Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Viaje a la melancolía

Solo diez meses después de 'Romaphonic Sessions' lanza esta nueva y ecléctica colección

Portada del disco nuevo de Calamaro.
Portada del disco nuevo de Calamaro.

Solo diez meses después de deleitarnos con sus Romaphonic Sessions (Warner), Andrés Calamaro presenta una nueva y ecléctica colección de canciones titulada Volumen 11. Su disco anterior deja huella en el bolero Mareo, una versión de Babasónicos que continúa el espíritu elegante y clásico de aquellas bellas sesiones a piano y voz. El mismo puente le lleva a Que te vaya bonito, con giros entre Jose Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, sobre todo en el verso “Cuántas luces dejaste encendidas / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Las otras 16 canciones (y un bonus track) se dispersan por caminos variados. Presentan a un Andrés quizá cansado de esa última constricción conceptual y decidido a romper sus propios muros de contención para abrir el imaginario estilístico. Y aflora sin límites, para lo bueno y para lo malo.

Volumen 11

ANDRÉS CALAMARO
Warner, 2016
Nota: 7 sobre 10.

Abre el disco Apocalipsis en Malasaña, un psychobilly trotón inspirado en el guion de El bar, la próxima película de Álex de la Iglesia. Un furioso tren en marcha, algo siniestro, que entona una profecía que nos traslada al mismísimo infierno. Le sigue Frío y barro (2ª parte), un cántico en falsete sobre la tentación y los placeres prohibidos escrita con Diego García. La melancólica Rock y juventud aborda ambos tesoros dormitando en las “barricadas del tiempo / trincheras donde se guarda lo perdido”. Tan triste no es el blues es la primera canción luminosa, abrazada por el Wurlitzer y el Hammond, y en ella encontramos dos claves del álbum: una notable incursión en el blues y varios homenajes al músico argentino Pappo, de quien versiona con acierto Blues de Santa Fe y al que dedica Hasta el cielo. Quizá el rockero y el género hayan sido la inspiración primigenia del disco; al menos es la vertiente más certera y redonda. El traje que mejor viste.

Parece que Andrés echaba de menos coger los mandos instrumentales de la nave, a juzgar por temas como El huevo y la gallina, un blues de estribillo embriagador donde lo graba todo: voz y coros, guitarras y armónica. Como el viento voy a ver es su compacta y guitarrera versión de Pescado Rabioso, la banda de Luis Alberto Spinetta, y en Blues y orquesta encontramos al Calamaro más cercano a Tom Waits y Leonard Cohen, orquestado por German Wiedemer, cantándole una vez más al preso sin libertad.

Hay pop clásico y pegadizo en La noche, más burlón y ochentero en Pánico en Benidorm, un inapropiado cántico antianimalista en Cazador de ateos y rarezas difícilmente clasificables, como los doce minutos de improvisación instrumental de Trujillo libre, la funk La burra o el sangriento Vampiro torero. Aguas extrañas que separan a Andrés de tierra firme, lejanas a las que encumbraron su leyenda. Quedémonos mejor con el resto del disco, y con el desconsuelo de la apátrida Atunes y ballenas, una letra poderosa en la que el argentino sólo se amarra a sí mismo: “Mi cuerpo es mi barco / un envase que termina arrugado / en la basura / como un envase de vino sin vino”. Así es: Andrés navega libre con sus múltiples ideas, aunque en ciertos momentos le hagan naufragar.

Más información