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En el camastro de un orfanato de niños judíos

'Último tren a Treblinka' sitúa al espectador en un hogar de acogida en el gueto de Varsovia

Un momento de 'Último tren a Treblinka'.
Un momento de 'Último tren a Treblinka'.

No hay butacas hoy en este teatro. Literas de camastros y ásperas mesas y cajones de madera acompañan a los espectadores en el hogar de los huérfanos de Korczak. Encaramados en cualquiera de las literas pegadas a paredes desconchadas y sucias, el espectador cambia su identidad para asumir la de uno de los 200 niños que fueron acogidos en el centro en el gueto de Varsovia. Son Abus, Reginka o Jolek. Es su último día en el centro, custodiado por el médico y pedagogo polaco Janusz Korczak, El viejo doctor.Un día maldito en el que conocerán la más terrible de las noticias: serán enviados en un tren a la cámara de gas del campo de exterminio nazi de Treblinka. Korczak invita a cada uno de los muchachos a vestirse con las mejores galas y llevarse sus objetos preferidos. Uno coge un balón y una manta, otra niña va en busca de su muñeca. La imagen de todos ellos caminando es aterradora, pero sorprende la dignidad con la que los muchachos abandonan las instalaciones.

 Ocurrió el miércoles 5 de agosto de 1942 y así consta en la obra Último tren a Treblinka, estrenada  en la sala Cuarta Pared de Madrid, sobre una idea original de Ana Pimenta y Fernando Bernues y dirigida por Mireia Gabilondo. Nueve actores, cuatro interpretando a adultos y cinco a niños, dan vida, pegados cama a cama a los espectadores. Esta historia se convierte en el más hermoso homenaje a la valentía de un hombre, Janusz Korczak (Varsovia 1879-Treblinka, 1942), que quiso unir su destino de muerte a los niños enviados al campo de exterminio, a pesar de las oportunidades que tuvo de salvarse. “¿Qué padre abandona a sus hijos?”, defendía, junto a su inseparable colaboradora Stefania Wilczynska, al rechazar los salvoconductos que le ofrecieron.

El descubrimiento por parte de Ana Pimenta (Salamanca, 1960), hermana de Helena, actual directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de la figura de Korzcak le ha resultado fascinante. Dedicado al mundo de la infancia, este médico polaco era un hombre obsesionado con la idea de la educación, ideó un sistema para varios orfanatos en su país natal antes de la invasión nazi. “No solo cuidaba a los niños en sus necesidades más básicas, sino que tenía como objetivo una educación emocional e intelectual. El culmen de toda su labor educativa fue la creada en el gueto de Varsovia”, asegura Pimenta, sobre Último tren a Treblinka, con una dramaturgia realizada a base de textos y palabras del propio Korczak.

Todo lo que se verá y vivirá en este espectáculo: hambre, miedo, pero sobre todo dignidad para afrontar su oscuro futuro, los ensayos de una obra de teatro del poeta bengalí Rabindranath Tagore o el tribunal de justicia formado por los propios niños, descansa en la realidad que fue escribiendo en un diario Korczak. “Él era consciente de la barbaridad que les esperaba a los pequeños. Quiso preservarles del horror, pero también prepararles de manera serena ante la muerte”, explica Pimenta, que tuvo claro desde un primer momento la importancia de buscar el acercamiento piel con piel del público. “Queremos que cada uno de los espectadores se pueda sentir un niño de aquel orfanato, que viva lo que sucedió aquel día, con momentos muy terribles pero también con otros luminosos y alegres”, añade Mireia Gabilondo (Bergara, 1964).

Ana Pimenta ve en este montaje la oportunidad de denunciar “la locura actual del mundo de los refugiados”. “Hoy cobra todo su sentido. Es como una llamada de atención. Creímos que el genocidio nazi nunca volvería a ocurrir, y hoy Europa está dejando morir en el frío a miles de refugiados, en carreteras y barracones, algo que se asemeja bastante a lo que ocurrió en 1942. Hoy, los refugiados no llevan el brazalete con la estrella de David, pero arrastran la condena en el cuerpo. Es también una denuncia para señalar con dedo acusador que la mayor parte de los pobres del mundo son niños”.