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Marlango: “Aspiras a que la música deje de ser tuya y forme parte del que la escucha”

El grupo presentó a los suscriptores de EL PAÍS su último disco: ‘Technicolor’

Alejandro Pelayo y Leonor Watling, Marlango, en el encuentro con los suscriptores de El País.

Leonor Watling y Alejandro Pelayo, Marlango, han subido al escenario del Palacio de la Prensa de Madrid junto a los años 20, los 30 y hasta los 50. Su música evoca otra época, una en blanco y negro, aunque ellos se encargan de llenar de color las imágenes que han creado en Technicolor, su último trabajo. Los suscriptores del EL PAÍS, dentro del programa EL PAÍS+, han conocido en un encuentro exclusivo presentado por la periodista de Cadena Ser Laura Piñero los pormenores del álbum, así como su sonido en directo.

“Somos número 3”, repetían Watling y Pelayo. Su disco acababa de conseguir esta posición en la lista de los más vendidos. Tras el esfuerzo de ambos por separar la carrera de actriz de Watling del proyecto Marlango, el grupo se propuso –paradoja o insensatez- crear un disco que fuese una banda sonora para una película inventada. Después, según contaron, la cosa fue variando y acabaron teniendo historias diferentes en cada tema, aunque todos con una clara evocación cinematográfica. Si tuviesen que elegir un director para su cinta, se quedarían con Paul Thomas Anderson o Carlos Vermut. Aunque como evidenciaron, el público recibe la música de una manera personal, sin importar quien la dirija, y así esperan ellos que suceda: “Aspiras a que la música deje de ser tuya y forme parte del que la escucha”.

Marlango lleva 15 años rodando y 15 años desviándose del camino debido a su interés por “lo raro”. Se conocieron en el bar en el que Watling trabajaba de camarera. Ella recordó a Pelayo con una chaqueta de terciopelo y unos zapatos negros y blancos, “como vestiría alguien en Londres, no en Madrid”, así que le llamó la atención y pensó: “Yo quiero estar en su banda”. Él negó acordarse de aquel encuentro, pero sí tenía presente la primera vez que tocaron juntos, cuando el pianista del grupo de la entonces camarera se rompió un hombro. Hacían versiones de clásicos de jazz, pero Pelayo les dijo que para él igual de difícil versionar que crear. Juntaron sus conocimientos a las libretas llenas de letras de Watling y compusieron algo nuevo. Así nació la relación.

Pelayo, estricto con el arte de tocar el piano, encontró en la cantante “una parte que le saca de quicio y otra que genera una tensión musical” que le atrae. Enumeró que Watling muchas veces se va de ritmo, que olvida ser la pica que soporta el peso de la canción porque “se lo está pasando muy bien”, de una manera que él no puede comprender, pero que gracias a eso, “te lleva a un sitio que no llegarías con alguien académico”, lo que le provoca emocionarse al tocar una canción, aunque la haya repetido 2.000 veces.

-De nada- contestó ella bromeando.

En su gusto por lo inusual, han vivido muchas anécdotas, algunas de las cuales compartieron con los suscriptores. Como los viajes a Japón para actuar y grabar un videoclip, mucho antes de tocar en ciudades como Salamanca o la ocasión en la que rodaron un videoclip con Bunbury, en Los Ángeles, con actores porno que pretendían acumular horas de rodaje en el cine ordinario.

Reconocieron que parte de la noria en al que han vivido, con conciertos que han reventado recintos y otros que no han raspado apenas entrada, se debe justamente a su afán de búsqueda de lo no común. “No lo hemos puesto fácil”, afirmó humilde Pelayo, apuntando que han cambiado incluso de idioma en sus propuestas, lo que ha podido confundir al mercado. Sin embargo, se mostraron satisfechos con su posición de “clase media musical”, agradecidos con los promotores que siguen confiando en ellos y dispuestos a seguir experimentando a través del tiempo.

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