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ANÁLISIS

‘The Crown’: cuando Isabel II sufría infidelidades y no se fiaba de Jackie Kennedy

La segunda temporada de la serie sobre su reinado es pura comunicación moderna hecha 'biopic'. Ahonda en sus defectos e intimidades para ensalzar sus virtudes

Las biografías como género literario y los biopics audiovisuales se han convertido en un arma eficaz de comunicación masiva. Cuando Walter Isaacson publicó hacia 2011 su retrato de Steve Jobs empleó un método efectivo. Lo llenaba de fango, pero, a pesar de sus miserias como ser humano, lo que realmente quedaba en la memoria era la pura evidencia de que nos hallábamos ante un genio visionario. Para eso fue concebida y por eso Jobs se la encargó. Entre los dos le dieron la vuelta al género. Con los ingredientes de una biografía no autorizada, cocinaron una obra autorizada que contó con todas las bendiciones del creador de Apple.

Con The Crown nos encontramos ante un caso similar. ¿Cómo retratar a un icono contemporáneo del tamaño de Isabel II sin resultar ñoños, sino más bien, todo lo contrario? Y lograrlo, además, con pompa y circunstancia, con una puesta al día del género puramente británico. Pues con el talento de Peter Morgan y Stephen Daldry, creadores como guionista el primero, director el segundo y productores ambos. Los dos, junto a un deslumbrante plantel de actores, autores, directores, a 10 millones de euros la cuenta de cada entrega, han vuelto a cuajar otra obra maestra en esta segunda temporada.

El marrón era de varios quilates. Se han superado. Con Churchill y el eminente John Lithgow fuera de la escena, el contexto político perdía atractivo. El morfinómano Anthony Eden y el soso Harold Macmillan, no le llegan ni a la suela en términos históricos. Pero sí como personajes trágicos. El primero, ansioso de pasar a la historia al menos con otra guerra —la del canal de Suez— y el segundo, traidor como todos los demás, empeñado en ahuyentar como primer ministro los fantasmas de su propia pusilanimidad en casa. ¿Para qué les sirven ambos a Morgan y a Daldry como creadores de la serie? Para dejar patente la talla y el instinto político de Isabel II.

‘The Crown’: cuando Isabel II sufría infidelidades y no se fiaba de Jackie Kennedy

He ahí una virtud fundamental en la que, a través de esa arma moderna de comunicación global que es Netflix, quede claro el mensaje. ¿Cómo hacerlo creíble? Con un contrapunto descarnado además que envuelve con enjundia toda la temporada: la intimidad de su matrimonio. En eso se centran, principalmente, los cuatro primeros capítulos de los 10 totales y los dos últimos. Crece la figura de Felipe, duque de Edimburgo, con un enigmático y contundente Matt Smith.

Resultan brillantes las indagaciones en el pasado del personaje y sus consecuencias. El rastro de sus orígenes dentro de una familia conectada con el nazismo, la huella de una madre loca de atar y los desenlaces trágicos de su infancia. Su desubicada figura, la búsqueda de un encaje dentro del sistema, los escarceos amorosos, su nada fácil doma para adecuarse al engranaje de una monarquía en la que el marido debe obediencia a la reina, continúan aportando chicha al nudo principal.

En ese equilibrio se cimenta una trama con diferentes juegos corales en los que también destaca la rebeldía de la princesa Margarita y el retrato de un heredero, el príncipe Carlos, tímido, débil y carne de bullying. También el papel de la reina madre —insoportable, sin apenas paliativos— o las argucias de Michael Adeane y Tommy Lascelles, los fontaneros de palacio.

Pero en medio de todo, gloriosa, glorianna, reina la majestuosa Isabel. Y con esto, añadimos, Claire Foy, esa estrella naciente en la primera temporada, consolidada ya en esta segunda como una de las actrices más sólidas de su generación. Es sobre ella en quien pivota todo el peso de la serie. Sobre esos claroscuros en los que la cámara hace constantes incursiones emocionales al fondo de su alma, entre el gesto y las poses de circunstancias y la gélida, cruda, inhóspita verdad de sus tormentos. Su determinación como soberana y su soledad como esposa, su frialdad como madre y su deseo de llevar la monarquía hacia la modernidad como única forma de supervivencia.

‘The Crown’: cuando Isabel II sufría infidelidades y no se fiaba de Jackie Kennedy

No dudan los creadores en pintarla como ignorante y presa en la frialdad de los protocolos para destacar su audacia a la hora de aceptar las críticas o enfrentarse al espejo de lo que quisiera ser encarnado en una deslumbrante y frágil Jackie Kennedy. Remarcan su tendencia al aislamiento con el propósito de resaltar después el éxito como líder de la Commonwealth, apagando un incendio prosoviético en Ghana al ritmo de un foxtrot.

No se arredran, ni meten el freno cuando ven que es preciso enfangarla para que resurja entre los algodones de lo que realmente importa. Como, por ejemplo, dejar claro que de haber continuado la corona en manos de su tío Eduardo VIII y no de su padre, Jorge VI, el Reino Unido hubiera sido un país títere en manos de los nazis, la monarquía un resto naufrago del pasado y la historia del mundo, otra.

Ni más, ni menos. Y eso es lo que cuenta, a mayor mérito de los creadores de la serie y, por supuesto, de Isabel II. Al disminuir la tendencia al culto a la personalidad que se da incluso en las democracias actuales, la colocan en órbita como ejemplo de mandataria para una institución vigente y caduca al tiempo, caso de la propia monarquía. Nada que no lleve mácula resulta ya creíble en nuestra época. Para acometer una obra de arte de comunicación moderna como es The Crown, es preciso humanizar de manera radical lo que pretendes divinizar a toda costa.

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