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LIBROS

José Manuel Caballero Bonald retrata a Agujetas

Babelia avanza un fragmento de 'Examen de ingenios', volumen con 94 semblanzas de escritores y artistas hispánicos

El cantaor Manuel Santos Pastor 'Agujetas', en una imagen de 2010.
El cantaor Manuel Santos Pastor 'Agujetas', en una imagen de 2010. Efe

No sabía qué edad tenía ni dónde había nacido, aun­que podía calcularlo por tanteos instintivos. Tampoco sabía leer: decía que los cantaores que saben leer «pierden la pronunciación». Manuel de los Santos, Manuel Aguje­tas, era un primitivo oriundo de la caverna bajoandaluza, un analfabeto iluminado por los vislumbres de la cultura de la sangre. Pertenecía a una casta de gentes deshereda­ das y enigmáticas que llevaban en las trastiendas de la memoria el secreto embrionario del flamenco. Sus ense­ñanzas se gestaron todas en la intemperie de una historia mediatizada por las hoscas inferencias de la posguerra.

Manuel Agujetas creció en la fragua de su padre, también cantaor, y escapó de allí con los sentidos mol­deados entre el fuego y el hierro, entre el enardecimiento y la reciedumbre. Ya no se iba a librar nunca de esa incle­mencia sensorial. El suyo era un mundo inmisericorde y hermético y, por pura intuición, fue rehaciendo sus re­cuerdos según un raro ejercicio de portentosas develacio­nes flamencas. Para cantar como él lo hacía, sacando a relucir su propia y compleja intimidad, tenía que recurrir a un lenguaje desesperado, generado en las vecindades de una situación límite y abastecido de toda clase de inespe­rados descubrimientos expresivos.

José Manuel Caballero Bonald retrata a Agujetas

Como el jazz en los cafetuchos de negros de Nueva Orleans, el flamenco se fue desarrollando en las tabernas y casuchas de los gitanos de Jerez, de Triana, de Utrera, de Lebrija, de Alcalá de Guadaira. En tan pobre cuna nació un arte popular suntuoso, surgido de la cristalización de muchas insignes músicas orientales. Agujetas fue en este sentido un legatario de asombrosa fecundidad, un elegi­do de no se sabía qué dioses desconocidos. Aparte de su natural capacidad expresiva, que era mucha y de muy va­rios calados, había ido asimilando toda una serie de nu­trientes de indescifrables texturas flamencas.

Manuel Agujetas aprendió la asignatura de las pre­dicciones y escapó a duras penas de esa infortunada fase del flamenco que coincide con los últimos cenicientos años de la posguerra. Heredero del arte anónimo de su padre, prolongó esas enseñanzas domésticas en una serie de versiones de cante absolutamente irrepetibles. Nadie como él, entre todos los cantaores que tuve oportunidad de oír, que fueron muchos, me conmovió tanto y de ma­nera tan imborrable. Agujetas ahondaba en los territorios del duende hasta llegar a una sima que muy pocos cono­cían y en la que ya nada era predecible. O alcanzaba esa cima o renunciaba a seguir cantando. O la plenitud o la frustración.

Agujetas ahondaba en los territorios del duende hasta llegar a una sima que muy pocos conocían

Vivía en una especie de barraca cerca de Sanlúcar, a la entrada de un camino vecinal frente a Torrebreva, un ex­tenso viñedo que adquirió el duque de Montpensier y donde acaeció su extraña muerte. La familia de Agujetas constituía una especie de tribu marginal, desgajada de su entorno civil, que sólo aparecía muy de vez en cuando por los ventorros aledaños. No sé cuántos miembros de esa familia se agrupaban en aquel enclave campesino sanluqueño, pero aparte de sus hijos, habría que contar con la mujer de turno de Manuel, que para mayor acopio de imponderables fue finalmente una japonesa envene­nada por el mundo flamenco local.

Me fui encontrando frecuentemente con Agujetas a lo largo de los años y siempre me asombraba aquel hom­bre minuciosamente iletrado, de reacciones incalculables, enemigo de las convenciones y los hábitos de los payos y cuya anarquía congénita fue haciéndose cada vez más no­toria. Vino varias veces a casa, hicimos algún que otro viaje juntos y oficié como productor en tres esenciales discos suyos, pero tal vez nunca llegó a darse cuenta de que yo era el mismo que lo conoció de muchacho. Lo úni­co que él sabía de la vida era que cantaba lo que había oído cantar a sus mayores y que eso, como su nativa igno­rancia, era una verdad absoluta y una manera de testifica­ción de un arte inmemorial cuyo más íntegro secreto sólo él conocía.

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Algo le empezó a flaquear un día a Manuel por den­tro de la cabeza y una especie de sombra despiadada lo fue arrastrando a la negrura, emborronando en parte sus capacidades comunicativas. Sus apariciones públicas se fueron haciendo anómalas, sujetas a una extemporánea serie de contingencias. O interrumpía de pronto una ac­tuación y huía literalmente del lugar donde estaba o diri­gía palabras inconexas a los asistentes, desdeñando a quienes se permitían cantar flamenco sin saber de qué se trataba, circunstancia en la que él englobaba a todos sus colegas.

Agujetas se había hecho implantar unos dientes de platino, probablemente porque los consideraba un signo bien visible de riqueza. Cuando cantaba, le salía de la boca un estallido rutilante que tenía algo de alegoría me­tálica del grito. La escena también evocaba, en términos más librescos, el centelleo del fuego de Vulcano. Aquella esforzada pelea gestual y verbal por mantener el cante a una máxima temperatura de fragua, simbolizaba un he­cho artístico complejo y tortuoso. Pero allí, en la forma de cantar de aquel hombre primario y extravagante, estaba implícita toda la difícil belleza del flamenco. También se­ría una temeridad defender lo contrario.

Examen de ingenios. José Manuel Caballero Bonald. Seix Barral, 2017. 464 páginas. 19 euros