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OPINIÓN

Ni tristes podemos dejar de estar contentos

Lo de Chiquito, al fin y al cabo, no era hacernos gracia, sino hacernos un poco más felices

El humorista Chiquito de la Calzada en 1994. Vídeo: uno de los chistes del humorista.

Hace años, en una entrevista en Interviú, le preguntaron a Chiquito de la Calzada en qué idioma hablaba en Japón, donde vivió dos años. “En el preciso para poder comer”, respondió para aclarar luego que hablaba japonés peor que los propios japoneses, “que ya es decir”. Para entonces Chiquito, que ha muerto esta madrugada a los 85 años, ya era cultura popular; entre tantas revoluciones de fin de siglo apareció él con algo tan insólito que España, risa va y risa viene, tardó una década en descubrir: un sonido. Entonces las risas dejaron paso a profundas reflexiones que albergaban la posibilidad de que Chiquito fuese un genio o un marciano. Incapaz de catalogarlo a él, España empezó a catalogarse a sí misma y la obra de Chiquito alcanzó su cénit: que el carnicero de la esquina te diese los bistés con un “pecadorrrrr” que se te ponía la piel de gallina. Efectivamente, lo preciso para poder comer.

Por eso siempre digo (hoy es la primera vez, pantomima full) que Chiquito no fue un humor nuevo, ni fundó una expresión artística, ni resumió ninguna época ni fue Internet antes de Internet, algo que había escrito en la primera línea y ahora me parece francamente ridículo: Chiquito inventó un fonema. Que quizás ya estaba ahí para algunos esfuerzos tremendos, incluso como último suspiro (jarl es la despedida total, con la ele del final tan prolongada que aún no la hayas acabado cuando el funerario, trastornado, te esté metiendo en la caja), pero que nadie había contextualizado con las manitas en el aire, ese paso loco con la mano en el lumbar y el discurso cuyo gran mérito era que nadie le prestase atención porque eran los peores chistes de la historia: nos reíamos porque no los escuchábamos. Caballo de bonanza, candemor y no puedorl: con eso fuimos echando el cierre al siglo. Adiós Cuba y Filipinas en el XIX, bienvenidos fistro y Papá Piquillo en el XX: al final sí que resumió una época.

Ese sonido Chiquito —ese quiebro que de repente aparece en algún discurso sin mediar razón, a veces también sin mediar palabra, sólo un prolongado ultrasonido para regresar después a las tareas— ha emparentado a todos en España hasta disolver, como en la noche de fiesta de Serrat, las clase sociales. Hay miserias de todo tipo y perfectos malnacidos, pero nadie, nunca, puede evitar devolver con una sonrisa de felicidad un “jarl” que aparece de improviso, un “te da cuen” expresado con gracia (el “te da cuen” es más complicado y requiere una técnica especial, si se abusa puede resultar molesto o incitar a la violencia).

Chiquito viudo fue el final: sobrevivió a medias a la muerte de un amor de medio siglo, Pepita García. Duró cinco años quién sabe con qué fuerza y con qué dolor. Más de una vez lloró en público al recordarla. Chiquito había sido fabricado para otra cosa. Tuvo una celebridad que, al no entenderla, se hizo agradable a todos en un mundo, el de los famosos, muy consciente de sí mismo. Consiguió algo excelso para un artista: que su invento tuviese aún más gracia en su público que en él. Lo de Chiquito, al fin y al cabo, no era hacernos gracia, sino hacernos un poco más felices.

Todavía hoy, sin venir a cuento, después de tres o cuatro meses sin hacerlo, alguien entrecorta la respiración y suelta una frase, o emite un sonido, o hace el gestito dichoso. Y 25 años después sigue teniendo esa especie de gracia, esa especie de encanto, ese raro buen rollo que inspira un buen “candemor”, un “candemor” colocado como Dios manda. Todo cambia. Vas a pedirle a tu amigo los 200 euros que te debe desde hace seis meses, te responde “no puedor, no puedor, no puedor” bailando un poquito en el salón y le dejas otros 200.

Ni tristes podemos dejar de estar contentos.

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