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Navarro Baldeweg afronta el enigma físico de la creación

El pintor y arquitecto expone en Madrid mientras ultima sus memorias

El artista Juan Navarro Baldeweg, en su estudio.
El artista Juan Navarro Baldeweg, en su estudio.

Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939) lleva más de cuatro décadas dedicado a la arquitectura y la pintura con obras a la medida del hombre, muy vinculadas a lo físico y ligadas a todas las formas de expresión artística. Autor de edificios como La Casa de la Lluvia, en Santander; los Teatros del Canal, en Madrid, o el Museo de Altamira, en esa localidad cántabra, muestra sus pinturas más recientes en la sede madrileña de la galería Marlborough (hasta el 5 de enero) y ultima sus memorias, en las que reflexiona sobre su manera de entender el arte, sus influencias y sus objetivos.

Su estudio madrileño, un chalé en el centro de la ciudad, es un combinado de su doble actividad. La planta baja está destinada a la arquitectura, mientras ocupan la de arriba telas de gran formato cargadas de color sobre las que experimenta de manera incansable, porque no concibe la repetición. “El arte es un fenómeno muy enigmático que tiene que emocionar. No puede ser el resultado de algo premeditado. Tiene que nacer de manera espontánea”, argumenta.

La emoción de lo abstracto

El autor analiza la diferencia entre las pinturas que realizó con 18 años y las que ahora expone en Marlborough y reflexiona sobre su afán experimentador, que no envejece, y su gusto por los grandes formatos, pues necesita sentir que podría pasear dentro del cuadro. “La pintura es algo muy físico. Hay que moverse por la obra con todo el cuerpo. Para mí es un espacio virtual hecho con vertidos líquidos y goteos que obedecen a la gravitación y que forman una aureola invisible”, destaca.

En sus memorias cita como grandes referentes a Brancusi, Matisse y Joseph Albers, pero su mayor emoción la sintió ante la obra de Rothko: “Al contemplarla sentí que todo mi cuerpo se involucraba, que entraba en un mundo que me reconocía”.

Un sentimiento similar le embargó la primera vez que vio una pintura abstracta. Fue en una exposición en la Biblioteca Nacional a fines de los cincuenta. “Era muy joven y, salvo en reproducciones, solo había visto cuadritos pequeños, de esos que parece que estás mirando por una ventana. Esto era otro mundo que se desplegaba ante nuestros ojos. Entonces, en España el arte contemporáneo no era conocido. Hasta que Zóbel no creó el Museo de Arte Abstracto en Cuenca, España estaba en una dimensión anterior a otros países europeos. Nada que ver con el panorama que tenemos ahora. Estos días he visto dos exposiciones espléndidas: Marcel Broodthaers [en el Reina Sofía] y Los fauves [en la Fundación Mapfre]”.

Si tuviese que escoger entre pintura y arquitectura, cree que se quedaría con la primera, pero entiende que todas las expresiones artísticas están ligadas: “¿Por qué separar la música, el cine, la pintura o la danza. Si en algo he sido pionero ha sido en vincular todas las maneras de expresión”.

Premio Nacional de Arquitectura de 2014, ha firmado numerosos proyectos dentro y fuera de España. Entre los últimos destaca la sede en Barcelona de la Fundación Pasqual Maragall para la investigación del alzhéimer y el nuevo centro de Novartis en Basilea (Suiza).

Cuando se le pregunta por las diferencias entre sus edificios y los de otros proyectistas, vuelve a referirse a la medida del hombre y a saber expresar las emociones que cada persona pueda sentir ante esa construcción. No le gusta la arquitectura espectáculo y reclama la vinculación de los edificios con su entorno natural.

La crisis ha afectado a su estudio como a todo el sector, pero también ha aprendido. “Ahora nos damos cuenta de que la austeridad obligada ha tenido una parte positiva: frenar el desarrollo decadente en el que estábamos inmersos. Es un ciclo que nos avisa de que debemos replantearnos el camino”, cierra.