Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
DON DE GENTES

El gran Fernando

El libro ‘Mirador de Velintonia’, cuenta las visitas de Fernando Delgado a la casa de Aleixandre

El escritor Fernando Delgado, en el Hotel de las Letras.
El escritor Fernando Delgado, en el Hotel de las Letras. EL PAÍS

Durante cinco años hicimos Fernando Delgado y yo el camino de vuelta a nuestras casas respectivas, que estaban muy cerca, desde los estudios de la SER, en la Gran Vía. Fernando me guiaba con su mano firme sobre mi hombro, para protegerme paternal de los coches o de los socavones. Yo tengo mi teoría sobre esa extraña pareja que formábamos, él tan alto y yo pequeña, y es que el escritor no lograba salir del papel que representábamos en antena y me trataba con la dulzura e instinto protector que le dedicaría a un niño. Fernando Delgado, al que mi personaje nombraba de corrido, Fernandodelgado, parecía formal y no lo era, parecía tranquilón y era nervioso, parecía despistado pero no perdía ripio. Yo le tomé un cariño que aún hoy crece. Nos ocurría a todos. Era el jefe, pero conseguía que el equipo le cuidara como a un niño y que se compartieran anécdotas sobre sus frases insólitas o su particular sentido del tiempo. Fernando es uno de esos seres originales que al no presentarse ante el mundo con un aspecto chocante pudieran parecer convencionales. Pero no. Ya el mismo abrazo que nos damos al vernos cuando compartimos un arroz con cosas en la Valencia donde ahora vive tiene sus momentos de lío, descoloque y aturdimiento. Entrenada como estoy desde niña en los abrazos tremendos de mi padre, tomo la precaución de observar si a cuenta de la efusividad de mi amigo no se me habrá caído un pendiente o descolocado el vestido.

Es generoso. Mucho. Si le presentas un libro, se empeña en hablar de ti o de otros, tan insistentemente como para tener que llamarlo al orden. Entre tanta vanidad incontenida por esos muros de Dios, Fernando es hoy un espécimen de escritor aún más insólito de lo que antes era. La prueba de ello es el libro precioso que esta semana he tenido entre las manos, Mirador de Velintonia, en el que cuenta sus visitas a la casa de Vicente Aleixandre y los recuerdos de otras figuras de la literatura y el arte que surgen a raíz de rememorar esa casa que para muchos fue un lugar de peregrinación alegre que aliviaba en su interior el ambiente irrespirable que se vivía fuera, en los años de la dictadura. Hay tantos nombres en este pequeño libro, Bousoño, Marichal, Paco Nieva, Gloria Fuertes, Alberti, Neruda, Claudio Rodriguez, Rosa Chacel, tantos, que este trayecto emocional de 1970 a 1982 se nos hace corto.

Me imagino a Fernando tierno y joven, llegando a Madrid con un acento tinerfeño más marcado que el que ahora tiene, con unos cuantos poemas en el bolsillo y muchos otros en la cabeza, transgresor en el fondo de su corazón y tímido aún en sus maneras; me lo imagino con la misma sonrisa que tiene ahora de hombre guapo, entonces de casi chaval, colándose en las vidas de unos y otros, sintiéndose íntimamente afortunado por verse paseando por el Retiro con el recién regresado Max Aub, por compartir comida en una tasca romana con Alberti o la barra del Oliver con ese escritor de extravagancia elegante que fue Francisco Nieva. De todos ellos tiene Fernando (no sé llamarlo Delgado) una consideración aguda, un apunte breve pero atinado. Hay mucho exilio en este ejercicio de memoria: de los que vuelven tras una vida plena fuera de España, como Francisco Ayala; de los que como Aub quieren saber cómo es este país al que regresan y que no entienden muy bien; de quienes, como Chacel, no quieren acomodarse a una condición de exiliados eternos. Pero también están los escritores del exilio interior que encontraron en la casa de Aleixandre un refugio, o los más jóvenes, que heredaban los recuerdos de aquella otra España que no fue posible.

No podría explicar cuál es la razón por la cual este libro me ha resultado más emocional que literario, a pesar de las agudas reflexiones sobre poesía que contiene, o por qué me resulta más íntimo de lo que cabría suponer, dado que está escrito con la astucia periodística de un autor que observa y describe, escucha y reproduce. Tal vez el lazo sentimental que yo establezco y que tan elegantemente vertebra estas curiosas memorias es el imaginar al joven poeta que entonces era Fernando Delgado, atento y asombrado por estar ahí, consciente ya de lo afortunado que era por conocer a personajes fundamentales. Nadie se hace grande sin aprender de los viejos maestros. Esta es la enseñanza que nos transmite el libro, algo que siento que en estos tiempos se ha perdido —ojalá que sea temporalmente y los jóvenes encuentren el camino de vuelta—, porque de momento una tiene la sensación de escuchar demasiadas referencias despreciativas a las generaciones anteriores. Como si no estuviéramos todos condenados al mismo destino. Lo expreso en versos de Fernando: “Solo la memoria, pertinaz,/ es capaz de inventarnos un eterno ladrido/ para distraer la soledad en que nos deja/ la vida que allí había y que ahora nos falta”.