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El último mohicano de la tercera vía

Jordi Amat publica ‘Largo proceso, amargo sueño’, la versión ampliada de su ensayo sobre la relación entre cultura y política en Cataluña

Artur Mas, el 20 de septiembre de 2012, saluda en la plaza de Sant Jaume (Barcelona) tras su reunión con Mariano Rajoy en La Moncloa.
Artur Mas, el 20 de septiembre de 2012, saluda en la plaza de Sant Jaume (Barcelona) tras su reunión con Mariano Rajoy en La Moncloa.

En abril de 2015, Jordi Amat (Barcelona, 1978) publicó El llarg procés (Tusquets), un ensayo sobre la relación entre cultura y política en Cataluña que se abría con una imagen del 20 de septiembre de 2012: Artur Mas en la puerta del Palau de la Generalitat rodeado de eminencias de la filosofía y la sociología como Xavier Rubert de Ventós o Salvador Giner. Mas, que había viajado a Madrid con la multitudinaria manifestación de la reciente Diada en la retina de todos, volvía a Barcelona con la negativa de Mariano Rajoy a negociar un cupo fiscal similar al que disfruta el País Vasco. La Asamblea Nacional de Cataluña convocó a llenar la plaza de Sant Jaume y el jefe de comunicación del president organizó la foto con los que Amat, sin ningún tipo de énfasis, no duda en llamar “intelectuales orgánicos” porque “la complicidad con el poder carcome la distancia crítica”.

Dos años después de aquella instantánea, en plena conmemoración del hipersimbólico tricentenario de 1714, Amat se sumergió en la redacción de un libro que quería servir como contrapeso a lo que consideraba una “esquematización impropia de la academia”: el famoso simposio España contra Cataluña. El ensayista, premio Comillas por un trabajo sobre el llamado contubernio de Múnich, era consciente de que “es más controvertido ser crítico con el discurso hegemónico del nacionalismo catalán que declararse abiertamente españolista”. Lo que no podía prever es que El llarg procés tuviera el impacto que tuvo. Ni por la atención que suscitó incluso fuera de Cataluña ni por los insultos que cosechó. “La revista Destino hizo más por el catalanismo que Serra d’Or”. Esa declaración, “hecha sin afán provocador”, al redactor de EL PAÍS Carles Geli, desató tal tormenta que Amat decidió responder a los ataques con un artículo en el digital Núvol de título sarcástico: “El día que me hice falangista”. Para muchos defensores del relato soberanista resultaba difícil de tragar que un semanario fundado en el Burgos franquista y relanzado en Barcelona con Josep Pla como autor insignia hubiera sido “más fructífero” para la recuperación de la cultura catalana barrida por la Guerra Civil que una revista fundada en la Abadía de Montserrat.

Amat, que se considera “el último mohicano de la tercera vía”, se autodefine con humor como “un equidistante militante y crítico” que no cree que la equidistancia sea un estigma sino “una actitud de comprensión civil sensata”. Meses después de resumir su visión de la reciente deriva independentista en la crónica La conjura de los irresponsables (Anagrama), Amat publica, de nuevo en Tusquets, la versión corregida, ampliada y en castellano de El llarg procés, que en tres años se ha convertido en Largo proceso, amargo sueño, título tomado de la reseña del libro primitivo que José-Carlos Mainer publicó en Babelia. “En esta versión”, cuenta el autor, “aparecen nombres nuevos como Rodoreda o Tarradellas, al que Pla comparaba consigo mismo diciendo que no era un separatista sino un separado, un pragmático que quería hacer política”, explica el autor, que ayer presentó su libro en un restaurante madrileño vecino del Congreso de los Diputados. “Estamos en la fase amargo sueño de algo que no empezó, como suele decirse, con la sentencia del Estatut”, añade respecto al cambio y para explicar los orígenes de un "largo proceso" que hunde sus raíces en la posguerra. “Si el despertar es la solución, no la veo cercana ni a corto plazo. En esta crisis que por ser catalana es también española, lo único que podemos hacer los que estamos por el pacto es evitar que los bloques se fosilicen”. Los bloques son un soberanismo que pensó que los discursos –el relato- podrían crear una realidad paralela y la “pasividad problemática” de un Estado que ha convertido en judicial un problema político sin ofrecer otra alternativa.

Amat, que no cree que el del 78 sea un régimen que tenga resabios franquistas, tampoco cree que el independentismo vaya a tomar el camino de la violencia. “Y no es verdad”, argumenta, “que haya habido adoctrinamiento, lo que sí ha habido es la creación y consolidación de un marco nacional no antiespañol pero sí ajeno a lo español”. Su gran artífice, explica el ensayista, fue Jordi Pujol, que pasó de ser “un ideólogo del nacional catolicismo catalán” a “mito nacional”. Su visión se impuso en el imaginario catalanista al marxismo de Jordi Solé Tura y al europeísmo de Pasqual Maragall: “En sus memorias dedica más tiempo a criticar al catalanismo de izquierdas que al franquismo”. Lector de los artículos que Jordi Amat publica regularmente en La vanguardia, Pujol quiso conocerlo para comentar sus textos y, de paso, decirle: “No me dé tanta importancia”.

Si de disputas por la hegemonía que duran casi ochenta años habla Amat largamente en su libro, de vuelta al presente afirma que la sociedad catalana no está fracturada sino "muy tensionada”. Y explica que las manifestaciones constitucionalistas y el auge de Ciudadanos han destapado algo que había quedado soterrado por el consenso: la pregunta por la identidad. “Los consensos no se basan en lo que se dice sino en lo que no se dice. Si te preguntan tú qué eres, respondes; aunque la fórmula de la pregunta sea a qué Estado quieres pertenecer”.