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El infierno del racismo

Es una película marcada por el aislamiento social y por el tiránico reino del hombre blanco frente al negro

'Sweet Country'
Un fotograma de 'Sweet Country'.

SWEET COUNTRY

Dirección: Warwick Thornton.

Intérpretes: Hamilton Morris, Sam Neill, Bryan Brown, Thomas M. Wright.

Género: western. Australia, 2017.

Duración: 113 minutos.

Pocas películas australianas hay célebres donde la influencia del paisaje no sea esencial. Hasta alcanzar el terreno de lo ancestral, de lo sobrenatural, de lo infeccioso. Un estado de insuperable afectación al que ya se acercaron cineastas tan distintos como Nicolas Roeg, Ted Kotcheff, Peter Weir, Lee Tamahori y Ray Lawrence en obras inolvidables como Walkabout, Despertar en el infierno, Picnic en Hanging Rock, Guerreros de antaño y Lantana, y al que ahora regresa el cineasta local Warwick Thornton con la notable Sweet Country, Premio Especial del Jurado en Venecia 2017, y de innegable título irónico: un salvaje western inspirado en una historia real, acaecida en el periodo de entreguerras del siglo XX, que nos retrotrae a un tiempo de despiadada discriminación de la población aborigen, por desgracia, aún no superado del todo.

El rojo de la sangre y el blanco de la inocencia, desprendidos de una superficie árida, polvorienta y maléfica, son los tonos protagonistas de una película marcada por el aislamiento social, por el tiránico reino del hombre blanco frente al negro, y, ya en lo formal, por la sistemática de narración y montaje de uno de los directores antes citados, el británico Roeg y su cut-up: esa técnica de montaje heredera de la literatura, aunque pergeñada por los dadaístas en los años 20, mediante la cual una secuencia pierde su linealidad temporal para, en un nuevo orden que poco tiene de caprichoso y mucho de poético, adquirir un nuevo significado o una lectura a la que no se hubiera llegado si se hubiese montado de un modo cronológico.

Western de escapada y de búsqueda, como tantos otros de John Ford y de Budd Boetticher, de Centauros del desierto a Seven men fron now, Sweet country adquiere de este modo los tonos líricos que Roeg imprimió a su Walkabout, también con protagonismo aborigen, con esos planos a medio camino entre el inserto desconcertante y la desestructura narrativa, que o bien adelantan algún aspecto del futuro o retroceden hasta un implacable aspecto del pasado de los personajes. Y desembocando en una última parte del relato marcada por el drama judicial, donde quizá surge la única tacha de una película cerca de lo excelente. Un error de guion que provoca que en el proceso por asesinato el juez deba averiguar hechos que, salvo un único dato clave, el espectador ya conoce. Y, al hacerse demasiado hincapié en ello, el tiempo del juicio se hace innecesariamente moroso.