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el libro de la semana

Supervivencias

La estadounidense Catherine Lacey regresa con 'Las respuestas', una novela de amor escrita con enorme solvencia y una poderosa voz narrativa

Una mujer camina al atardecer por Nueva York.
Una mujer camina al atardecer por Nueva York. GETTY

Lacey (Misisipi, 1985) ya se encaramó a lo alto de la cucaña narrativa con su primera novela, Nunca falta nadie (2014), aclamada, muy traducida y que Alfaguara publicó en 2016. Aquella novela concebía ya un universo propio relatado en primera persona por la poderosa voz de una protagonista que trataba de abrirse paso con ingenio y dudas razonables por entre la maleza de la vida. Una novela de supervivencia sin necesidad de hipérboles, con los atolladeros indispensables y las consabidas huidas hacia adelante, y con el talento de saber jugar con las anomalías corrientes de la vida diaria. Elyria volaba a Nueva Zelanda, asumiendo el desapego hacia su familia a la vez que abandonando su insatisfactoria vida en Nueva York para probar una vida aventurera hasta lo imprudente.

Catherine Lacey ya se encaramó a lo alto de la cucaña narrativa con su primera novela, Nunca falta nadie

En su nueva novela es la inconformista Mary la que confiesa su decepción ante una vida de desengaño, dificultades financieras y unos lazos familiares que juzga prescindibles, y en lugar de huir hacia el exotismo de Oceanía huye al surrealismo de la publicidad. Cuando acepta el empleo de Novia Emocional el lector comienza a entender la magnitud de la entrañable sátira social que Lacey es capaz de urdir. Que el tipo para el que trabaja sea un galán de Hollywood capaz de triunfar en las pantallas pero no en el amor, que se haga burla de los interrogatorios de Recursos Humanos o de negocios delirantes en los que no hubiese invertido ni Groucho Marx, que se hable de la Cinestesia Adaptativa del Pneuma, que se cuestione que puedan existir macedonias de frutas éticas o que sepa mejor la sal nacida en un mar remoto, o que Mary no pueda emplear jamás con su jefe Kurt Sky las palabras “lactosa”, “minino” o “vibración” podría hacer pensar que estamos ante una novela de humor cuando no es así. Si acaso, con una novela con humor, y nacido con frecuencia no de la composición de escenas sino del hábil manejo de las palabras, que van construyendo al personaje sin que el narrador se vea obligado a definirse a sí mismo. “Todo lo que recuerdo con claridad es que aquella tarde no recordaba cómo hervir un huevo”, “fue una decisión acertada que resulta errónea, o una decisión errónea que resulta acertada”.

Sí nos hallamos ante una novela de amor. De amor imposible y de amor absoluto. De amor como objeto de estudio y de amor como traba. De amor como oficio, vicio, beneficio o desperdicio, que en cualquier caso “cambia siempre las cerraduras y pierde las llaves”. Y de amor a una forma de novela en la que quepan todos los registros imaginables y que pueda leerse como memorias ficcionales o como manifiesto encubierto, como un diario personal escrito para el público, como un catálogo razonado de chicas de hoy o como un excéntrico ensayo de sociología escrito en primera persona. Mary se mueve por Nueva York, en ocasiones ingenua y con frecuencia resabiada, casi nunca trivial y siempre mordaz, recusando la violencia de género y la hipocresía social sin hacer uso del fácil comodín del tópico, cavilando acerca de paparazis, adicciones a estúpidas modas pasajeras o de la sanidad entendida como próspero negocio, preguntándose cómo saber si es feliz una pareja feliz o si la independencia individual es solo un departamento obsoleto del servicio de dependencia social.

El desparpajo con el que escribe acerca de asuntos sumamente trascendentes de la vida cotidiana recuerda algunas novelas de A. M. Homes y de Rachel Cusk

El desparpajo con el que Lacey escribe acerca de asuntos sumamente trascendentes de la vida cotidiana recuerda algunas novelas de A. M. Homes, de la canadiense Rachel Cusk, también aquel Manual de caza y pesca para chicas, de Melissa Bank, y sin duda está cerca de aquella delicada diatriba que Margaret Atwood denominó “la maldición de Eva”. Escribe con enorme solvencia y una poderosa voz narrativa, construye espacios mentales y simulacros plausibles, a la hora de resumir convivencias gusta de frases aforísticas como “la simplicidad de estar solo pudo más que la complejidad de estar juntos”, y escruta la conciencia sin fórmulas impostadas. Es tan astuta como inconformista, y pretende que su enmienda a la totalidad de nuestro modo de vida aparente ser una simple apostilla.

Su prosa soñadora y feroz, como la describió The New York Times, su estilo entrañable y procaz y sus historias de descontento activo y de hilarante introspección parecen estar al servicio de la gestación de una utopía emocional en un artificio corporal. Si se detiene uno en la página de agradecimientos advierte que sus editores son Farrar, Straus and Giroux, Actes Sud o Alfaguara, y que su agente es Andrew Wylie. Publica en Granta o en The Atlantic. Y The Wall Street Journal o Esquire han escrito que Las respuestas es una novela de altos vuelos. Tanto talento literario y editorial no puede estar equivocado.

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Autor: Catherine Lacey.

Editorial: Alfaguara (2018).

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