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Grito en el teatro contra la violencia machista

'Hablando (último aliento)' da voz al silencio y dolor de las mujeres amenazadas

Muriel Sánchez, izquierda, y Lidia Navarro, en una escena de 'Hablando (último aliento)'.

El escritor estadounidense David Foster Wallace hablaba de la elección entre el fuego y el vacío. Hablando (último aliento) lleva al escenario del María Guerrero el desesperado y angustioso duelo entre la vida o la muerte de una mujer amenazada por el hombre que, tras pasar nueve meses en la cárcel, está a punto de llegar. “Ese hombre que le hará decidir entre el fuego y el vacío, entre replegarse o respirar”, explica la autora de la obra, Irma Correa (Las Palmas, 1975). Dirigida por Ainhoa Amestoy, madrileña de 39 años, e interpretada por Lidia Navarro e Muriel Sánchez, Hablando (último aliento) es un grito de urgencia frente a la situación de cientos de mujeres atadas a una realidad que las aísla y las destruye, que las silencia y las arrincona.

En medio de lo que parece un secuestro, en un espacio como si de una cárcel de celosías se tratara, la obra comienza como una historia de suspense para deslizarse poco a poco al viaje surrealista más aterrador al interior de la mente de esa mujer, a un lugar del que no puede huir ni respirar, con sonidos amenazantes y una puerta por la que puede entrar Él. La mujer va en busca de su alter ego para que le ayude a quitarse la vida y así alcanzar el ansiado descanso.

Indignada y aterrada, urgida por la urgencia ante la violencia machista, Irma Correa quiere poner voz a estas mujeres, hacer visible esta “realidad putrefacta y atrofiada que tenemos”. Y pone su acento en aquellos casos doblemente silenciados, los de las víctimas que se quitan la vida después de años de maltratos y no forman parte del cómputo de muertes por violencia de género. “Son mujeres inducidas al suicidio, lo cual quiere decir que también han sido asesinadas. Como la mayoría de ellas no denunciaron sus casos, no hay pruebas contra los hombres que provocaron sus muertes”, explica Correa que junto a Ainhoa Amestoy, compañera en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (RESAD), han realizado una profunda investigación con víctimas, abogado, médicos y psicólogos para poner en pie este montaje producido por el Centro Dramático Nacional. La obra es una recopilación testimonial de casos reales, principalmente el de Sara Calleja, la mujer que llegó a poner 17 denuncias ante la policía y la justicia y que, antes de quitarse la vida en julio de 2015, después de años y años de acoso, dejó escrito: “Mi vida estaba en sus manos, señora jueza, y parece que cada vez que iba a denunciar, aburría”.

La obra transmite la soledad e impotencia de estas personas abandonadas a su suerte, no solo por el Estado sino también, en muchos casos, por familiares y amigos que miran hacia otro lado. También esa losa que llevan las víctimas de no haber sido capaces de enfrentarse desde el primer momento a su maltratador, de no haber sabido advertir las primeras señales, de avergonzarse de confesar el infierno en el que viven y de encontrarse ya sin capacidad para pedir ayuda. “Desde el teatro, es importante hablar de todo ello. Hemos caminado con mucho cuidado. El final que presentamos es amargo, pero no hemos creído conveniente edulcorar la realidad. Con las armas que nos da el teatro, presentamos personajes universales con los que todos nos podemos sentir identificados, queremos que el espectador sienta que la solución está en todos y cada uno de nosotros”, dice Ainhoa Amestoy. “El silencio no se puede sostener más. Es una cuestión de Estado. El teatro es solo una puerta más para denunciar este problema urgente”, añade Irma Correa.

La puerta de Hablando (último aliento) se abre para romper la soledad de estas mujeres que no ya se reconocen. “Yo no era así de triste”, se dice frente al espejo.

 

 

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