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Puro mestizaje flamenco

Pitingo y Manuel Lombo llevan una bella heterodoxia al Festival del Cante de las Minas

El cantaor sevillano Manuel Lombo, durante su actuación en el Cante de la Minas.

Bellísimo espectáculo el que trajo la madrugada del sábado al domingo al festival del Cante de las Minas el cantante-cantaor Pitingo, basado en su último disco, Mestizo y fronterizo, presentado recientemente en el Teatro de La Luz de Madrid, y en el que colabora el legendario Sam Moore.

Parte Pitingo de una ingenua convicción: la posibilidad de una interculturalidad solidaria, pacífica y humanista. Él mismo es mestizo, hijo de padre payo y de madre gitana, y ha vivido con normalidad esa hermandad. Los populismos xenófobos que recorren Europa y los Estados Unidos de América tal vez le desmientan, pero da igual, su nuevo trabajo es una excelente ocasión para presenciar un bellísimo espectáculo musical.

Arropado por excelentes voces y por magníficos músicos, la hermosa voz del artista onubense, llena de registros, se va adentrando en la música negra americana, en la latina y, por supuesto, en el flamenco, que nunca le abandona. De hecho, la Soleá o la Toná que interpretó, por más que estuvieran trufadas de otro idioma o de otros sonidos, no menos hondos, nunca dejaron de estar sostenidas por la ortodoxia.

Antonio Manuel Álvarez, Pitingo, durante su actuación en el Cante de la Minas.

El aparente oxímoron del título de esta crónica, puro mestizaje, adquiere sentido porque la pureza no existe, y menos en el flamenco, como el propio Pitingo sostiene, y porque se trata de un mestizaje, el suyo, en estado puro. Pitingo, que siendo muy joven se presentó al concurso del festival y obtuvo un premio como artista revelación, es frecuente visitante del certamen, y el público lo recibe, como esta noche, con entusiasmo, sin que falten entre el público los “puristas” que niegan el pan y la sal a este tipo de propuestas. Pero Pitingo sigue creciendo.

La noche, en su primera parte, se completaba con la actuación de Manuel Lombo, magnífico cantaor sevillano. Lombo, poco conocido todavía en esta tierra, pese al apabullante éxito que obtiene en zonas como Andalucía y Madrid, dividió su actuación en dos partes.

En la primera presentó palos de su disco Origen, con cantes ortodoxos, como las Alegrías o el rico repertorio de soleares, y también cantes mineros, todo ello interpretado con enorme flamencura y como indica la tradición. En la segunda parte interpretó algunos temas de su último disco, dedicado a su admirado Bambino, el desaparecido rey de la canción por bulerías. Lombo, un gran artista sobre el escenario, acabó con el público entregado.

La noche, vista a toro pasado, fue demasiado larga. Seguramente cada uno de los artistas hubiese necesitado una gala. El público hubiese disfrutado más y mejor de ambos.

Cante de quilates

El certamen había comenzado, de manera discreta, el pasado jueves con el pregón del periodista Jesús Álvarez y la actuación de los ganadores del año pasado, y continuó el viernes con la primera de las galas, en la que estuvieron el cantaor sevillano Miguel Ortega y la cantante Diana Navarro.

El festival, que tiene su razón fundamental de ser y su verdadero sentido en el concurso, especialmente con la concesión de la prestigiosa ‘Lámpara minera’ en el apartado de cante, ha ido paulatinamente acrecentando los preámbulos y entornos del certamen con galas formadas por artistas conocidos y otra serie de actividades de todo tipo en torno al flamenco.

Hay una cierta sensación de que este año esas galas y actividades se presentan un tanto desvaídas, aunque, eso sí, con algunos nombres populares y con tirón en la taquilla, desde Diana Navarro a Pitingo, descontados, por supuesto, los hermanos Vivanco.

Pero el flamenco es tan variado y potente que ni siquiera en un programa en tono menor desde el punto de vista de la clasicidad o desde cánones ortodoxos, falta la mayor de las jonduras. Ahí están para demostrarlo Alfredo Tejada, ganador de la Lámpara en 2017, que actuó el jueves, y Miguel Ortega, ganador en 2010, que cantó el viernes.

En la segunda parte de la gala del viernes Diana Navarro presentó un paseo por toda su carrera con su estilo convincente, con su voz dulce, amable, íntima y melismática, y se fue ganando al público poco a poco, aunque inicialmente la había recibido con expectación pero también con cierta frialdad.

Pero si hablamos de flamenco, de hondura genuinamente flamenca, de compás y de fuerza, todo eso ya lo había puesto antes Ortega, que quiso arrancar con estilos mineros para, según sus propias palabras, “comenzar mi actuación donde la dejé hace años, cuando gané aquí la Lámpara Minera”. Lo normal hubiese sido que actuara al año siguiente de su triunfo, pero una sonada querella con la organización del festival de aquella época hizo que su presencia se demorara hasta este año.

La Unión se había perdido hasta ahora su enorme flamencura, como evidenció el viernes, acompañado por la brillante sonata de Manuel Herrera.