrenko volvieron a la superficialidad del principio.

El pianista macedonio obsequió al público, como propina, con un guiño noruego: el rigodón de la famosa Suite Holberg, de Edvard Grieg, en su versión original para piano. Fue otra interpretación musicalmente poco refinada, pero que sirvió para recordar el cariz celebrativo de este concierto: la Filarmónica de Oslo terminaba la gira española con Ibermúsica en que ha celebrado su centenario. Y lo hizo a lo grande. Con una versión excepcional de Scheherazade (o Shejerezada), de Rimski-Kórsakov, la famosa suite sinfónica basada en Las mil y una noches, de 1888, y una de las composiciones orientalistas rusas más relevantes. Petrenko —ahora sí— exhibió sus dotes narrativas al frente de una orquesta, que dirige como titular desde 2013, y que ha devuelto al nivel de excelencia que tuvo con Mariss Jansons. Lo pudimos comprobar en el arranque que sonó contundente en la magnífica acústica de la Sala Mozart del auditorio zaragozano. Se nos presenta al brutal sultán Shahriar y, tras el hechizo de unas flautas mendelssohnianas, irrumpe su esposa, la princesa Sheherazade, con su famoso solo de violín, que tocó admirablemente la concertino, Elise Båtnes, en todas sus manifestaciones más o menos virtuosísticas a lo largo de toda la obra. El director ruso manejó con maestría los tempi y encontró en la madera y la cuerda excelentes aliados para dar vida a su visión precisa, intensa y colorista de esta suite sinfónica.

Lo mejor de la noche llegó con el movimiento final. Petrenko construyó magistralmente el variado crescendo donde cada sección de la orquesta encuentra su lucimiento, dentro de un contexto cada vez más sazonado por la percusión. Irrumpe entonces el mar, que lo desborda todo, hasta que escuchamos el climático tam-tam que representa el naufragio final. Ya solo quedaba regresar a la realidad, con la ayuda del violín solista y las referidas flautas mendelssohnianas, pero donde la protagonista siempre pronuncia la palabra final para salvar su vida. Tras las ovaciones del público, el concierto terminó con dos propinas. La primera fue otro homenaje nacional de la orquesta centenaria con la obra sinfónica quizá más popular de Noruega: Amanecer de Peer Gynt, de Grieg, donde tuvo su protagonismo el solista de flauta de la orquesta, el extremeño Francisco López. La segunda permitió regresar al sensacional colorismo sinfónico de Rimski-Kórsakov, con la Danza de los titireteros, del tercer acto de su ópera La doncella de nieve. Vasili Petrenko, que ha visto en los últimos años colisionar su apellido con el inminente titular de la Filarmónica de Berlín –con quien no tiene ningún parentesco–, sigue siendo uno de los directores rusos más dotados de la actualidad. No hay un Petrenko bueno y otro no tanto, sino dos excepcionales.

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