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Pasión por el arte monocromo

La National Gallery londinense dedica una exposición con medio centenar de piezas para indagar en la obra de artistas que renunciaron a la variedad de colores

'La gran odalisca' (1824-1834), de Ingres.
'La gran odalisca' (1824-1834), de Ingres.

La National Gallery londinense ha insertado un islote eminentemente monocromo entre la explosión de color de su pinacoteca para hablar de aquellos artistas que en su día renunciaron a la variedad de tonos de la paleta en pro del poder visual del blanco y negro. Medio centenar de obras desplegadas por cinco de sus salas integran un recorrido de luces y sombras a lo largo de más de 700 años, desde expresiones artísticas del medievo hasta las más recientes propuestas contemporáneas.

Las pinturas y dibujos que el museo de Trafalgar Square exhibe hasta el 18 de febrero tienen como nexo el recurso al blanco y negro o a una gradación intermedia que, según el tiempo y el contexto, puede responder tanto a la libre elección del autor por motivos estéticos o emocionales como al sentido práctico o incluso a la pura necesidad. Ese último fue el caso de los monjes cistercienses en la Edad Media quienes, forzados a obviar el “fruto prohibido” del color en las vidrieras de sus iglesias (porque les distraía de su recogimiento en la oración), cultivaron en su arte la escala de grises de la grisalla.

La sección de un panel ejecutado en siglo XIV para la iglesia de Saint-Denis (París), en cristal gris traslúcido, con motivos plateados y destellos en amarillo, se exhibe al inicio de la muestra como ejemplo de la rápida expansión de la técnica de la grisalla en otros centros religiosos de Europa. La pieza integra hoy los fondos del Victoria & Albert, uno de los grandes museos que participan con sus préstamos en la exposición Monocromo: pintura en blanco y negro, al igual que el Thyssen-Bornemisza o El Prado, entre otros.

'Habitación para un color', obra de Olafur Eliasson, en su exposición en 2015 en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo. ampliar foto
'Habitación para un color', obra de Olafur Eliasson, en su exposición en 2015 en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo.

La primera de estas dos instituciones de Madrid aporta un díptico de la Anunciación firmado por Jan van Eyck (1433-1435) para ilustrar la espectacularidad con la que el blanco sobre negro puede crear la ilusión de un grupo escultórico. Imitar la apariencia de la piedra esculpida ha sido un desafío que los artistas han encarado a lo largo de los siglos con la extraordinaria pericia, por ejemplo, de Jacob de Wit: es difícil no confundir su cuadro Júpiter y Ganimedes (1739) con un relieve tridimensional. O desentrañar cómo Hendrik Goltzius consigue que la pintura Ceres y Baco (1606), cedida para la ocasión por el Hermitage de San Petersburgo, parezca un grabado.

La invención de la fotografía en 1839, y más tarde la del filme, sigue estimulando a los pintores a responder o competir con los nuevos medios. En los años sesenta del pasado siglo Gerhard Richter utilizó una foto de prensa de una prostituta asesinada como base para el cuadro Helga Matura, cuyo sujeto se adivina borroso en gradaciones del gris, que él consideraba “el color ideal para la indiferencia”.

Antes que un recurso expresivo, la omisión del color era cinco siglos antes una opción sobre todo práctica que permitía a los artistas concentrarse en la composición, en la luz y las sombras que modelan las figuras y objetos, para plasmarlos luego en el lienzo con todo su colorido. Y para reutilizar una y otra vez esos patrones, como en el caso de un estudio de la vestidura de san Mateo para un cuadro renacentista -atribuido a Domenico Ghirlandaio- cuyos detalles también aparecen en el fresco de una iglesia de San Gimignano (Italia).

La habilidad y talento que denotaban esos trabajos preparatorios acabaron convirtiendo muchas propuestas del monocromo en obras en sí mismas. Jean-Auguste-Dominique Ingres lleva esa idea a la máxima sofisticación al repensar y volver a ejecutar en blanco y negro su óleo La gran odalisca (1824-1834). Apasionado de la obra de los grandes maestros, un Picasso en la vejez trabajó también en blanco y negro su serie de pinturas en torno a las Meninas de Velázquez, entre las que la National Gallery expone la de la infanta Margarita María, procedente del Museo Picasso de Barcelona.

'Las Meninas (infanta Margarita María)' (1957), de Picasso.
'Las Meninas (infanta Margarita María)' (1957), de Picasso.

En la sección final de la muestra, la atracción de los artistas abstractos por la ausencia de color y su resultados impactantes o provocadores tiene como pieza estelar el Cuadrado negro que el suprematista Kazimir Malévich insertó flotando entre los límites de un marco blanco. El recorrido por la continuidad histórica y la diversidad de la técnica monocromática, desde el medievo hasta esta última obra icónica de las vanguardias, tiene su epílogo en una sala completamente desnuda. Olafur Eliasson (Copenhague, 1967), famoso por sus instalaciones, ha iluminado el espacio con lámparas amarillas de sodio que suprimen el resto de frecuencias lumínicas: la experiencia total del mundo monocromático.