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Benjamin Moser: “La crítica no debe humillar a un creador”

El escritor americano reivindica el género de la biografía literaria como una simple interpretación. Sus trabajos sobre las vidas de Clarice Lispector y Susan Sontag tratan de desnudar a los mitos

Día de las escritoras

Un ligue de una noche que acaba por convertirse en el amor de tu vida. Así explica Benjamin Moser (Texas, 1976) su idilio con la escritora Clarice Lispector. La gran y enigmática dama de la literatura brasileña del siglo XX se cruzó en su camino por azares académicos: Moser se apuntó en la universidad a chino, pero aquel idioma le parecía imposible de aprender así que cambió esa clase por una que tuviera el mismo horario y resultó ser la de lengua portuguesa. Allí leyó la nouvelle de Lispector La hora de la estrella y sintió una “extraña conexión”.

Más de una década después, su biografía sobre la autora brasileña de origen ucraniano, de casi 500 páginas, atestigua la fuerza de aquel flechazo. Se titula Por qué este mundo (Siruela), y ha sido traducida a media docena de idiomas. La escritora, nacida en 1922 en una aldea ucrania en el seno de una familia judía y fallecida en 1977 en Río de Janeiro, vive un nuevo renacimiento gracias a Moser, quien no duda en calificarla como la mejor escritora judía después de Kafka y ha dirigido la publicación de las nuevas antologías de sus relatos aparecidas en EE UU.

Hace unas semanas en Madrid, Moser hablaba de todos los lugares y personas que ha conocido gracias a Lispector. Pero hay más, porque como ocurre casi siempre, esta historia de amor ha dado paso a la siguiente. Hoy, este crítico literario, radicado en Holanda, y colaborador entre otras publicaciones de The New York Review of Books y Harper’s consolida su carrera de respetado biógrafo con un nuevo libro que está ultimando, dedicado a otra brillante escritora: Susan Sontag. “Cuando estoy muy ocupado con una de las dos, siento que la otra se enfada y me reclama. Esto es como tener dos mujeres, como una extraña necrofilia”, explica. “Pero no lo es. Simplemente tienes la vida de alguien en tus manos”.

PREGUNTA. ¿Qué conecta su elección de escribir sobre Clarice Lispector y Susan Sontag?

Cuando haces una biografía, pones tus sucios dedos en el dinero, el sexo, la familia y el trabajo de otro. Pero no puedes dejar esto fuera

RESPUESTA. Cuando empecé con Lispector la gente pensaba que estaba loco, pero yo creía que todo el mundo acabaría fascinado con ella. No era apenas conocida en EE UU. Con Sontag esto no ocurre, pero, como sucede con todos los autores famosos, la idea general que se tiene de ella es muy estereotipada. Lo cierto es que se tarda mucho en conocer a alguien. En ambos casos he creído importante dejar que sean “raras”, respetar su perspectiva del mundo. No son autoras fáciles porque piden mucho a sus lectores.

P. Se ha escrito mucha teoría sobre lo que se esconde tras el trabajo de un biógrafo, cómo a veces acaba escribiendo de sí mismo por persona interpuesta o saldando alguna deuda. ¿Cuál fue su punto de partida?

R. Yo me acerqué al género de la biografía literaria como un acto de amor, ajeno a las teorías. Quería conocer a Lispector mejor, como cuando uno se enamora y quiere saber cuál es la canción favorita del otro o por qué odia a su hermano. Empecé a escribir pensando que mi libro sería una llave y que la gente acabaría queriendo leer más cosas de ella.

P. Una de las objeciones más recurrentes a este género es que la obra de un autor habla por sí misma.

R. Cuando miras las vidas de los artistas comprendes que el trabajo es fruto de sus experiencias. Pero el culto a la figura de Lispector en Brasil empañaba esto, su misterio la hizo daño, tenía fama de loca. Lo cierto es que quieres saber más, porque es muy magnética y su figura inspira a mucha gente. En 15 años pasó de ser una refugiada, como millones de sirios hoy, a convertirse en una legendaria dama de Río.

P. En el caso de Susan Sontag, aparte de sus ensayos, sus diarios, recientemente publicados, muestran su lado más privado. ¿Qué queda por mostrar?

R. Cuando pasas a ser una figura icónica como lo es ella, muere tu obra. Sontag escribió crítica, teatro, cuentos, novelas que apenas son conocidos o leídos hoy. Su biografía, como en el caso de Lispector, aborda una lectura crítica de sus obras, el reto intelectual que plantea.

P. ¿Los retos que una y otra presentan a los lectores están conectados?

R. Son dos titanes que se aproximan al gran tema de la metáfora. Sontag, por ejemplo, escribe sobre la enfermedad como metáfora —curiosamente, el mismo año que muere Lispector—, y rastrea incesante el uso a nivel social de las metáforas. La brasileña siempre busca la verdad última que se esconde en las palabras. Revolver en las palabras es una tradición muy judía.

P. ¿La ausencia de un rastro de papel, con la llegada de los ordenadores e Internet, hará imposible hacer biografías de escritores en el futuro?

R. Yo mismo he dejado de imprimir mis textos y cartas. Pensamos que Internet es eterno y no lo es. En el futuro no habrá correspondencia. Esto asusta. Pero este género no desaparecerá. Como dijo Sontag no hay una fotografía definitiva, y tampoco una biografía definitiva. Las biografías son como la interpretación de una pieza musical. La gente se fía demasiado del retrato, pero es solo una forma de contar, es mi forma, mi relato, no la persona en sí.

P. ¿Hay que poner límites sobre lo que se cuenta de la vida de otro?

R. Cuando haces una biografía pones tus sucios dedos en el dinero, sexo, familia, trabajo artístico de otro. Pero el mayor error sería dejar todo eso fuera porque esos son los vínculos que nos conectan, que nos hacen humanos a todos. Si quieres que el relato de sus vidas tenga algún significado no puedes obviar esto.

P. ¿Ahí surge la polémica?

R. La gente reacciona con mucha vehemencia a las biografías, pero, curiosamente, cosas que uno pensaría que son ofensivas pasan desapercibidas, mientras otros detalles que parecen superfluos hieren.

P. ¿Cómo medir la distancia?

R. Quiero protegerlas pero a veces no puedes. Están muertas. Intentas tratarlas con amabilidad, y esto puede ser difícil porque también quieres ser honesto.

P. ¿Siente un dilema parecido como crítico?

R. Como crítico rechazo la crueldad. Si piensas en lo que ha tratado de hacer un novelista, aunque no te guste eres respetuoso. Pero esto parece que se ha perdido. Creo que el papel de la crítica debe ser animar a leer, a pensar, a descubrir. La cultura o bien te enriquece o te deja frío, pero no hace falta humillar al creador.

P. ¿Qué lecciones ha sacado de sus investigaciones sobre Sontag y Lispector?

R. Es interesante ver cómo la gente supera sus fracasos. Después de un libro de éxito a veces llega uno que pincha, y luego otro que va bien. Como escritor es interesante ser espectador de la carrera de otros. Son trayectorias largas con baches. Hay rachas de fama y dinero y otras sin nada de eso.

P. ¿Los adelantos millonarios que en EE UU reciben autores debutantes acaban con esto?

R. Lo cierto es que la mayoría de los escritores han sido tradicionalmente profesionales de clase media. Hoy parece que hay menos tiempo y dedicación, resulta difícil pensar en construir una trayectoria literaria de 50 años.

P. Sus sujetos han sido dos escritoras. ¿Qué define la relación de las mujeres con la literatura?

R. Es un tema fascinante porque las escritoras no existen prácticamente hasta el siglo XX. Sufren la censura de tener hijos y no tener tiempo. Escriben dos novelas y a la tercera nadie les hace caso. Me he vuelto especialista en leer reseñas de libros de mujeres y ves la cruda condescendencia con que son juzgadas. Resulta increíble ver cómo ellas encontraron la fuerza para seguir. Lispector empezó con 15 y siguió hasta el final. En el caso de Sontag es impresionante ver cuántas mujeres con talento empezaron con ella y acabaron calladas.

P. ¿Qué ha sacado de sus historias con Sontag y Lispector?

R. El libro de Lispector me gustó hacerlo por ingenuo. Con el de Sontag me sentía más atado a un relato ya establecido. Pero ella es una figura tan compleja que te permite reflexionar sobre la creación artística, el activismo político, la ciencia o la guerra. Me gusta la relación matrimonial que tengo con ellas: quererlas, odiarlas, alegrarme de sus éxitos, pasar vergüenza. Nada de lo suyo me es ajeno.

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