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¡Que viene el lobo... bueno!

Migraciones, machismo… Las nuevas lecturas para niños están llenas de valores actuales. Pero ¿y los clásicos? ¿Corremos el riesgo de edulcorarlos a base de corrección política?

Ilustración del cómic 'Mexique', de Ana Penyas y María José Ferrada (Libros del Zorro Rojo).

Al calor de la lumbre, generaciones de niños y niñas han escuchado truculentos relatos de lobos feroces, muchachos desobedientes que robaban en los cementerios la carne que no pudieron comprar porque se lo gastaron en caramelos y la muerte venía después a reclamar lo suyo subiendo las escaleras… En todos los países y en todas las épocas se oía a esos niños muertitos de miedo pedir, al acabar el relato: “Cuéntamelo otra vez”. En la actualidad se han apagado esas lumbres en medio mundo y las familias, el profesorado y los autores han encontrado vías más dulces para transmitir las enseñanzas precisas a sus pupilos. Los libros infantiles y juveniles revelan un mundo amable lleno de valores nuevos. Bienvenidos sean esos textos, dicen los que entienden. Pero ¿es la hoguera el destino de aquellos cuentos viejos? No, coinciden, ni mucho menos.

Reina Duarte, editora de Edebé, con 25 años a su espalda siendo directora de libros infantiles y juveniles, opina que “la juventud está interesada por los temas de siempre: quieren reírse, hablar de chicos y chicas, lo clásico, y solo una parte demuestra interés por asuntos de más calado como la violencia de género, la desigualdad, las guerras, la pobreza, la injusticia, pero no hay mayor demanda de estos temas ahora, más bien cuesta introducirlos. Todos estamos necesitados de la evasión que facilita la literatura”.

La demanda de estos textos con mensaje, repletos de valores sociales de nuestro tiempo sí encuentra, sin embargo, una amplia oferta. Son libros de ediciones exquisitas, donde no sobra una palabra ni falta una idea correcta. Algunos prefieren decir, con retintín, políticamente correcta. “Estamos padeciendo indigestión de libros hechos para transmitir un mensaje químicamente puro y unívoco. Hay colecciones enteras de esos libros de tesis”, dispara Ana Díaz-Plaja, profesora de literatura infantil ya jubilada en la Universidad de Barcelona. Reconoce que “se está haciendo muy buena literatura urgida por los nuevos planteamientos sociológicos, que trata la homosexualidad, las migraciones, el machismo”, pero alerta del revisionismo sobre los textos antiguos: “Se están retirando libros porque se consideran racistas. Pues claro, es que se escribieron en épocas racistas. Se molestan porque Huckleberry Finn fumaba un cigarrillo, lógico, si hace casi dos siglos y también había esclavitud, pues claro”.

“Pueden dulcificarse los textos pero no archiproteger a los menores. Los infantiliza en exceso”, dice una docente

Opina Díaz-Plaja que estos cuentos despiertan en las mentes juveniles un espíritu crítico al leer, una mirada histórica necesaria que, de otro modo, no madurarán. En definitiva, una curiosidad por tiempos que no son los propios, costumbres y maneras que sirvieron en el pasado o a partir de las cuales se edificaron futuros mejores. Estrella López Aguilar es experta en lecturas infantiles y juveniles, docente en la Comunidad de Madrid desde 1990, y cuenta un detalle que a una generación entera de lectores le sonará: la cerveza de jengibre que bebían en Los Cinco, de la escritora inglesa Enid Blyton. ¿Qué era ese mejunje que hacía las delicias de aquella pandilla de investigadores? “Estuve años sin saberlo, hasta que viajé a Inglaterra y lo descubrí”, relata López Aguilar casi con brillo en los ojos. Ahora adoramos a san Google, pero entonces… Pues bien, esa cerveza de jengibre, sostiene esta experta, ha sido sustituida en las nuevas ediciones de Los Cinco por un refresco cualquiera que todos conocen. “Eso les corta el acceso a nuevos conocimientos”, se queja. Cree que ese exceso de lo políticamente correcto no es más que “una moda que pasará. ¿Alguien cree que la vida de Frida Kahlo le interesa a los niños? Lo que sí interesa y eso no es moda es visibilizar a la mujer a través de los cuentos, de los libros de texto, y ahí la escuela debe estar atenta”, dice. En 2010, López Aguilar formó parte del equipo Leer.es del Ministerio de Educación y es fundadora del proyecto colaborativo Kuentalibros.

Hay dos elementos a tener muy en cuenta a la hora de determinar un cambio en las lecturas del alumnado actual y uno de ellos no es precisamente la escuela, donde los textos obligados o recomendados no han cambiado tanto, o los chicos los siguen tomando como deberes. Lo que sí está influyendo decisivamente son las familias, mucho más formadas que antes, y las nuevas tecnologías. A esto último le concede una importancia capital la argentina María del Carmen Martínez, profesora del Ministerio de Educación de la ciudad de Buenos Aires y coordinadora de Ferias del Libro Interdistritales. “El docente o los padres pueden mediar, pero la quiebra es la alfabetización digital, que excede las decisiones que se puedan tomar en la escuela o en casa; el alumnado ya elige lo que quiere por sí mismo, es completamente autónomo: qué escritor, qué lectura y cómo quiere leerlo. Lo digital está rompiendo cualquier tutela y creo que los editores están despistados”.

Quizá no tanto. Porque a los domicilios de los nuevos prescriptores de literatura infantil y juvenil no dejan de llegar cajas y cajas con las novedades de papel. Estos nuevos líderes de opinión son muy tenidos en cuenta por las editoriales. Se les llama influencers y sus recomendaciones a través de varios formatos digitales hacen furor entre los adolescentes. Lo que antes eran colecciones, Los Cinco, Los Hollister, Los siete secretos, ahora se llaman sagas y el universo de las lecturas juveniles se ha llenado de muertos vivientes, juegos del hambre, y todo un mundo digital donde, por supuesto, tienen cabida los primeros amores. Estos influyentes recomendadores digitales se llaman booktubers. Andrea Izquierdo Fernández, con su alias Andreo Rowlin (Zaragoza, 1995), es uno de ellos y también escribe libros. “Escribo lo que me gusta leer. Lecturas dinámicas, ágiles, que acabes un capítulo y quieras otro”. Quién diera con esa fórmula. Ella cuenta lo que está pasando, con personajes de las edades de sus lectores, pero introduce temas muy actuales, esos valores que antes se citaban: la visibilidad de la mujer, la violencia machista, la enfermedad mental, ansiedad, depresión, la bulimia. “Hay que sacar todos estos temas del armario y tratarlos en la literatura”, recomienda. Ella ha publicado Otoño en Londres (Nocturna), el inicio de una trilogía.

“Lo digital rompe cualquier tutela y creo que los editores están despistados”, añade otra profesora

La libertad de esta joven escritora la sienten cercenada otros autores. O al menos notan esa tenaza cuando escriben. Contra ella se rebela con rabia Jordi Sierra i Fabra, uno de los más conocidos y exitosos autores de literatura juvenil. “He perdido un premio porque en mi libro estaba la palabra aborto, me han censurado por mencionar el término orgasmo en algunos colegios religiosos. Soy un autor libre y hago novelas, si me leen en los colegios es por accidente. Y no doy mensajes. Claro que hay valores, ¡yo los tengo!”, dice con vehemencia. “Es una vergüenza que se esté reescribiendo la historia”.

¿Hay tanto revisionismo como dicen? Begoña Regueiro, profesora de literatura infantil en la Universidad Complutense y directora del grupo interuniversitario ELLI (Educación Literaria y Literatura Infantil), contesta: “Sí, sí que lo hay, y somos muy conscientes de que eso está ocurriendo. Me parece terrible y peligroso porque está lleno de prejuicios y muy falto de los conocimientos necesarios, se revisa el pasado con poca profundidad. Los cuentos tradicionales aportaban muchísimo y hay sólidas corrientes que lo han estudiado desde la antropología y la psicología, pero ahora, cualquiera que pasa decide que tal o cual cuento es el relato de un maltratador o un abusador. Pues no”, se enoja.

La escritora Clarissa Pinkola Estés (Indiana, 1945), autora de un libro “muy feminista”, Mujeres que corren con lobos, y el psicoanalista Bruno Gettelheim, fallecido en 1990, son dos de las autoridades que cita Begoña Regueiro. “Ambos hacen un análisis de los cuentos tradicionales desde un punto de vista psicológico y ella, además, desde la perspectiva feminista… Caperucita roja nos habla de la maduración sexual. El lobo, en la versión de Perrault, lo que hace es camelarse a la niña para acostarse con ella, de lo que se extrae la enseñanza de que hay que hacer caso a la madre y no entretenerse por el camino. Pero no podemos extirpar estos cuentos sin más, porque, desgraciadamente, los lobos existen y no todos son buenos”, sigue Regueiro. “¿Que el lobo es un violador? Por supuesto, pero es que los violadores existen y esas revisiones obvian todos estos significados. Se pueden dulcificar, pero no archiproteger a los menores porque eso les impide madurar, los infantiliza en exceso. El cuento, eso sí, debe acabar bien”, sostiene. “La bella durmiente duerme su adolescencia y se despierta en su madurez, los que se pierden por el bosque están haciendo viajes de iniciación. Sí, los cuentos tradicionales son más simbólicos y eso se les va quedando”. Sobre los textos actuales, Regueiro da la bienvenida a los libros con mensajes, con los nuevos valores; cree que son lecturas que deben combinarse. Y alerta sobre cierta poesía nueva de algunos cantautores, raperos y poetas jóvenes, en cuyas letras late o se explicita un machismo terrible.

Ilustración de 'La historia de Erika', de Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti, traducida por Xosé manuel González Barreiro (Kalandraka).

Entre los nuevos valores se ha extendido también la costumbre editorial de acercar a los más jóvenes a realidades que nos rodean de la mañana a la noche: las guerras, el exilio, los migrantes, los refugiados, los holocaustos, etcétera. Sellos como Kalandraka esmeran la edición de sus libros, aunque estos encierren crudas enseñanzas. La historia de Erika es uno de ellos, sobre el Holocausto. O el titulado Migrar, un libro acordeón que más parece una joya en blanco y negro. Mexique (Libros del Zorro Rojo) es un bello cuento de María José Ferrada ilustrado por Ana Penyas que relata el viaje en barco de cientos de niños del exilio español a México, los niños de Morelia. Lo hacen sin concesiones pero con belleza. Especializada en asuntos de guerra, dictadura y memoria histórica, la paleta de colores de Penyas para Mexique apenas sale del negro y el blanco: “Creo que los niños están acostumbrados a ver imágenes tristes y quizá desde estos relatos puedan acercarse al dolor buscando otras sensibilidades”. Y Ferrada tampoco busca un lenguaje especial para tratar el texto: “No hay temas de niños ni de adultos porque compartimos un mismo mundo con sus alegrías y dolores. Lo que intento hacer ante un texto así es ponerme en la piel de los pequeños”.

Quizá la piel infantil es resistente, pero algunos editores encuentran que son los adultos los que, a veces, la tienen “muy fina”. “Está de moda coger los clásicos y reeditarlos dándoles una vuelta, por ejemplo con princesas que salvan a los príncipes, pero publicar los tradicionales sin más…”, dice el editor de Anaya Infantil, Pablo Cruz. “A las editoriales nos dan cada tunda en las redes sociales… Es un momento delicado”. Los editores también tienen miedo al lobo.