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El diluvio universal de Foo Fighters

La banda estadounidense ofrece un contundente concierto en el Mad Cool

Actuación de Foo Fighters en el Mad Cool Festival. Vídeo: resúmen de las actuaciones del primer día de festival.

Apenas tres horas antes, parecía el fin del mundo. Una de esas tempestades de verano que, en cuestión de segundos, se convierten en diluvios universales. El cielo se caía sobre las cabezas y amenazaba con hundir la primera jornada del Mad Cool, el macrofestival madrileño que arrancó anoche con todas las entradas vendidas. Pero, a veces, las nubes más oscuras traen tormentas perfectas, momentos irrepetibles, fuerzas de la naturaleza. A veces, existen bandas como Foo Fighters, cabezas de cartel del certamen, que ofrecieron un concierto arrasador, como esa lluvia que se lleva todo por delante, incluidos los malos presagios.

Corrían las 22.15, la noche era cerrada y el cielo, por fin, estaba despejado, cuando la banda de Seattle atronó en el gigantesco escenario principal del festival. Lo hizo al grito visceral de Dave Grohl, líder de un grupo con carácter planetario, una marca mundial asociada desde hace lustros al rock acelerado y duro, sin cortapisas ni medias tintas. Vestido de riguroso negro, el cantante y compositor saltó sobreexcitado, como mandan los cánones de vieja escuela, como si la actuación desde el primer minuto llevase ya dos horas en revolución. Y con ese berrido todo el expectante mundo del Mad Cool se enchufó, como si eso ya estuviese ganado de antemano. Ríos de gente botando, personas descontroladas saliendo en estampida desde el fondo del recinto para llegar a los primeros compases, chicas emocionadas tirando sus nachos con queso todavía calientes al suelo y chicos igual de excitados pimplándose el mini de cerveza de un trago. La cosa era entrar en comunión con el momento Foo Fighters.

No es un momento cualquiera, más allá de escuchar a todo trapo en un recinto enorme canciones como All My Life, Times Like There, Learn to Fly o The Pretender, parte del catálogo que desplegaron anoche en la primera media hora de concierto y que sonó con una contundencia irreprochable. Foo Fighters son algo más que un grupo de rock. Desde su nacimiento, tras la desaparición de Nirvana, el último gran terremoto emocional y generacional del rock, esta banda que creó Grohl, quien fuera baterista de la formación de Kurt Cobain, su mayor influencia, es símbolo de una época pasada donde todo tenía un significado. Actitud, garra, cierta dosis de rebeldía y diversión.

Pero también la formación ha mutado en un fruto de nuestros tiempos superconectados, hiperestimulados, sobresaturados y, cómo negarlo, simplificados. Foo Fighters son en sí mismos una tendencia de lo que debe ser el rock and roll mediático, el logotipo de un mundo que busca iconos transversales. El carismático e inteligente Grohl es el primero en saberlo, y su cara más visible. Ha hecho de la imagen del grupo algo más que su contundente pegada en disco y en directo. Decir Foo Fighters es situarse en un concepto, que acapara todas las portadas indistintamente, que igual toca en un multitudinario concierto solidario como en la presentación del iPhone 5, pero que siempre consigue alcanzar algo tan difícil como la comunión con un público internacional. Anoche lo hicieron con oficio de estrellas, aunque hubiese un pequeño bajón en la segunda hora de la actuación. Y mucho de ese oficio se debe también a las guitarras apisonadoras del propio Grohl, Pat Smear y Chris Shiflett y la batería nerviosa de Taylor Hawkins.

Comunión también es la que consiguió Quique González con los Detectives antes de la actuación de Foo Fighters. El sonido falló en alguna ocasión, pero, superado el obstáculo, González puso toda la carne en el asador desde que arrancó con Sangre en el marcador. Repasó toda su carrera y, casi durante dos horas, dio rienda suelta a un cancionero de una fuerza sentimental imparable. Orquídeas en la avenida, La ciudad del viento, Salitre, Los conserjes de noche o Vidas cruzadas sonaron con una intensidad fabulosa. Sus mejores canciones son himnos de las tribulaciones del alma, estampas humanas de las emociones.

Anoche, cierto, parecía el fin del mundo, con ese cielo viniéndose abajo. Pero no lo fue. Y, si llega a serlo, algo quedó claro con Foo Fighters y Quique González en Mad Cool: que la música nos pille botando, gritando, berreando, bailando en el día del juicio final. No hay mejor diluvio universal que el de los acordes de las canciones sin tregua.

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