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Acoso y derribo de Peter Grimes

El Palau de Les Arts de Valencia ha decidido revivir la bien conocida producción de Willy Decker

Un momento del tercer acto de 'Peter Grimes'.
Un momento del tercer acto de 'Peter Grimes'.

Cuesta imaginar muchas óperas más perfectas, complejas, compactas, polisémicas y creíbles que Peter Grimes, compuesta por un operista genialmente precoz apenas traspasada la treintena. Sus virtudes no acaban ahí, sin embargo, ya que Britten supo también trasladar a ella, nacida en el momento más difícil de la historia moderna (los años finales de la II Guerra Mundial), sus propias preocupaciones: como persona privada, su condición de homosexual en un país en el que la sodomía seguía estando perseguida criminalmente (recordemos, si no, el trágico final de Alan Turing) y su atracción irresistible por niños y adolescentes; como compositor incipientemente público, defenderse de las feroces acusaciones de prófugo y cobarde que le endosaron sus compatriotas cuando, pocos meses antes de que comenzara la guerra, en vez de permanecer y luchar por su país, decidió trasladarse a Estados Unidos con el tenor Peter Pears, que acabaría siendo su pareja de por vida.

Peter Grimes

Música de Benjamin Britten. Gregory Kunde, Leah Partridge, Robert Bork, Charles Rice y Rosalind Plowright, entre otros. Orquestra de la Comunitat Valenciana y Cor de la Generalitat. Dirección musical: Christopher Franklin. Dirección de escena: Willy Decker. Palau de les Arts, hasta el 13 de febrero.

Ambos regresaron en 1942 y Pears sería, claro, el primer Grimes en el triunfal estreno de la ópera, pocos meses antes de que terminara la guerra, en un Londres desollado, huérfano y plagado de pústulas. La acción transcurre en un innominado Borough, un pueblo que no puede ser otro que Aldeburgh, la localidad costera de Suffolk que la pareja convertiría en su hogar y donde fundaría un festival que acaba de celebrar felizmente su septuagésimo aniversario. Entrar en su diminuto Moot Hall (mencionado en la ópera), pasear por sus calles, ver interrumpido el camino bruscamente por las marismas que lo rodean y observar desde la playa el gris y a veces amedrentador Mar del Norte ayuda, sin duda, a comprender mejor una ópera firmemente arraigada en un lugar concreto, al tiempo que lo trasciende para construir una poderosa metáfora de varios aspectos, todos dolorosos, de la condición humana.

Con buen criterio, el Palau de Les Arts de Valencia ha decidido revivir la bien conocida producción de Willy Decker, estrenada en su día en La Monnaie de Bruselas y que pudo verse también en noviembre de 1997 como tercer espectáculo del entonces recién reinaugurado Teatro Real de Madrid. Sus decorados acusan el uso y el paso de los años, pero todas sus infinitas virtudes permanecen intactas. El escenario es sencillísimo, fiando gran parte de su potencia dramática a los cambios de iluminación, al vestuario (negro y gris en los dos primeros actos, rojo al comienzo del primero), a esos grandes paneles para delimitar espacios (sobre todo al comienzo del segundo acto, con esa genial superposición de lo que sucede simultáneamente en el interior y en el exterior de la iglesia) y, sobre todo, a la marcada pendiente descendente del suelo, por el que parecen a punto de despeñarse tanto la masa como los individuos que consiguen desgajarse de ella o que, como Grimes, se enfrentan abiertamente a ella, presentada por Decker casi siempre apiñada, compacta, opresiva, desbocada como una amenazante mancha de aceite que avanza incontrolable. Peter es un verso suelto, un desclasado, un pequeño bote a la deriva, asediado por la naturaleza y sus vecinos por igual, condenado a un solo final posible: “Tocado y hundido”.

Esta ópera tan británica tiene en Valencia dos protagonistas estadounidenses. Gregory Kunde encarna por primera vez a Peter Grimes, un papel que aún no ha acabado de hacer suyo y en cuya asunción acusa en ocasiones el lastre de su largo pasado belcantista. El tenor de Illinois ha mostrado un valor insólito al dar el paso, ya sexagenario, hacia papeles de tenor dramático en lo que se adivina como la recta final de su espléndida carrera. Primero fue el Otello verdiano y ahora es un Grimes bien actuado, bien cantado, pero algo alicorto en su composición de este hombre hosco, violento, zarandeado por un destino trágico y apaleado por sus semejantes por ser diferente a ellos. Algo similar le pasa a Leah Partridge, que da vida con corrección a Ellen Orford (el apellido está tomado también de una localidad cercana a Aldeburgh), pero que, como Kunde, tampoco consigue exprimir todo el jugo de su personaje, en su caso porque la voz adolece de evidentes limitaciones, sobre todo en el registro grave. Dio lo mejor de sí en su dúo con Balstrode del tercer acto, la escena que mejor se adecua a sus características vocales. Imposible no añorar a la llorada Susan Chilcott, que dio vida a la maestra en Madrid y que murió, víctima del cáncer, a poco de cumplir cuarenta años.

El resto del reparto, muy coral, mantiene un nivel muy uniforme, aunque destacan sobre los demás el Ned Keene muy bien dibujado y cantado por Charles Rice, y el capitán Balstrode, desigual pero consistente, de Robert Bork. Los personajes de la chismosa Mrs. Sedley y de la tía suelen confiarse a cantantes en el ocaso de sus carreras, y la veteranísima Rosalind Plowright fue mucho más convincente que Dalia Schaechter, aunque ambas apenas resultaron audibles en demasiados momentos. Christopher Franklin, otro estadounidense que ya dirigió en Valencia el año pasado The turn of the screw, concertó con oficio y gesto seguro, pero tampoco él supo sacar todo el partido de la soberbia escritura orquestal de Britten o adentrarse en sus entrañas más profundas: el mejor ejemplo de ello fue, quizá, la Passacaglia previa a la crucial segunda escena del segundo acto, mal planteada dinámicamente y demasiado vociferante antes de tiempo. También aquí cuesta olvidar los prodigios obrados en Madrid por un entonces muy joven Antonio Pappano, pero que ya mostraba claramente ese talento que lo ha aupado a lo más alto del olimpo de los directores de ópera actuales. La Orquestra de la Comunitat Valenciana, a pesar de los tiempos difíciles, conserva gran parte de su extraordinaria calidad y el Cor de la Generalitat Valenciana, en una ópera en la que los coros tienen reservada la relevancia de una tragedia griega, rayó igualmente a gran altura.

Aunque no se rozara el cielo, todo lo importante de Peter Grimes quedó perfectamente plasmado y transmitido en el estreno de la ópera en el Palau de les Arts, cuyo público acusó la tremenda descarga emocional y agradeció el esfuerzo colectivo con aplausos entusiastas y prolongados. Quizá muchos no repararon en que ese escenario en pendiente constituye una amenaza permanente no solo para todos los que lo pisan. Su superficie se adentra incluso en el foso, invadiéndolo en parte, y esta suerte de desbordamiento nos recuerda que podría acabar llegando también al patio de butacas, al resto del teatro, como una lengua de lava, o como la crecida incontenible de un río. Todos -parece advertirnos Decker- somos, o podemos llegar a ser algún día, Peter Grimes. Mejor estar precavidos.