Crítica | Emoji: la película
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El contubernio de los móviles

¿Una película sobre la vida interior de los habitantes de la pantalla de nuestro teléfono en la que se alinean los emoticonos?

¿Una película sobre la vida interior de los habitantes de la pantalla de nuestro móvil en la que se alinean los emoticonos? Parece idiota y quizá lo sea, pero incluso los proyectos más leves, impostados, inocuos y descaradamente inspirados en otros anteriores con más trascendencia llevan colgada de su mera existencia una razón de ser. Y en Emoji: la película casi se alcanza la categoría de contubernio.

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En su base argumental y de personajes, Emoji sigue tirando de la esencia y del hilo narrativo de Toy story ―la vida en soledad de los juguetes― o Del revés ―la individualidad de los sentimientos en nuestro cerebro―, para acabar abrazando una inocente reflexión sobre la imposibilidad de expresar nuestro estado interior por medio de una única respuesta en forma de símbolo gráfico. Sin embargo, desperdicia la posibilidad de indagar en algo mucho más interesante, que se apunta en el inicio del relato y luego se olvida: la rebelión del héroe ―en este caso, el emoji del Bah―, condenado a interpretar siempre lo que se espera de él como concepto, sin poderse salir ni un milímetro del carril marcado en una sociedad donde cada cual tiene asignado desde su creación un papel único que jugar.

EMOJI: LA PELÍCULA

Dirección: Anthony Leondis.

Género: animación. EE UU, 2017.

Duración: 86 minutos.

Visualmente fea y poco creativa, aunque con puntuales hallazgos cómicos (la carita sonriente, jefa de la comunidad, como alcohólica del listerine), y un toque político en la versión doblada (no parece casual que los padres de Bah sean cubanos a los que todo parece darles igual), Emoji adolece también del descontrol absoluto del payaso de la función, la manita símbolo del Choca-esos-5, que, enferma del síndrome de Jar Jar Binks, se convierte en un insoportable pelmazo más que en un contrapunto cómico.

Cuando ya se han fabricado incluso sagas cinematográficas con juguetes como los Transformers o los Lego parece una ingenuidad aludir a la evidente naturaleza de producto de marketing de Emoji. Pero lo que más resalta en este caso es que una película protagonizada por un niño de 14 años, el poseedor del teléfono, sea tan infantil. Puede que simplemente sea un producto fallido con el que se han quedado a mitad de ninguna parte en cuanto a espectadores objetivos. Pero también puede que sea un producto manufacturado de una perfección absoluta, que acabe arraigando en su intención primigenia, en un malvado contubernio: riadas de niños menores de 10 años pidiendo a sus padres un móvil a la salida del cine.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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